Patria íntima

Patio Colonial - Alejandro Anderson Nizzero

Patio Colonial – Alejandro Anderson Nizzero

Hace unos años leí unas páginas del ensayo “la lámpara del recuerdo” de John Ruskin cuando tenía que hacer una revisión reflexiva sobre el rostro de Lima como ciudad, sobre su fisonomía arquitectónica que, como ocurre en todas partes, aquella vislumbra insoslayable el interior de sus habitantes. En esa lectura encontré frases y pensamientos que con el tiempo jamás se me olvidaron, como cuando dice el autor que sería de mal presagio para un pueblo que éste destine sus casas a durar una sola generación o cuando
sostiene “la arquitectura es como el hogar y la protección de esta influencia es sagrada, a título de ello debemos consagrarle nuestras más grandes meditaciones. Podemos vivir sin ella, pero no podemos sin ella recordar” o cuando en otro lado añade “hay un altar en cada una de las casas del hombre”.
El recuerdo de estas palabras acudieron a mi memoria al cabo de un acontecimiento familiar inusitado: la venta de nuestra casa familiar, la venta de la casa, de la casa de mi infancia; no sé cuál título conferirle si acaso todos le son bienvenidos pero sólo uno es capaz de significar su sentido. La casa donde abrí los ojos al mundo y donde crecí y habité hasta los 15 años. La casa donde fui protegida y que fue el hogar donde recibí esa influencia sagrada de la que habla Ruskin que predeterminó quién sería y en tanto me es imposible contrariar una ley de vida: dejar que las cosas sigan su curso, no me queda más que cumplir el justo deber de meditar sobre ella. No era para menos y sí para más aún cuando inmersa en un mundo acelerado de compra – ventas y de productos desechables, un mundo práctico sin sentimientos que me diría “Se vendió y punto. A otra cosa”.
Desobedezco y me detengo a honrarla, porque como dice en “la lámpara del recuerdo”, podré vivir sin ella pero no podré recordar sin ella. En mis recuerdos mi vida pasada ha quedado impregnada de su color y sus formas, sus aromas y su silencio. Ahora mismo, no puedo evitar remontarme a mis años de colegio o a mis primeros juegos sin pensar en su patio y sus jardines, en su corredor y sus puertas altas de madera. Sin acordarme del corral de las gallinas o de los gatos y perros que andaban sueltos y que humanizábamos en aquella remota vida cotidiana. Me es posible incluso, revivir sensaciones y estados de ánimo y por ello quedarme con el regusto de que esa realidad sigue presente aunque ahora en otra dimensión.
Lo que más le agradezco es su espacio infinito, tuve cielo a mi antojo y flores de colores que hasta fui capaz de arrancar a expensas de mi crueldad infantil aunque nunca las exterminé gracias a la devota custodia de mi abuelita. Le agradezco el aire fresco y sano, su silencio cristalino, el sol de sus tardes y sus noches estrelladas y de luna, con la que jugaba corriendo de un lado a otro del patio tratando de explicarme por qué me seguía cada vez que cambiaba de lado. Fue sentada en su eterna banca granate, la banca de afuera, donde le encontré ojos y boca a la luna y mejillas sonrosadas y desde donde miraba durante horas la enredadera de hojas verdes mientras leía el cuento de la “la chica de las zapatillas rojas” y fue en esa misma banca donde me echaba con dolores de panza cada vez que tomaba leche Ideal y donde una tarde se recostó debilitada por última vez una joven amiga.
Agradezco haber habitado entre sus paredes verdes interminables y sus habitaciones eternas, donde conviví con la naturaleza sin recaudos y encontré que cada cosa o sujeto eran únicos. Los perros – posiblemente los únicos perros que habitaban la Tierra- eran Laika, Nerón, Duque y Duque II, las gatas fueron todas Mininas hasta aquella Minina que murió dentro de mi habitación. Albergamos patos y pavos, gallinas, cuyes y conejos a los que alguna vez tomé con cuidado para darles de comer zanahoria. Las flores eran de geranios: rojos, rosados y blancos; los árboles: el de ciruelo, el de melocotón y el de cedrón; las enredaderas de hojas verdes y la de espárragos que subía por las columnas de madera hasta los balcones. Las rosas pequeñas en macetas y las plantas medicinales en los huertos y en uno de ellos, un curioso agujero de piedra donde puse varios de mis dientes de leche a espera de la propina del ratón, según la leyenda que alimentaba mi abuela y que yo creía con devoción. También los rosales de mi abuela y mi abuela que era la reina de ese hábitat natural y la primera sierva de ese altar invisible dentro de ese palacete antiguo, en el que puso su noble corazón para cobijar y dar calor a todos sus habitantes y visitantes. Hizo de aquella casa un corazón sin puertas, un palacio familiar con las puertas abiertas y el hogar de todos.
Honrar a la casa de mi infancia sin ligarla a la presencia de mi abuela sería imposible, ésta era el alma de aquella. Fue una bendición crecer a su lado viéndola coser, leer y escribir con su pluma y su inmaculada letra sobre las páginas de unos libros contables enormes donde hacía sumas infinitas. Aún la puedo ver teclear la máquina de escribir con su aro de matrimonio en el anular y sus aretes en movimiento pendular o regar las plantas de los huertos y macetas con una larga mangera azul. Son más que recuerdos, son imágenes en vivo venidas de otra dimensión que aún consigo percibir.
