Confianza a primera vista

Paisaje urbano – Paula Lifschitz

No hace mucho hice un viaje largo. Antes de hacerlo recibí una lista aleccionadora de lo que debía y no debía hacer. ¡Cuidado!, fue el grito de mi carísima anfitriona, que me esperaba al otro lado del Atlántico con zozobra. Mercedes, mis hermanas llevan viajando más que yo… pero siempre que lo hacen yo me preocupo.

Me mandó limpiar la maleta nueva por si tenía algún sabor, olor o tenor a droga. La limpié antes de echar mis cosas y a escondidas por si alguien en casa lo notaba y en un ataque de nervios no me dejaba salir.

No hables con nadie, sé tú odiosa. Cuando lo primero que hizo papá fue ponerse a charlar con la chica que iba detrás de mí al momento de pesar los equipajes. Pensaba incómoda que aquella se iba a prender de mí las doce horas de vuelo. Menos mal que mi costumbre de no mirar a nadie en el gentío me cuidó de tropezármela y quedar enganchada. Una vez arriba me senté junto a otra mujer que para mi fortuna quedó privada de sueño ni bien se sentó. Sólo a la mañana siguiente cuando el avión sobrevolaba la mar de tierra roja del país en el que haría escala, nos pusimos a conversar de lo lindo. Me contó su vida, sus alegrías y penurias. Una vez fuera jamás nos volvimos a ver.

Ya en el aeropuerto pensé que había faltado a mi palabra y que debía de tener más cuidado. La consigna era no hablar con nadie, tener mucho cuidado. Riguroso cuidado, pero no pude evitar acercarme a un grupo de gente a preguntar la hora e intercambiar algunos comentarios como ¿a dónde vas? y esas cosas. Así y todo llegué a tiempo y bien. Mi amiga suspiró de alivio y yo de alegría al verla. En ningún momento sentí miedo, nunca conocí el riesgo. Salvo antes de viajar tras las advertencias.

Poco después, hice otro pequeño viaje y ya en el avión, antes de bajar un chico guapo saca unos chicles y los desenvolvió cerca de mí. Me miró sonriente y no pudo evitar ofrecerme uno; yo sorprendida le acepté y de inmediato me lo metí a la boca. Al final otra vez pensé… ¡madre mía, lo que diría si se lo cuento! !Mercedes, cómo se te ocurre recibir algo de un perfecto desconocido! Pero lo hice y me resultó hasta fascinante.

Un par de meses después hice un viaje más. Una señora de la edad de mi tía, madre y abuela, iba a visitar por un mes a su hijo y su nuera. La pobre iba sentada a mi lado y me preguntaba por todo. Al bajar llevaba un bolso de mano de tamaño regular que pesaba cual si llevara piedras. La ayudé todo el trayecto. De aquí a allá con la bendita maleta hasta alcanzar un carrito. Ella feliz y agradecida al extremo de pedirle a su hijo que me acercara a mi destino estando ya en la ciudad. ¡No señora, no se preocupe!, le dije y se marchó feliz, hecha un pan de azúcar. Se llevó mi nombre y celular anotado en su libretita y el título del libro que yo iba leyendo en el viaje, poco me faltó para regalárselo.  Y nuevamente me acordé de las advertencias maternales de mi querida amiga: ¡Cuidado! ¿Y si esa anciana era una portadora de drogas?, ¿qué sabía yo de lo que llevaba en la maleta pesada?

Es inevitable, pensé, no se pueden evitar los riesgos si lo que se quiere es vivir, no se puede evitar quien se es, la vida misma reclama muchas veces un tanto de desatención. Estamos entregados, somos más vulnerables de lo que creemos segundo a segundo y no nos damos cuenta o rápidamente lo olvidamos. Mejor así, porque así la vida es más sabrosa.

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