Episodios de una recolectora

Ángel - Giotto

Ángel - Giotto

Tras una serie de episodios sencillos y pequeños pero valiosos, me dejo sumergir en el silencio del asombro y la devoción y guiada por una intuición, el otro nombre del Ángel de la Guarda, y por la voz imperativa de la Fe, creo y encuentro el sentido de cuanto sucede.
Hoy primero de diciembre, es un día estacionado y calmo, día de escritura y meditación, día también de minutos desesperantes porque no sé qué escribir por instantes y no sé qué esperar de la vida… por instantes. Pero son momentos útiles por las dos cosas, porque es tiempo que se me da para fructificar el talento y tiempo que se me da para pensar en Dios y en lo que me ha dado.
Escucho otra vez el revelador testimonio de conversión de María Vallejo – Nágera y recuerdo con especial agrado algo que me sucedió aunque en su momento me llenó de susto.
Anoche, me eché en la cama a eso de las diez y pico con el propósito de encontrar en la televisión algo bueno que me enganche, esperaba una película, algo que me haga ‘pensar’, que me dé respuestas, porque si bien todo el tiempo soy una recolectora de información para ‘mis cosas’, hay épocas en las que lo soy más, más recolectora… Encontré la película “El Descanso” con la cálida Kate Winslet y de pronto, mientras daban unos comerciales y repasaba mi día en la cabeza de manera vaga y reposada, me impresionó un recuerdo que me llenó de temor. Diez días atrás, un domingo al final de la Misa, cuando ya me iba pero terminaba unas cuantas oraciones más ante el Santísimo me vino una ‘idea’, un cosquilleo mental que me dijo: ‘irás al hospital esta semana’. Estaba claro que no iría por mí, sino por alguien, a visitar a alguien. Lo dejé pasar, de cualquier modo no era un anuncio muy agradable pero lo dejé pasar sin más.
Pasó la semana y me dije cuando lo recordé: “ah, no fui” y me sonreí olvidándome de aquello. Hasta que anoche al repasar mi día y especialmente mi tarde en la que pude ver a mi madrina en la sala de emergencias tras una caída la tarde anterior, me sobresalté, porque recordé de golpe ese anuncio. ‘Esta semana irás al hospital’. No fue exactamente dentro de esos siete días, pero sí dentro de los diez días. Ayer había ido al hospital de visita. De pronto ahí echada en la cama me invadió un fuerte susto. Me asusté mucho porque puede resultar satisfactorio y divertido saber que de cuando en cuando una puede tener suaves premoniciones, pero de este tipo, no, no me gustó. Sentí miedo y un profundo respeto por ‘saber más’ o antes de tiempo. Y de pronto fui consciente de que mi intuición era clara, inequívoca pero que no venía de mí, sino de alguien. De Dios a través de mi ángel de la Guarda. Cosas como estas me han ocurrido varias veces a lo largo de mi vida, anuncios pequeños, sensaciones suaves pero contundentes, que me ayudan a recordar que hay que tener fe, que las respuestas están, que sólo hay que estar atentos.
Tal como lo ocurrido con el episodio de la cámara fotográfica extraviada durante un mes. Una noche antes de salir de viaje por mi cumpleaños alistaba mi cartera un tanto distraída mirando la telenovela; durante el viaje me preguntaba dónde había puesto la cámara fotográfica y no me acordaba. Ya en el lugar la busqué y no la encontré y todo el tiempo permanecí con la duda de si la había perdido en el microbús o la había dejado en casa.
Me fastidiaba mucho no poder recordar, me molestaba que por andar tan dispersa no era capaz de recordar donde ponía las cosas. A mi regreso busqué la cámara por todos los extremos de mi habitación y nada, no la encontré. Esperé a que mi nana viajara otra vez a Tarma para ver si ella lo encontraba allá, a lo mejor la saqué del bolso, la puse en algún lado y ahí la dejé. Nada, a su regreso me dijo que en la casa de Tarma no estaba.
Una noche antes de acostarme me propuse encontrarla, antes de eso ya me había torturado miles de veces tratando de recordar, pero no podía. Pensaba, ¡si por lo menos tuviera la certeza de que la perdí! Entonces, luego de buscarla me paré en el centro del cuarto y recorriendo con la mirada las cosas dentro de esas cuatro paredes no me resignaba, nuevamente un cosquilleo interior me decía: ‘ No… no la perdiste, no, no puede ser, no la perdiste’. Me quedé mirando por largo rato la ruma de carteras en una de las esquinas, recordando que de ahí saqué una de las carteras que llevé. Fui otra vez, saqué las carteras y busqué en dos, ya que recordaba bien que eran dos las candidatas a viajar conmigo. Nada, no había. Me fui a dormir vencida pero mirando esa esquina, como si quisiera decirme algo.
