Recuerdos de Cumpleaños

Renatta Àvila - Muestra Fiesta

Renatta Ávila - Muestra Fiesta

A propósito del cumpleaños de una amiga muy querida y su asidua forma de celebrarlo, caí en la cuenta de que conservo recuerdos breves de cada uno de mis cumpleaños desde los 25 y que bien me valdría registrarlos para compartirlos y jamás olvidarlos.
Mis 25 los cumplí un medio día soleado de primavera almorzando con mi hermano en un restaurante de Buenos Aires, recuerdo aún la plática y la ropa que yo llevaba puesta, una falta corderoy floreada estilo campesina y unas botas.
Los detalles de cuando cumplí 26 cayeron, sí, por el abismo del olvido.
Los 27 los celebré con una cena, también en Buenos Aires y en el mismo restaurante. Éramos todas mujeres y mis primas argentinas me regalaron un pantalón beige de tiro bajo que aún uso.
El día de mis 28 cayó sábado y recuerdo que por la noche acompañé a mis primos a un matrimonio. Íbamos en el taxi mientras yo pensaba: ¡28 años!…
Los 29 años los celebré a golpe del cariño impuesto en un plato hondo lleno de mazamorra morada, como parte de la cena con la que me recibió Cecilia en su casa, donde me hospedaba cada noche de domingo, pues por ese tiempo trabajaba en Ica. Esa noche comí mazamorra morada como nunca más volví a comer en mi vida.
Entré a los 30 con la canción Forever Young de Alpaville como banda sonora. Una semana antes la había descubierto y sentí que sus letras bien describían lo que estaba a punto de acontecerme, mi entrada triunfal a la base 3 sin pensar en despojarme de tanta juventud. Ese día al regreso de mis clases de inglés encontré a mis amigas esperándome en casa con música de los 80 sonando en toda la casa, gracias a Josemaría que conoce mis gustos.
Los 31 los recibí con un almuerzo en casa, “pachamanca”, y vino a almorzar mi entrañable amiga Rocío Caycho. Recuerdo que me trajo de regalo una rosa blanca, que meses después se habría convertido para mí en la señal de la llegada de alguien muy especial a mi vida. Ese día, al despedirnos, Rocío me dijo que las puestas del Cielo estaban abiertas a todas las peticiones que yo quisiera hacer. Sólo pensé en que ya se terminaba el día y lamenté no haberlo sabido antes, incluso, años antes.
Los 32 aterrizaron un día común al punto que yo misma tuve que ir a comprarme la torta al supermercado. Antes, había ido a rezar a la capilla del Santísimo con el corazón un poco compungido pues había discutido con aquél ser especial.
Los 33 llegaron un día de duro trabajo; no por la intensidad ni las horas, sino porque no me gustaba y sin embargo, recibí el trato afectuoso de un nuevo amigo que había rodeado de serpentina de colores mi ordenador y de las demás chicas que me regalaron una parejita de niños de cerámica color violeta. Ese día llegué a casa a almorzar con la familia y me encontré a Delia en la sala, fue el último cumpleaños que pasé con ella.
Recibí los 34 años con un viaje a la semilla. Un día antes viajé con mamá a Tarma y pasé la noche de la víspera apoyada en el balcón de mi casona contemplando mi jardín y tratando de encontrar las sombras de la niña que fui en sus paredes. A la mañana siguiente, el día de mi cumpleaños, fuimos con mamá a Chanchamayo, quería volver a ver aquella ciudad verde y calurosa que me cautivó hacía exactamente 20 años.

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