Anonadamiento

Vuelo a la libertad – Marta Batalla

Continuamente relatamos lo que vivimos, lo que vemos, lo que leemos, lo que sentimos, lo que deseamos; continuamente relatamos,  pensamos, construimos historias en nuestras cabezas aun cuando no necesariamente para el papel.

Y como en todo relato, suelen aparecer palabras poco usadas y en este caso, la palabra que apareció fue anonadamiento y mi relato comienza así:

Dios proveerá le iba diciendo Abraham a su hijo cuando calladamente lo llevaba al sacrificio, así demostró su fe inquebrantable, ese anonadamiento, esa entrega loca y ciega, que fue capaz de llegar más allá de toda razón y cálculo y de aguantar aún más allá de las lágrimas y el afecto. Abraham iba camino a entregar lo que más amaba, su hijo, porque más que por éste su corazón ardía por Él. Es difícil entender esta entrega y obediencia en el mundo en que vivimos, entrega que sabe a escándalo.

Por otro lado, Isabel canta a María, ¡dichosa tú porque has creído en que se cumplirían las Promesas del Señor! Abraham y María brillaron por su confianza en la Providencia;  luego en otro episodio,  Jesús pide a Simón que reme mar adentro y éste le responde: Señor, hemos echado las redes toda la noche y no hemos pescado nada. A lo que sigue su profesión de fe: pero si Tú lo dices, las volveremos a echar.

En la vida más de una vez nos hemos visto en esta situación de entrega, pero no porque nuestra condición sea tan elevada como la de aquellos, sino porque cuando se toca fondo, cuando nos rompemos como un cántaro viejo, cuando intentamos tanto algo y no sale, cuando esperamos, luchamos, lo damos todo en tiempo y dinero y emociones  y no queda otra alternativa que entregarse y reconocerse vencidos, nos damos mansos como corderos al matadero, como los agonizantes a la muerte. Aunque parezca duro reconocerlo en el instante, son muy buenos los momentos límite que se nos presenta en el camino, para aprender a confiar con todas las fuerzas de las que jamás fuimos capaces.

Dice en un punto de la Imitación de Cristo: “(…) me hice el más insignificante y el más pequeño de todos para que tú, con mi anonadamiento, vencieras tu soberbia. Polvo, aprende a obedecer, tierra y barro, aprende a humillarte y a ponerte bajo los pies de todos. Aprende a quebrantar tus inclinaciones y a someterte en toda circunstancia. Hombre miserable, ¿de qué te quejas? Tú, pecador inmundo, que tantas veces ofendiste a tu Señor y que otras tantas mereciste el infierno, ¿cómo osarás oponerte a los que te injurian? (…) mis ojos tuvieron compasión de ti. Lo hice para que conocieras mi amor y fueras siempre agradecido a mis beneficios, para que te entregaras continuamente a la obediencia y a la verdadera humildad y sufrieras con paciencia el menosprecio de tu persona”

La vida toda se presenta como un impresionante cúmulo de desafíos para lograr el crecimiento y la libertad interior. Al final, es la única tarea que deberemos  llevar resuelta a la otra vida.

Anonadamiento, dice el diccionario de la Real Academia de la Lengua, es la acción y efecto de anonadar y anonadar es reducir a la nada, en este contexto. Al cabo de lo dicho, qué mejor propósito que desear este desafío, reducirnos a la nada, desear no ser recordados, no ser admirados, más bien buscar que nuestro nombre se borre de toda memoria, que nos olviden y así pasar desapercibidos, olvidados al extremo de no ser más que para Dios y lo que Él quiera, y nos vemos justos y prestos a asumir la inmolación de nuestro ego cuando las cosas se tuercen, cuando no salen como queríamos, cuando perdemos, cuando nos humillan y más aún cuando hay que reconocer un error o el rechazo de quienes a lo mejor, realmente, son mejores que nosotros porque así lo quiso Dios.

Esa fue la humildad confiada de Abraham que dijo gallardamente Dios proveerá, ahí cuando materialmente la suerte de su hijo estaba echada; y qué maravilloso que al cabo de habernos desintegrado hasta el llanto y el polvo, alguien alabe a Dios diciéndonos: ¡Dichoso tú, porque has creído en que se cumplirían las promesas del Señor!

Toda esta reflexión medio metafísica y muy religiosa, es la base de todo tipo de emprendimiento humano. Cuando luchamos por construir algo, por los sueños, cuando perseveramos inagotablemente por el bien que amamos, es cuando emprendemos el mismo camino de la Virgen María, el camino confiado,  entregado, y si acaso algo sale mal: es la hora de la prueba y de emprender el valiente camino de Abraham junto a su hijo.

 

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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2 respuestas a Anonadamiento

  1. Maria dijo:

    Mercedes muy linda reflexion Te felicito!!

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