Anotaciones sobre la soledad antes del amor

Es mejor sufrir por la falta de un amor que por tenerlo, le dije a una amiga el otro día al final de una larga plática. El post más visitado de mi modesto blog es el de “¿buscar novio?” lo que es una muestra de lo mucho que vamos por la vida buscando aquí y allá algo que nos haga felices o, al menos, recetas que nos acerquen a la ansiada felicidad.
Finalizaba así la charla porque entendí que mientras la mitad de las personas del planeta sufren por tener un romance que valga la pena, la otra mitad sufre porque su amor no resultó el que esperaban. Una mujer padece porque su marido ya no es el mismo, no atiende al hogar y los hijos andan abandonados; otra porque su marido le es infiel y así de casos hasta el infinito. Entonces, aunque nadie puede poner en una balanza el sufrimiento, comparé el dolor de la mujer traicionada o decepcionada con el de aquella que sufre porque no encuentra quien la quiera y entendí que más sufre la primera porque ve perderse hoy lo que tanto le costó conseguir ayer, porque recibe sólo desdén e ingratitud de la persona a quien le entregó todo, la vida entera y el corazón; más valiosos que la juventud y el oro.
La primera parte del planeta -grupo imaginario al que todavía pertenezco- sufrimos la soledad que preludia el gran acontecimiento de la llegada del amor. Dolor que encierra una promesa; mientras que en el segundo caso, el dolor revela una amarga decepción.
La soledad aunque amarga e insoportable para muchos, puede ser el estadio en el que el corazón antes que maltratarse se forja para luego ser ofrenda saludable.
Siento que Dios me cuida el corazón, también le dije a esta amiga, porque aunque se padezcan decepciones con amores pasajeros éstos no pasan de ser tales, pues la llegada del amor auténtico difícilmente se lo deja pasar.

El desencantamiento
Un sacerdote santo solía decir que al corazón de las almas hay que entrar de rodillas, dicho de manera más profana: a la vida íntima de las personas hay que entrar con el mismo recato con el que se entra a un Palacio Real. El corazón es la casa donde habita el ser de cada quien, y no es poca cosa dejarlo reventado como la travesura más inofensiva de un niño pequeño. Todo lo contrario, semejante afrenta linda con lo profano e historias de estas encontramos todos los días en los diarios del corazón, en el cine y la televisión; cual si la generación de hombres y mujeres de hoy sólo tuviéramos ‘corazón de hojalata’ que se vende y compra, se rompe y repone.
El desencantamiento es muy duro tanto para quienes vivieron una ilusión como para quienes se enamoraron y entregaron todo; pero aunque a los ilusos les cueste aceptarlo, son los enamorados los que sufren más duramente si el amor se quiebra y peor aún si lo que se quiebra también es un hogar, la estabilidad de unos hijos y una historia de vida juntos.
Volver del desencantamiento de la ilusión y del enamoramiento es posible, pero no cabe duda que más fácil será dejar atrás un amor que aunque prometedor no trajo consecuencias mayores.
Por esta razón, decía yo a aquella amiga mía, que mejor sufrir por la falta de un amor que por tenerlo, pues resulta mucho más duro; lo que no quiere decir que se debe rechazar el dolor dentro del amor, pues decir eso sería absurdo. El amor es tan generoso que no le importa sufrir por el amado.

La soledad
La soledad no es de lo que se debe huir, sino del egoísmo. A la soledad se la encuentra en cualquiera de las estaciones de la vida y no sólo se hace encontradiza para quienes quieren vivir una historia de amor, sino que es episodio seguro en toda vida humana porque tiene un sentido irrevocable.
En la soledad el hombre no experimenta un mero padecimiento gratuito sino la oportunidad de conocerse a sí mismo y concretarse, para luego, ir al encuentro del Otro. En este estadio la persona descubre sus potencialidades y limitaciones y es a partir de este reconocimiento revelador que acepta que nació para un Encuentro.
Ignace Lepp nos dice que la soledad no es la del egoísta que se encierra en sí mismo, ni la del cobarde que prefiere ocultarse, sino esa soledad que experimenta el alma en medio de una crisis personal como un duelo, una enfermedad, la perdida de afectos y cosas, etc. y que de modo insoslayable, todo transeúnte de esta vida, se encontrará con ella y se mirará en sus ojos en algún momento.
La cuestión es atravesar bien esta etapa para luego después, vivir a plenitud el acontecimiento del Encuentro.
Alejandro Dumas, hace referencia al tema del sentido del sufrimiento a través de su personaje el Conde de Montecristo dirigiéndose a Morrel: “(…) Sólo el que ha experimentado el colmo del infortunio puede sentir la felicidad suprema. Es preciso haber querido morir, amigo mío, para saber cuan buena y hermosa es la vida.” Y más adelante añadirá: “Toda sabiduría humana estará resumida en dos palabras: Confiar y esperar”.
La soledad conlleva una promesa y aunque sea dolorosa, el corazón permanece entero y gracias a ella, se habrá fortalecido.

El amor auténtico
El amor más grande es el del llamado agape, y es fácil definirlo, siendo san Pablo el que mejor nos habla de él en 2 Corintios 13. Sin embargo, definir el amor del eros resultará siempre complicado y en ocasiones caótico. ¿Qué es el amor? Se preguntan los románticos; y filósofos como Schopenhauer no sin razón insistieron con pesimismo en el carácter avasallador del amor erótico, “el amor, sostiene, tiene una influencia perturbadora sobre los negocios más importantes, desequilibra por un tiempo aún a los espíritus más grandes”; pero con todo, esta definición es quedarse a mitad de camino.
El amor dice, Lepp, sólo será posible en la medida en que se venza el egoísmo y más que recibir al otro en su alteridad es “ser otro”.
El amor erótico tiende a ‘cosificar’ a la persona amada y lleva a buscar al otro sólo por los placeres que se encuentra en él; y esta pasión es la moneda falsa del amor.
El triunfo sobre el egoísmo es el triunfo sobre el niño interior que todo lo quiere para sí y sólo, entonces, un corazón maduro es capaz de amar.
¿Cómo reconocer a una persona madura?, por el corto tiempo que llevo en esta vida, estoy casi segura que a través de la generosidad. Es raro toparse con personas generosas y cuando esto ocurre se experimenta la misma sensación que si se hubiera visto una estrella fugaz. La persona generosa es inconfundible y es inevitable sentir a su lado cierta perplejidad.
La generosidad es el fruto de la madurez, de quien ya creció lo suficiente como para darse cuenta que es absurdo vivir apegado a las cosas y los afectos y que, más bien, gobierna como un señor sobre ellas.
Las personas generosas tienen el corazón fuerte y están listas para amar. No temen y por esto, no se andan con cálculos ni buscando seguridades.
Sospecho que este es un buen atajo para encontrar y ser capaz de dar un amor auténtico.

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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