La muerte de don Quijote

Quijote - Daniel Gargiulo

Quijote – Daniel Gargiulo

Encontró en un retazo de papel, junto a un montón de diarios pasados un texto sobre el ‘caballero de la fe’ de Unamuno. Lo tomó entre sus manos y denodado empalideció acordándose de él,  ¡Murió como don Quijote!, se dijo, ¡murió como él cuando recuperó la razón! Murió el día en que creyó imposible vencer el tiempo y la inercia de la caducidad de las cosas. Cuando dejó de verlo como Sancho y de verla a ella como Dulcinea y encontró que sólo era una pobre aldeana, sucia, con las manos marcadas, el rostro pálido y de ropas polvorientas .

Es que sólo la fe es el eje del amor, sólo la fe su antorcha, y cuando los ojos ven la luz de la razón, aquella se apaga, porque ¿qué lugar queda para una vela frente a la luz de una lámpara?

La locura se arma contra la razón, una razón que a galope pasa sobre los cuerpos de los caballeros vencidos. Su Quijote fue uno más y murió sin ser comprendido, murió a la locura y nació a la cordura, mientras que su fiel compañero Sancho, iba naciendo al mundo de lo incondicional, encontrando que no hay trecho más corto y seguro para la inmortalidad que la fe ciega en un ideal, un ideal tan noble como el del propio amor.

¡Pensar que ella era su Dulcinea!, se dijo. La princesa de sus noches y la reina de sus días. Aquella cosa bonita por la que suspiraba, la maravillosa criatura, la de la canción que compuso en sus noches de letargo. Es que a esta Dulcinea le pasó lo que a Sancho, despertó al mundo sin mesura, tarde, cuando su señor iba ya camino al olvido y al precipicio de caídas insalvables. Pasó, entonces, a ser invadido por la duda y a comportarse como un hombre más de angustias disímiles, y consciente de su finitud se dio cuenta que estaba desnudo y de que andaba sobre las aguas; entonces, se estremeció, tembló de miedo, y es cuando dio lugar a las leyes de natura: se hundió en las aguas y se cubrió las carnes entrando directo al estrecho mundo de las cosas previstas y los lugares comunes.

Quijote urbano - Elena Núñez

Quijote urbano – Elena Núñez

Leyó ese trozo de papel como el diagnóstico infernal de quien fuera su Quijote. Entonces impávido se convenció de que la muerte fue inminente en cuanto el pobre caballero fue consciente de la realidad y se dejó vencer por la inseguridad de las cosas, de la vida y de sí mismo. En vano Dulcinea le rogaba antes de partir ¡soy tu Dulcinea del Toboso, tu bien amada! y en vano Sancho le invitó a enfrentar otra vez molinos de viento.

Dejó a un lado el papel del que leyó a sorbos frases de la verdad, cual diagnóstico de su amado amigo, y lloró hasta entrada la noche. Su Quijote murió cuando perdió su fe y él y Dulcinea, recobraron la vida cuando ganaron la fe. ¿Acaso era necesario que eso ocurra, que el Quijote muera para que viva Sancho?

Mil batallas se han librado desde aquel primer don Quijote, y desde él tantos otros miles ha habido, uno de ellos su Quijote, su amigo el otrora soñador, el que a las alas del viento se subió un día para ir al encuentro de su Dulcinea comteporánea.

Sentado a la vera de sus lamentos, se quejó diciendo que ahora, como en los tiempos de Unamuno se siguen perdiendo batallas porque hoy como entonces sigue venciendo lo utilitario y lo prosaico, lo banal y lo profano. Peor aún se duda hasta de los desvaríos, sólo la malicia reina y no hay quien se atreva a ser Quijote o un Sancho vivificado por la fe.

Clavel - Ricardo Renedo

Clavel – Ricardo Renedo

No hay más lugar para los sueños, no hay lugar para el absurdo soñador que como un itinerante cruza  marginal y perseguido las fronteras de la vida y los territorios de la displicente realidad. No, no hay Quijote que cruce y no sea asaltado por la razón.

Volvió a la pieza de papel y a la escena de sus recuerdos para encontrarse con el rostro trémulo del pobre caballero, palpitante aún en su lecho de muerte. ¡Pobre amigo mío, se dijo, tan bien que iba en las alas del viento, reluciente y feliz enfrentando molinos, tan guapo que se sentía a pesar de su rusticidad, cuando en el color de sus pupilas la aldeana no era aldeana sino la señora Dulcinea! Qué lejos estaba él ahora, qué lejos de aquel sueño.

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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