Las hijas de Zoe

pict5658zamegljenapDebajo de la acogedora tarde amarilla, en la que se veía caer el sol, hablaba él, sentado, taciturno, mirándome a través de sus enormes ojos pardos que brillaban con animosidad porque más que mirarme se veía así mismo en sus recuerdos, sobre la alfombra de hojas secas caídas de los árboles, que reposaban, allá abajo, lejos de nuestro balcón.

_ Y ¿te conté sobre las hijas de Zoe? – Me repitió.

_ Ah sí, me hablaste, abuelo, me contaste…

_ Sí… ellas eran dos, Gloria y Flor…

Escuché su voz dulce y áspera, como la corteza madura de un árbol, contándome lo que ya sabía. Me acerqué la taza de té y bebí un sorbo.

         Flor era la más intrépida, vivía en la casa de sus abuelos, con su hermana y su madre. Todas las tardes subía al árbol de cerezo que tenía en el huerto y desde ahí me silbaba para salir a jugar.  Salía yo con ellas.

Hablaba animoso, y abría los ojos y los brazos para acompañar  los destalles de tu relato. Miraba el vacío y un punto en el asfalto como quien ve un oráculo.

La tarde avanzaba al ritmo sereno de sus palabras y yo, jamás perdía el gusto por oírle.

A esas alturas había olvidado el té y las galletas mientras decía: Un día nos fuimos al cerro, subimos bastante, y los lugareños nos empezaron a decir ‘ ¿A dónde van? Mejor bajen porque  los pistachos los asustarán’. Quién iba a saber lo que era eso; pero Gloria sí sabía; ella era la más grande y sabía que eran esos hombres que les cortaban la cabeza a los chicos.

_ Ah – Sonreí cual si  escuchaba por primera vez el episodio Acerqué su taza de té a sus manos y le ofrecí unas galletas.

_ ¡Qué haces aquí escuchando las historias del abuelo! – Me dijo Octavio al oído; había venido a susúrrame eso con impaciencia – ¡No te das cuenta que repite siempre lo mismo!

_ ¡Claro que me doy cuenta, Octavio! – le increpé en susurros mientras el abuelo seguía hablando – ¡Ahora vete!.

Octavio salió corriendo como el demonio cuando huye de la cruz.

_ ¡Ese muchacho! – exclamó el abuelo, viéndolo salir – Así es… ¡no sé qué hace todo el día!.. Esa edad tenía yo cuando salía con las hijas de Zoe.

_ Abuelo y…  – al fin pregunté lo que nunca había preguntado tras tantas veces haber escuchado sobre las hijas de Zoe – ¿Quién era Zoe?

_ ¡Ah Zoe! – exclamó alegre porque le había preguntado – ¡Zoe era de Cuba, había venido con  sus padres al Perú!… Era nuestra vecina. ¡Era hermosa!… Mi padre la quería mucho… pero ella no. Mi padre era un hombre trabajador, joven, viudo… pero fueron buenos amigos y con ella aprendió a bailar el chachachá. ¡Cómo le gustaba a ella bailar el chachachá!. Zoe se casó con un infame que la abandonó y la dejó con sus dos hijas, Gloria y Flor…

_ Ah… – Dije a lo que siguió un breve silencio. Suspiró y siguió mirando la calle cubierta de hojas amarillas. El sol seguía agonizando y sus rayos se abrían entre las ramas de los árboles. Al fin retomó:

_ Flor y yo llegamos a ser enamorados. Hasta que su madre la mandó a estudiar medicina a Cuba. Nos escribimos un tiempo… hasta que un día me dijo que rompía la relación. Que se casaba allá.

_ Y ahí fue cuando conociste a mi abuela…

_ A tu abuela la conocí cuando estaba en la Universidad. Era la hermana de un compañero mío. Estaba decidido a tener familia y me casé con ella.

_ Y ¿qué fue de Gloria?

_ Gloria… era más grande;  nunca se casó.

Llegó la noche, pero el abuelo seguía ahí, sentado frente al balcón, sin ver, con los ojos puestos en Zoe y las hijas de Zoe. Nada lo dispersaba, hasta que le pregunté:

_ Abuelo ¿no tienes frío?

_ No, no tengo frío…  – dijo sonriéndome y siguiendo con la historia.

_ Unos años más tarde, Gloria y Zoe, su madre, se fueron también a Cuba. Mi padre fue en dos ocasiones a verlas…

Escuché la voz de mamá. Llegaba con una amiga que se sentó en mi lugar, mientras iba yo a ayudarle en la cocina.

Escuché que platicaban y escuché un poco más y un poco más, mientras ayudaba a mamá a poner los panes en la panera, a sacar la leche del refrigerador y a poner los cubiertos sobre la mesa:  ‘Las hijas de Zoe’, decía una vez más ‘Eran dos… yo jugaba con la menor, Flor…’.

Nos sentamos a la mesa y él retomó la plática con la amiga de mamá, la misma que alternaba la plática con el abuelo y otra plática con nosotros.

_ ¿Qué edad tiene? – Nos preguntó en susurros.

_ No venta  – Dijo mamá.

_ Flor jugaba conmigo, íbamos al parque cerca de casa. En sus cartas decía que me amaba hasta que dejó de escribirme seguido y Gloria ya no venía con frecuencia. Una tarde, luego de seis meses, llegó un sobre y ahí me decía: ‘La distancia y otras circunstancias han hecho que nuestra relación no continúe’. Y bueno pues, qué iba a hacer yo. Se casó y yo conocí a mi esposa un año después, en una fiesta, era la hermana de un compañero… .

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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