Habitantes de la noche

Contemplando el mar – Fidel Molina

El color de las mañanas nace de la oscuridad, primero son azules y luego empalidecen hasta dar lugar al brillo amarillo de la tibia mañana, tibia, aunque aquí es invierno, un invierno cálido a comparación de otros.

Nadie hace ruido allá afuera, salvo los que no pueden dormir, ya porque no quieren o porque tienen insomnio. Son los habitantes de la noche, los que vigilan, los que limpian las calles y reciclan los deshechos, los que gustan de hacer tareas mientras el resto duerme. Yo, por ejemplo, gusto de las noches más que de los días; las noches acercan a las personas, sus almas y sus cuerpos, y nos hablamos en susurros y nos recontamos las cosas vividas en las horas del día.

Un auto pasa y se siente su eco, alguien cierra una puerta, un perro ladra a lo lejos. La gente sueña y sigue durmiendo. A veces sucede que la pesadilla espera más bien junto a la almohada con la primera luz del día, porque ella está al despertar a la realidad y no en nuestros sueños. La pesadilla de la realidad duele más.

Un día soñé que aprobaba la defensa de mi tesis de maestría. Qué felicidad, desperté sonriendo pero la primera luz del día me clavó la daga en la cara cuando abrí los ojos. Oh no, Dios mío, es un sueño, sólo sueño, me lamenté. Fue el primer lamento del día. Afortunadamente fue un sueño premonitorio pero cómo recuerdo lo que lamenté que en ese instante sólo fuera un sueño. Mi historia con los sueños es larga, siempre me han traído algún presagio, generalmente bueno, no creo en los malos.

El silencio gobierna la noche y reina la oscuridad en complicidad con la luna, que se las arregla para robarle protagonismo. Un vecino jala la cadena de su baño y en mi habitación el tic tac del reloj.

Esos ruidos entrecortados de diferentes  cosas, ya de afuera o de adentro me recuerda la atmósfera que viviría todas las horas del día la familia de Ana Frank escondida en el anexo. Siempre lo he intentado imaginar. Ellos no podían jalar las cadenas del baño, no podían caminar libremente porque los trabajadores del primer piso sentirían que había gente oculta en ese lugar. No podían hablar, no podían moverse y Ana supo hacer de ese infierno un paraíso gracias a su riquísimo mundo interior. Conocí a Ana a la misma edad en que ella escribió su diario, me identifiqué con su sensibilidad, con sus sueños (quería ser periodista) pero no con su personalidad. De ser libre, Ana, hubiera sido una mujer radiante, extrovertida, egocéntrica, aventurera. Una mujer como ella viviendo lo que vivió era inadmisible, deplorable. Digo mujer, porque a pesar de su corta edad, ella ya era una persona con sentimientos y pensamientos propios. Este silencio y oscuridad me la traen a la mente, ella y el clima tenso en que vivía. Más que silencios era tensión continua la que  respiraba y le apretaba el alma, ¡pobre niña!… a fin de cuentas, tan solo era una niña.

Mi silencio es pacífico no es tenso, es más bien, cómplice que poco a poco va invitando al sueño, al dulce sueño. Al exquisito placer de olvidar las amarguras de la realidad aunque sea por un instante.

 

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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