Veo a mamá bañándome en medio del patio conmigo dentro de un lavatorio rojo, y me veo aún con Juani jugando con el cachorro Duque II, para cansarlo y hacerlo dormir porque las primeras noches lloraba mucho y aún me divierto viendo a Nerón entrando veloz a los cuartos a esconderse debajo de las camas las oscuras tardes de truenos y relámpagos. La cocina sigue estando allí, con su silla marrón en la cabecera de la mesa, el lugar de mi abuela, pero que ella reservaba para el tío Zócimo las veces que estaba a la hora del lonche.
Esa era la vida, aún no me había llegado la hora de sufrir de ningún modo. Jamás estuve tan a plenitud en ningún lugar y sólo ahora soy consciente de ello.
Mis tíos iban y venían, mis primos disfrutaban igual que yo del dispendio generoso del cariño de mi abuela y llenaban de vitalidad cada rincón de la casa, la sala, el comedor, el pasadizo; no había zona intransitable, por todos lados fluía la vida.
La algarabía era cotidiana tal como lo era el buen tiempo y las lluvias diluviales y de aguacero, el pan francés en bolsa de tela comprado en los hornos de siempre, el café pasado y las granadillas y paltas que Mamarica, que es el nombre cariñoso de mi abuela, traía de la selva.
Bien, dice Ruskin, cada casa debería ser como un templo y durar más de una generación y la mía no sólo albergó las almas de los míos sino de muchos otros, tiene ya más de cien años, sus paredes musitan historia pero jamás se tornó un lugar cansado e inhabitable será porque fue escenario del ciclo completo de la existencia, ahí murió mi abuela y mi bisabuelo en unas de sus habitaciones y ahí nació Josemaría, uno de mis últimos sobrinos, se festejaron fiestas y reuniones familiares en muchas Navidades y fines de año; se casó Conchito y tiempo después, supe que hasta unos inquilinos celebraron el quinceañero de su hija.
El mejor lugar, la sala, donde se vivieron momentos de gozo y de tristeza; entre sus paredes crepusculares fue el velorio de mi abuela y también bailó el Danubio azul Cecilia en su boda. En ese mismo lugar de grandes ventanas y paredes anaranjadas me celebraron todos los cumpleaños de mi niñez, pasé muchos momentos contemplando las fotos de mis abuelos el día de su matrimonio y escuché un millón de veces los villancicos navideños de un casette que me regaló Delia y mi long play de Parchis.
Era la casa de mis padres para que la habite mi abuela y las veces que quisieran todos los que ella amaba, sus cinco hijos y sus veintidós nietos, sus hermanos y los hijos de sus hermanos, siendo yo la última privilegiada que vivió allí los primeros quince años de su existencia y gozó de la abuela Mamarica los últimos diez años de la suya. Diez años nos cruzamos en la vida, los últimos suyos, los primeros míos. Nos hicimos compañía, me enseñó Historia, me contó cuentos de misterios, me enseñó a multiplicar y a coleccionar los suplementos culturales de los diarios. Me engrió comprándome golosinas y frutas y me dejó el eco de su voz y sus palabras para guiarme sabiamente en lo que me quede de vida, hasta reencontrarnos algún día; y de todo esto fue esa casa el escenario, el consultorio –donde ella trabajaba y conversaba con sus clientes-, la habitación donde cosía vestiditos al Niño Jesús con un arte y presteza que sólo mamá heredó y donde leía el diario y me contaba sobre el mundo y su cruda realidad que todavía me sonaba lejana; el jardín donde nunca se cansó de enseñarme a respetar a las flores, a regarlas y no arrancarlas.
Ahora que se cierra el zaguán de madera de roble tras un adiós inapelable me pregunto cuánto habrá quedado en nosotros de los momentos compartidos junto a la abuelita María en el interior de esa casa y cuánto de su influencia liberadora habrá servido en la edificación de nosotros mismos. Muchas veces me han preguntado: ¿Por qué te gusta leer? mi respuesta siempre ha sido que no sé, que me nació y ya está, que vino en mí incorporado el disfrute por los libros o tallado en mis genes, pero sé que mucho han tenido que ver los largos ratos que pasaba junto a mi abuela compartiendo su silencio mientras leía o trabajaba y en esto como en otras cosas, ella tiene que ver más de lo que jamás seré consciente.
Debo añadir que en esa casa aprendí lo fundamental para la vida: el amor, la dignidad y asocié largamente la generosidad con la maternidad; mi abuela fue una madre con el poder inagotable de dar y esto es lo que realmente hizo grande nuestra casa.
Aquella casona de arquitectura colonial con dos huertos en el primer patio, un segundo piso con balcones al frente; un patio más al fondo al que se entraba por el pasadizo, que era como le llamábamos, y por donde recuerdo a Duque caminar recostando el lomo en la pared, fue el templo que cobijó a mi familia durante casi cuarenta añosy que ahora está a punto de mudar de alma, serán otras las historias que se cuenten entre sus muros, otros los susurros, y muy pronto habrá vuelto a comenzar la historia de una casa grande colonial y una familia y nosotros seguiremos vivos en las sombras de su silencio.

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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