Inquietudes

Luego de las conocidas tormentas de inquietud que periódicamente nos ataca a los mortales, a decir verdad más a las mortales que a ellos, viene una etapa de paz. Como decía un santo muy querido, la Guerra es eso que está muy ligado a la Paz, es decir, no hay paz si antes no hubo guerra.

Así que luego de padecer la vida llega una cálida brisa que suaviza el corazón y afloja los músculos de la cara; como los efectos del aceite.

El sufrimiento es parte de la vida, como la abnegación lo es del amor, cosa que hoy se entiende muy mal. La sociedad actual está sumamente empeñada en evitar el dolor de mil maneras: desde el uso de drogas hasta la excesiva importancia que se le da los chismes mediáticos.  Ocuparnos y opinar sobre la vida de los otros es un alimento tan nocivo y delicioso como la comida chatarra, y así como los restaurantes de comida rápida, está de moda.

A la gente nos gusta hablar, porque entre otras cosas el ejercicio de la palabra corresponde a nuestra naturaleza racional, supuestamente, uno habla porque piensa. La razón y la palabra están fuertemente ligadas, sólo que a veces nos pasamos hablando de cosas que no entendemos por ignorantes o porque esas cosas son ‘suprarracionales’, es decir, están por encima de la razón.

Sea como fuere lo que tratamos de hacer es desquitarnos y evitar el dolor. Elizabeth Kluber- Ross, psiquiatra suiza pionera de una especialidad tan extraña como la tanatología (palabrita que ni la computadora reconoce), con una vida tan humana dedicada al servicio de enfermos terminales dice al respecto: “Creo que la medicina moderna se ha convertido en una especie de profeta que ofrece una vida sin dolor. Eso es una tontería. Lo único que a mi juicio sana verdaderamente es el amor incondicional”. Lo que quiere decir que donde hay amor el dolor quizá no desaparezca pero se alivia.

El padecimiento y las inquietudes – que para mí son padecimientos leves- nunca van a pasar, siempre estarán ahí, ya porque se tiene hijos, ya porque no se los tiene, porque se tiene dinero ya porque no se tiene; porque se está enfermo o porque se teme enfermar, porque hace calor y también porque hace frío.

Así que en vano se trata de evitar lo inevitable. A las inquietudes hay que mirarlas a los ojos sin miedo y dejarlas venir, como quien deja que un perrito le olfatee a pesar del miedo que siente porque lo muerda.

Decía que las inquietudes pasan y todos hacemos distintas cosas para recuperar la tranquilidad. La escritora mexicana Ángeles Mastretta los llama ‘quitapesares’ y sugiere que a lo largo de nuestras vidas todos nos vamos tejiendo nuestros propios amuletos: El abrazo de un padre, la risa de una hermana, el ruido de una campana entre otras miles de cosas sencillas protagonistas del diario vivir.

Considero que el mejor quitapesares es el cuidado de las cosas pequeñas, prestar atención a los detalles, ser sencillos. Disfrutar hasta del canto de las palomas de los techos.

Estar atento a las cosas pequeñas nos coloca en el umbral de los aposentos de Dios, nos transforma en seres mucho más sensibles.

La sencillez trae la paz al corazón y ésta como una niña pequeña nos conduce al corazón de un Dios Grandote que aparentemente duerme como un anciano frente a una puesta de sol, pero que nosotros al asirnos de su regazo sentimos su aliento y éste cual suave brisa nos suaviza el corazón y nos afloja los músculos de la cara, como los efectos del aceite.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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