Una bondad como la de los niños

Descalzas verdades - Enrique Ermus

Descalzas verdades – Enrique Ermus

Entre las personas buenas las tormentas más borrascosas no tienen eco; se disipan éstas con la misma simplicidad con la que llegaron, aún a pesar de sus estruendos.

Siendo niña, las broncas más divertidas fueron con mi hermano en las vacaciones de verano; digo divertidas, porque eso eran, tomaduras de pelo como su típico e inolvidable ¡gorda, gorda!, que no volvió a decírmelo más hasta cuando cumplí 22 porque quedó flaco de argumentos, pues yo había afinado mi figura.

Luego están las broncas del colegio y las inclementes leyes del hielo que se aplicaban a cada quien según lo que, sólo Dios recuerde, había hecho o dejado de hacer. Más adelante, ya en la universidad,  son históricos mis pleitos con A, al punto de llegar a la tragedia de la más irremediable enemistad, tan irremediable como que nunca fue tal, pues sin darnos cuenta el afecto recobró su frescura y vigor como si nunca hubiera ocurrido nada tal como aconteció con todo en el castillo de la Bella Durmiente.

Los rencores, los resentimientos, se olvidan más o menos con facilidad según el temperamento de cada quien. Hay quienes, tal como le ocurre a alguien querido de mi entorno, se hacen de resentimientos hasta por pleitos ajenos durándoles el rencor largas eternidades, actitud que a aquella hoy en su vejez sólo le causa pesar y risa.

No he conocido ningún caso, al menos hasta hoy, de alguien que guarde  un terrible rencor y  menos aún entre sus más queridos y allegados y tampoco me ha sucedido, pienso que esto se debe a lo que vi, conforme fui creciendo, en los adultos de mi entono, que peleaban, discutían, gruñían y al cabo de las horas o los minutos volvían sobre asuntos a medio tejer como si nada. Ese apasionamiento que cargaba el escenario de una tensión dramática aparentemente insalvable y de lo más tristemente irremediable, cesaba y daba paso al brillo de una charla natural y amena. Este ciclo temperamental en las relaciones humanas de mi entorno me causó siempre un favorable desconcierto que ahora de adulta, aprecio y me sirve muchísimo.

El tiempo –el mejor remedio divino para  todo esto- es el bálsamo que sutura las heridas, borra en las memorias los traumas y disipa las palpitaciones y pulsaciones que producen las amarguras; por su puesto la pronta recuperación dependerá de la tendencia al rencor que tenga cada persona. Dicen que no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista, las furias desencadenan fuegos interiores malsanos que a muchos han llevado hasta la muerte y  a otros a una mala muerte pues que no supieron perdonar ni pedir perdón.

Ahora que lo pienso, puede ser que mis tristezas sean más hondas que mis rencores y es más, en muchos casos  las nostalgias me han ayudado a salir de la ira, sentir compasión y condolerme hasta de mi propio contrincante.

La clave, quizá, sea saber perder, ser buenos perdedores y así  descubrir casi con fruición cómo después de ‘muertos’ todavía se puede seguir vivos. Lo que he comprobado, también, tras riñas y agrias tempestades es cómo los amigos corren al auxilio de uno como la sangre corre a la herida. Una bondad como la de los niños que corre para dar consuelo, comprensión y alegría. La misma bondad de niños que habita en las almas que aún a pesar de grandes riñas se perdonan y olvidan.

Importante es reconocer que en la vida más nos la llevamos perdiendo que ganando, pues como dice un grande, el hombre es rico en sueños y pobre en posibilidades, y si no se reconoce esto con humildad y relajo posiblemente la amargura no tenga cuando acabar por lo que siempre será mejor levantarse de hombros, sonreír y seguir el camino, como un tío mío, que ya no habita este mundo, alma de paz, que no le importaba perder ni ganar, sólo amar, fumarse un cigarrillo y tomarse una humeante taza de café.

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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