Esta es la hora

Luna – Carlos Antonio García

Andamos descalzos por los recovecos del destino, perdiéndonos en los laberintos de la vida entre pasajes sin salida y curvas angulosas al borde del abismo, así vamos desde los espacios que habitó nuestra infancia hasta donde ahora nos encontramos, con las manos llenas o vacías; aunque igualmente desnudos.

Hoy estuve en uno de esos tramos, en el límite mismo del horizonte, ahí donde esta existencia limita con lo desconocido (el Todo para quienes sabemos que Dios existe y la Nada para los que no creen en Él).

Había una imagen de Jesús Misericordioso en una esquina al final del pasillo y unas velas encendidas al pie. Al costado una banca donde esperaba sentada una decena de personas. Noté las caras preocupadas y serias de algunos que conversaban a media voz; me acerqué a un señor de aspecto meditativo que con la mano en la cara y la mirada perdida esperaba de pie junto a otros que conversaban más allá. Le pregunté cuál era la puerta de la Unidad de Cuidados Intensivos.

Ahí, me dijo, señalándome al frente. La toqué, pregunté por ella. La mujer de la puerta dijo que sólo podían entrar a verla tres familiares por día. No pude entrar. Me sumé a la fila de los que estaban sentados en la banca y me puse a rezar. Era ese un hospital pero la atmósfera de esa esquina, en ese preciso instante, era sobrecogedora, parecía la de una capilla a pesar de los colores pálidos de sus paredes y de su aspecto aséptico; de inmediato advertí que esa contrición se debía a que en ese espacio se hallaban concentrados el más puro miedo, el dolor  y la incertidumbre y a que más de un corazón se encontraba de rodillas.

Mirando la puerta blanca cerrada se me vino a la mente su sonrisa amplia y sus grandes ojos marrones; siempre me gustaron sus ojos y su nobleza. Recuerdo cuando mi primo me hablaba orgulloso de ella: ¡Ya la vas a conocer y me dirás qué te parece! Me decía emocionado  jactándose de quererla con ese amor  producto de una decisión inquebrantable. De eso ya hace tantos años, veinte años. Era yo una adolescente y él un joven veinteañero.

Se casaron a sus treinta, recuerdo la boda. Toda una vida de enamorados y novios, toda una vida; y ahora, inmersos en ese lado extremo del que nadie quiere hablar y al que nadie quisiera llegar pero al que llegaremos todos. Al borde de ese límite, al borde del abismo y él al pie de ella.

Luego de un rato, salió, nos saludamos, entró la hermana de ella a verla y yo quedé conversando con él. Lo encontré entero, hasta risueño pero en un instante pude ver en su mirada el color de la ingrata sorpresa. No me lo esperaba me dijeron sus ojos, no me lo esperaba. En quince días tras una gripe incurable y una serie de análisis salió a la luz la voracidad de su enfermedad.

Esta es la cara de la fugacidad de la vida y de la fragilidad humana. Hoy estamos aquí, mañana no estamos más. Nos devoró el olvido, la enfermedad o nos convocó el destino para hacer frente a la misión irrenunciable que nos toca asumir sólo a nosotros. Mientras tanto, mientras esperamos a ese llamado, ocupamos el presente con los afanes de cada día haciendo más o menos lo que nos toca hacer.

Jamás seremos totalmente conscientes de cuán frágiles somos, de cuán fugaz es nuestra existencia, de que si no nos enfermamos o morimos no es porque tengamos más suerte o nos cuidemos más, sino porque todavía tenemos algo que hacer por este mundo; así pues, inútilmente vamos por la vida muy seguros de nosotros mismos, de nuestra salud, de nuestra belleza, de nuestra vanidad pero inconscientes de nuestra fragilidad. Un día escuché decir a un buen amigo que la eternidad comienza aquí pues así como somos ahora, seremos allá sólo que en grado sumo. Esta es la hora para elegir, entonces ya no habrá tiempo para cambiar.

Somos flechas disparadas al infinito y viajamos al blanco inexorable de la Felicidad o la Perdición, según como estemos eligiendo de continuo. La cosa es que no lo olvidemos mientras vamos entre  gozos y llantos, como dice aquella linda canción que no me pierda en la bruma, que no me duerma en el brillo… la vida vale la pena si aprendo hacer el camino.

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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