Días más tarde, hubo que hacer cambios en las tres habitaciones porque llegaron muebles de Tarma. Cambié el lugar de mi estante de libros y en su lugar puse un tocador (en el que me vi crecer, porque tengo un vago recuerdo de cuando me asomaba a ese tocador a jugar con los polvos de mi abuelita y apenas me podía ver la frente).
Juani, mi nana, me ayudó con todo ese trajín de reacomodos y mientras yo estaba ocupada haciendo arreglos en el otro cuarto vino y me dijo con su habitual estilo divertido y juguetón: “!Mira lo que me encontré!” La quedé mirando boquiabierta y sin parpadear. Era la cámara fotográfica. ¡¿Dónde, dónde estaba?!… le pregunté contentísima. “¡En la cartera!”, me dijo. “Me decidí buscar en tus carteras y en una de ellas la encontré. En la cartera rosada”. Una cartera nueva que mi prima acababa de regalármela, enviada de Estados Unidos. ¡Durante todo ese tiempo no había podido recordar para nada, que una tercera cartera había sido candidata a llevar esa noche!… pero que la descarté con rapidez. Se trataba de esa cartera rosada en la que, sin haberme decidido aún, había metido la cámara fotográfica en uno de sus bolsillos interiores, pero que al descartarla había dejado olvidada ahí a la cámara fotográfica. Lo más curioso y divertido de todo es que la bendita cámara apareció justo al mes de haber hecho el viaje y más aún, me dejó un sabor de corazón muy agradable. Recordaba a mi intuición, que con severidad me decía que no la había perdido, que ahí estaba… y como en un juego de encontrar cosas escondidas… mi intuición me probó que no iba mal pues yo miraba con atención el rincón de las carteras pero no recordaba ni sospechaba en nada de la cartera rosada, pero sentía que algo había, algo me quería decir espacio. Otra cosa más que me confirmó este episodio es que Juani es maestra mágica en encontrar las cosas perdidas. Tiene ese don. Parecía que estaba escrito, no era yo quien tenía que encontrarla por más que lo presintiera, tenía que ser ella, esa es siempre su misión.
En octubre me pasó otro episodio conmovedor. Mi amiga Rita, que vive en Chiclayo, me había dicho meses atrás que su mamá estaba delicada de salud y me pedía que rece por ella. Comencé a hacerlo noche tras noche, hasta que luego de haber pasado ya tres meses o más de lo que me había dicho, algo me dijo ‘llámala, o envíale un sms, pregúntale cómo está su mamá’. Esta sugerencia me persiguió durante varios días hasta que un medio día que esperaba a Zoila para almorzar antes de entrar a los seminarios de los estudiantes, decidí enviarle, por fin, el sms. “Hola Rita, ¿cómo está tu mamá?, todos los días rezo por ella”. Media hora más tarde Rita me contesta con otro sms: “Meche, hoy mi mamá cumple un mes de haber fallecido”. Luego, ya por la noche, me envió otro sms invitándome a la misa de mes. Fui a la misa muy conmovida por la coincidencia. ¡Cómo pudo ser que justo el día que le pregunté por su mamá… la señora cumplía un mes de fallecida!, no sé si ella se dio cuenta pero era una coincidencia fascinante. Ya en la misa me ocurrió algo más, desde hace un tiempo estoy rezando unas oraciones muy amorosas y completas al punto que precisamente por ser tan ordenadas no se me escapa rezar por nadie y en ellas es que pedía por la señora, mamá de mi amiga. Me cayó del Cielo al corazón la certeza de que esas oraciones eran atendidas, estaban siendo especialmente atendidas y la prueba era esa coincidencia. ¿Qué probabilidades había que yo esté en la Misa de mes de la señora por la que un largo tiempo anterior había rezado día tras día? Si no enviaba ese mensaje a Rita, sin duda no hubiera estado.
Episodios como estos, sencillos, pequeños que aquí he contado detalladamente, me hacen caer en la cuenta que desde siempre estamos rodeados por algo que nos conversa y conduce, sólo que apenas estamos atentos y somos conscientes, porque nuestra sensibilidad está muy embromada con asuntillos de este mundo, importantes, pero a fin de cuentas, temporales.
Hace unos días, sin más, tomé de nuevo conmigo el librito “El ángel de los niños” de Víctor Sueiro, impulsada por una dulce devoción en mi ángel custodio y por la siempre imperativa necesidad de conectar con lo verdaderamente importante.

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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