Matrimonio y mortaja

Detrás de la ventana - Nicky Chiarello

Detrás de la ventana – Nicky Chiarello

Son multitud los que quieren casarse, convivir, enamorarse y no sé qué más, pero no hay cómo ni con quien, aunque la sospecha está en que son cientos de miles los que quieren y nadie puede. Sí, sospechoso muy sospechoso.

Pero hay quienes también quieren morirse. Una de ellas mi madrina de 91 años que enfermó porque no se moría aunque quería y para no enterarse optó por vivir durmiendo y evocando a seres de otros mundos que antes fueron parte de su existencia.

Del mismo modo doña Evita que a lo mejor ya se olvidó de morir porque ya va 107 años por este mundo y goza de buena salud, esto es, se desplaza sola por sus menudos espacios a paso lento pero seguro, come de todo, no usa anteojos  ni prótesis dental. Una vez la vi y mamá que la ve cotidianamente me la describe con tanta admiración que yo no puedo evitar preocuparme mientras digo: “¡es que esa señora no se va a morir, ya no va a morir!” Pues dan toda la sensación de que la hora se les ha pasado y que sólo les queda esperar al fin del mundo.

Otros casos parecidos son los de don Enrique, 97 años, y doña Delia, de la misma edad. Nunca en la vida se han visto pero yo a ellos sí. Don Enrique era el dulce abuelo de pláticas infinitas que alegraba mis tardes de visitante. ¡Cómo me gustaba charlar con ese anciano!, me contaba dos o tres veces y con lujo de detalles las historias de amor de sus amigotes y su decisión de casarse una vez que vio que ya tenía que ‘sentar cabeza’. Sabía en algún rincón de mi misma que jamás olvidaría esas tardes apagadas junto a su ventana mientras me hablaba con total lucidez y fruición evocándome su pasado, su largo y brillante pasado.

Con doña Delia, en cambio, apenas he intercambiado miradas pero lo suficiente como para disfrutar de esa deliciosa ancianita –muy parecida a la de Piolín – de ojos redondos y mirada seria. Tampoco usa anteojos y camina apoyándose en un bastón portando su moño de canas como una muñeca.

Estas linduras humanas por cuyas mentes y cuerpos ha pasado el siglo, parecen renuentes con la muerte o la muerte con ellas. Mi bisabuela Rafaela murió a los 103 años sin enterarse nunca de que su hijo menor, mi abuelo, había muerto  a los 33 por un descuido. Vamos, que cualquier excusa es buena si la hora de morirse llega; y si no ha de llegar, aunque vivamos enfermos toda una vida.

He notado a estas mis cortas alturas, los signos de las edades de la vida; aunque lo interesante de esto es que vamos creciendo, madurando y marchitándonos juntos. Por ejemplo, hubo un momento en el que todos mis contemporáneos nos preguntábamos unos a otros que qué carrera habíamos elegido estudiar (por cultura el 99% en mi país aspira a ir a la universidad o a algo parecido), luego, al cabo de los años, fueron llegando las noticias de quienes se graduaron y los trabajos que encontraron, etcétera; ahora una tras otras son noticia común las bodas de amigos y conocidos y unos cuantos nacimientos de bebés y embarazos; pero sé bien que dentro de unos años el tema será la jubilación, que quién ya se jubiló y quien todavía no y así también llegarán los anuncios de los achaques y enfermedades hasta dar con el momento temido en el que la noticia será que los amigos de uno se van muriendo. Lo he notado en las pláticas de mis tías y tíos. “A que no sabes quién falleció… ¿te acuerdas de fulanito?”. No hace mucho murió uno más del grupo de amigos de mi papá a lo que él respondió con un curioso comentario: “Vaya… fulano, mengano… ahora de ese grupo sólo quedamos dos”. Lo dijo con su típico humor negro pero también sé que como producto de una inefable reflexión. “Nos estamos muriendo”, dijo alguien por ahí y ciertamente es así. Los amigos de mis tíos “se están muriendo” mientras que los míos “se están casando”. Repito, serán acaso los signos de las edades de la vida y todos pasaremos por todas sus etapas; pero así como unos se van ‘pasando de la edad’ para casarse o tener hijos, otros también dan toda la sensación de que se ‘van pasando de la edad’ para morirse como en el ejemplo de mis queridos ‘inmortales’ mencionados líneas arriba.

Otras son, por supuesto, las excepciones a la regla. En mi vida la primera pérdida que tuve fue la de mi abuela cuando yo tenía diez años; luego fueron tíos muy queridos, ¡grandes personajes de mi infancia!, pero qué duda cabe que eran de otra generación; pero de ahí siguieron mis excepciones, una compañera de clase en primer año de facultad, se fue a los 17 años en un accidente de auto, a mis 26 llegó la muerte de una amiga contemporánea en un accidente de caballo, tenía 28 cuando voló al Cielo llena de ganas de vivir. Después una alumna de la facultad y después mi hermana Delia, que aunque mayor que yo fue una excepción porque partió joven con las maletas reventando de sueños por cumplir.

Pero sé que se comienza a empalidecer cuando los amigos de uno se van muriendo, los coetáneos, con los que compartimos cuna y no por un accidente que suele ser generalmente la mejor excusa de la muerte para llevarse a los jóvenes, sino simplemente por los achaques de la vejez.

En fin, matrimonio, no sé, pero mortaja, seguro que baja aunque demore otro siglo más.

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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