Rocío sobre el ramo de moras

 

Mujer y flores - Margarita Murcia Gonzales

Mujer y flores – Margarita Murcia Gonzales

Hoy entré en el templo, fue como volver al entrañable hogar luego de años. Ni bien crucé el umbral me golpeó la fuerza de Su Cariño. Había unas cuantas personas recogidas y mi corazón dilatado henchido de sosiego se sintió cómodo y me senté aliviada. Le hablé de ustedes, de su cariño, creo que escuchó mis susurros. Hablé bajito en su Oído.

No sé si seguirán tus ojos  sobre esta faz. No sé si tu mirada me sigue aún la pista, pero confiada me animo a contarte que dejé al pie del Altísimo un ramo de moras rociado de súplicas. Frescas y redondas, las puse en nombre de Diego, tu amado, para que permanezcan unidos si acaso es lo justo.

Que Dios nos juzgue y justifique al final del camino, pero ahí dejé mi ferviente deseo por ustedes, porque se quieran; porque se acepten como son, falibles y humanos.

Ella no hizo las cosas sin pensar, sabía a quién las dirigía, a un corazón grande al punto que lo notó los primeros cinco minutos que hablaron. Quedó impresionada, por tu humildad y sencillez, por tu fortaleza. Se pasmó y se sintió consolada.

Entonces recordó sus palabras, las últimas que él le dijo antes de partir e intuyó que quizá, por su causa, no están más juntos… por eso me pidió este recado. Confía en que lo que hizo fue por algo bueno,  porque aunque feliz de tenerlo a su lado vivía atormentada y cuando reveló lo que reveló sabía a quién se dirigía, a alguien incapaz de juzgarlos, mas sí de comprenderlos y de ayudarlos a salir del fango en el que habían quedado atrapados. El corazón de él ya había decidido pero sus cuerpos habían quedado presos en el húmedo calabozo del frío suburbio donde terminó su viaje.

Ella se fía que el mensaje llegue y de que las súplicas sobre el ramo fresco de moras suba al Cielo, a favor de ustedes, pues no desea otra cosa. Aún la libertad le sabe rancia, con tanto tiempo en el calabozo, acostumbrada a esa miseria, comienza apenas a apreciar el brillo de luz de la libertad. Sola aguarda en un paradero rumbo a un nuevo paraje.

El otro día, cuando miraba el final de la espeluznante película Hannibal, di con una preciosa ópera, una ária del músico Patric Cassidy Vide cor meum, esta preciosa joya musical era la banda sonora que mientras miraba el final de la película me dejó sobrecogida. Mira mi corazón (o mira corazón mío) es el nombre de la excelsa pieza.

Indagué más y  descubrí que sus letras son parte de “Vita nova” de Dante Alighieri; un posible diálogo entre Dante y su amada Beatriz. Un soneto dirigido a ‘toda alma prisionera’ y pensé en compartirte esta pieza, para que entiendas el alma abatida, aún compungida, de tu amado que apenas termina de ser prisionera; pues ahora él es totalmente libre, más libre, auténticamente libre.

 

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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