El Pellizco

Japonesas - Marie Andree Bartlett Ximenez

Japonesas – Marie Andree Bartlett Ximenez

Su rostro es como un dibujo y tiene la forma de una nuez,  sus ojillos son dos rayitas negras en diagonal y su nariz de lombriz tan normal como su boquilla húmeda y rosada.

Sus diminutas trencitas negras recaen sobre su pecho y en su frente apenas dos mechones de pelo suelto y libre. No llega al metro y medio, sus manitas coloradas parecen armadas con palitos de fósforo y sus dientes son como granos de choclo serrano. Es como una muñequita de trapo, como un  granito de arroz, como una muñequita japonesa sin kimono. Pequeña, diminuta, inocente y malvadilla a la vez. Me miró sin vida, con su perro con forma de pato en brazos.

_ Vine para ayudarte a estudiar – le dije. Siguió mirándome con sus diminutos ojos como dos botones negros.

Poco a poco, según avanzaba el tic tac del reloj comenzó a soltarse, a hablar más, aparecieron los gestos en su cara y sus párpados volvieron a pestañear. Tras la tensión del encuentro había vuelto la normalidad.

_ Zulygú – le dije – vamos a estudiar el aparato digestivo. Y comenzamos con las partes, con el proceso, y otra vez, con las partes y con el proceso. Nada, no había forma de hacerle entender.

He notado que los chicos y los no muy chicos contienen la respiración, hacen silencio y abren bien los ojos durante el primer encuentro. El adulto más ingenuo puede creer que se encontró con una dulzura en el camino, pero no. Es que sencillamente, están estudiando al adulto en cuestión. No sé qué percepción tendrá ella de mí y me lo pregunto, también, cuando estoy frente a Agustín que es de su misma edad y estatura, y me viene un pensamiento a la defensiva: ¡Estos chicos saben más que una!

Tienen la información de un niño de catorce años, son más listos, menos ingenuos y más astutos.

Mi querida muñequita de trapo no demoró en congeniar conmigo aunque nunca pude estar segura de que aprendió la lección pues todo el rato nuestra conversación no fue tan civilizada.

_ ¿Sabes que te puedo revolear en el aire como las astas de un helicóptero? – le dije – ¡soy la “asusta chicos”!

La muy fresca se rió de mí. La tomé de las muñecas y le hice como esposas con mis dedos pulgar e índice.

_ No te suelto si no me dices bien lección. – Advertí.

_ Ya – me dijo muy divertida la sinvergüenza.  Demoró diez minutos en decir bien las partes de la planta hasta que consiguió ser libre.

Me sacó la lengua y casi la mato de un paro cardiaco cuando le dije que llamaría a su tío Adolfo. Ni bien escuchó la amenaza viéndome con el celular en la mano, cual un militar entrenado se sentó en la silla y con seriedad sombría tomó su cuaderno dispuesta a prestarme toda su atención. Ajá, pensé, así que ese es su talón de Aquiles; pero no demoró en dejar de serlo y yo, sin más armas en pleno combate, le di un pellizco en su delgado bracito.

Me miró no adolorida pero sí muy asombrada.

_ ¡¿Viste?!… y también soy capaz de partirte el cuello con los dientes… – Le dije y se rió increíblemente escéptica.

_ ¿Ah sí?… ¿Cómo? – me dijo con sincero asombro.

Volvimos a la pizarra donde le había dibujado un árbol y luego, fuimos a su terraza donde traté de explicarle la lección frente a sus masetas de plantas.

_ ¿Qué tal te has portado? – Pregunta la abuela.

_ Mal – digo yo con todo acusador.

_ ¡Pórtate bien que si no, te doy un pellizco! – grita la abuela.

Ella me mira asustada como si los pellizcos de la abuela sí le dolieran.

Me las ingenié para ser didáctica, estricta, para amedrentarla, al menos; pero nunca estuve segura de si lo conseguí.

_ Mañana ya no vienes ¿verdad? – Preguntó.

_ No, sé feliz, mañana no vengo – Le dije y estalló en risas.

También yo me fui feliz pensando en que por suerte no soy maestra jardinera pero una duda me sobresaltó ¿cómo seré cuando sea mamá?

_ Zoilita, no tengo paciencia con los chicos – Le comenté preocupada a mi amiga.

_ ¿Así piensas casarte, Mechita?

_ Así, pienso, sí… – Le dije preocupada.

_ No te preocupes, seguramente cuando lo seas, tendrás paciencia.

_ Sí – le dije – seguramente las hormonas se encargarán de despertarme las virtudes maternales; por lo pronto escribo cuentos para niños… pero si lo hago es porque me gusta escribir no tanto porque me gusten los niños. Reímos.

Pensé que sí, me gusta crear mundos para los chicos, pero más que hacerlo yo, lo hace la niña que todavía soy por dentro, la eterna niña, la única niña a la que tengo paciencia.

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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