Cierto hambre humano

Hablaba con desesperación de la falta de cambios externos en mi vida, hablaba con desolación y al mismo tiempo con esperanza; sin embargo, estos días he tenido la maravillosa fortuna de descubrir y tener conciencia de una cosa muy interesante que nos compete a todos nosotros como humanos –y si  alguno que lee esto no lo es que me dispense- una facultad, una cualidad, una debilidad, una necesidad: La enorme, la inmensa, la tremenda, la insondable necesidad que tenemos todos de amar y ser amados. Ahora entiendo porqué a las mujeres (y también a algunos hombres) en determinados momentos de la vida nos viene un hambre de amor, pero así, tal como lo dije hambre, que hasta resulta ser fisiológico porque se lo siente en la boca y en el estómago y  deseamos locamente morder la pancita de un bebé para engreírlo o los labios tibios de un hombre.

¡Ganas de dar la vida!, al fin,  cual un grito de adolescente desgarrado de amor; deseo supremo de derramar el corazón en alguien, pero ¡qué tragedia! cuándo ese alguien no está, cuando ese alguien simplemente no existe.

Me dijeron hace poco que eso es natural, que ese deseo supremo de amar es la impronta que nos hace muy humanos. Normalmente se traduce en el deseo de amar a alguien como hombre o como mujer, según sea el caso, pero luego esa misma ansia se manifiesta o asciende y se convierte en el deseo de amar un Ideal o de amar una tarea profesional o una empresa. Los seres humanos estamos diseñados para ascender, para subir, para aspirar hacia arriba y es eso precisamente lo que nos hace divinos y no estaremos quietos hasta el encuentro (o retorno) con ese amor, parafraseando a San Agustín.

Siempre está en nuestro corazón esa sensación de ‘esto no es’, o ‘esto no es suficiente’ o ‘ahora sólo me falta esta otra cosa’ y así hasta el infinito el hambre permanece ahí y hasta en algunos momentos pesa y llegamos desalentados a la conclusión de que el amor y todos los valores no son más que utopía. “Que el amor no existe”, dice por ahí algún magullado por sus romances frustrados, “que la verdad es puro cuento” dice otro cansado de ser engañado y todo parece dar la razón al verso de Montale …bajo el azul añil del cielo algún pájaro de mar se va, no descansa jamás, porque todas las imágenes llevan escrito: “más allá”.

Ser conciente de este padecimiento no sólo me dio tranquilidad sino entusiasmo porque si bien es verdad que se sufre por no poder saciar completamente esas ganas de amar, son ellas mismas las que nos impulsan a seguir adelante, a no desmayar, a seguir luchando y a seguir soñando. Es por eso que la esperanza nunca muere, está siempre ahí, cual un mariscal terco que no quiere dejar el campo de batalla.

A mi edad muchas chicas queremos encontrar el amor (de un hombre), morimos por amar, pero empiezo a ‘ver’ que ese deseo es más profundo y serio de lo que imaginamos, no es sólo la consecuencia que obedece a ciertas tiranas directrices de la cultura o la sociedad en la que vivimos, sino que responde a un deseo existencial -ya lo decía- muy humano y es ahí cuando empiezo a sospechar que si alguna vez ese “buen hombre” no se presenta en el camino de muchas, es porque sin lugar a dudas se presentará otro alguien u algo que al fin nos dará la oportunidad tan deseada de amar y sentirnos satisfechas.

No es que yo quiera solamente encontrar un amor humano, es que lo que mi corazón quiere y quiso desde siempre es amar la Vida, amar a Dios, amar un ideal, amar una vocación, acariciar un sueño. Por todo esto solteras no desesperemos que sea como fuere la calma a ese hambre llegará ineludiblemente.

 

 

 

 

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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