Hermanos de sangre

Hermandad - Laura Saucedo

Hermandad – Laura Saucedo

Mi primo anda en busca de brazos fuertes que se ofrezcan a donar plaquetas. Sí, plaquetas, porque su esposa tiene leucemia. El viernes, dos de casa partimos raudos al banco de sangre pero antes había que pasar una serie de exámenes. Hoy fuimos por los resultados más uno que se sumaba a la misión. De los tres, los tres fuimos descartados.

Una porque tiene pocas plaquetas, “vuelva la siguiente semana”, le dijo la enfermera; el otro porque ‘no tiene’ venas, es decir, las tiene muy escondidas acaso será porque es gordito; y ésta de aquí porque tenía –tiene- las amígdalas inflamadas. “Lo siento, dijo el médico, así no puede usted donar. Regrese en unos días” Era el último soldado sobreviviente, con un pie en la sala de donaciones, pude ver las máquinas y a un par de personas conectadas a ellas mientras conversaba con un chico que ya había donado cinco veces. El médico nos tomó la presión no sin antes hacernos firmar una carta de consentimiento en caso de ‘molestias imprevistas’. Esto último me hizo sentir vulnerable pero al cabo me despidió incólume.

Mi primo quedó muy agradecido por nuestra intención de ayudar pero igualmente desalentado. “En unos días, le dije, en unos días vuelvo porque pasé todos los exámenes”, no se me ocurrió mejor consuelo; pero aunque no he podido donar aún, de pronto estaba allí, bajo la atmósfera fría de la lucha por la vida. Me hubiera gustado ser parte del paredón de resistencia con tal de que ella venza la enfermedad y sobreviva. No resulta fácil, hay que vencer tres obstáculos antes: primero que la gente quiera donar (y pueda porque como mínimo se necesitan dos horas), luego que quienes aceptaron pasen los exámenes (tengan la sangre compatible, buena hemoglobina o como para el caso de mi prima, suficientes plaquetas) y en tercer lugar, que el donador esté gozando de muy buena salud en el momento preciso de la donación, que no fue mi caso. Apenas una sensación de tos pero que el médico notó al verme las amígdalas.

Es en casos como estos en los que se siente que cada ser humano es verdaderamente hermano del otro, ¡hermano de sangre!, sin importar más las diferencias de ningún tipo, quedando todo reducido a su auténtico estado de transitoriedad.

Instante - Sol Rizzo

Instante – Sol Rizzo

De ahí apenas un paso a aquella otra realidad mucho más urgente aún, la de la donación de órganos. Miles se rehúsan por prejuicios o quizá por evitar que sus seres queridos padezcan una doble pérdida, no sólo viendo morir a su pariente sino además teniendo que dar parte de su cuerpo. Quizá sea ese duro transe por el que muchos se niegan a dar su consentimiento para una donación en caso de muerte, pero es preciso vencer esa necedad, es preciso despertar y admitir que no sólo nos puede tocar el transe de donar un órgano nuestro una vez que estemos fríos sino que también nos puede tocar estar del lado de quien necesite un órgano. Nunca se sabe de qué lado nos pondrá la vida.

En el Documento de Identidad Peruano hay una o no, en respuesta al consentimiento de donación de órganos. Muy a pesar de mis padres en el mío dice y a veces he divagado con mi mente de novelista imaginando a mi simpático corazón viviendo en el pecho de alguien que lo hubiera necesitado. Sólo mi hermano se mofaría de eso, claro, aduciendo que mi corazón de simpático no tiene nada además de ser pequeño y duro. Pero útil, le diría. En fin, guerras de hermanos.

No se sabe, no sabemos, a lo mejor la donación de órganos, sea en verdad la mejor herencia que dejemos en un momento dado. Lo que sí, siempre me ha inquietado es hasta qué punto se debe respetar la decisión del fallecido en caso dejó dicho que No, pero aparece alguien que necesite su buen hígado o pulmón. Quizá un padre generoso, una esposa o un hijo, podrían dar el último veredicto. Ojalá sea así, no lo sé.

A otra cosa. Hoy viví dos experiencias nuevas, una: la realidad de ser donante o casi donante, claro; y la segunda, que fui bendecida con tener por primera vez entre mis manos una copia de mi libro que ya está listo para ser llevado a imprenta. Quedé gratamente impresionada con las ilustraciones y la cantidad de páginas, el asistente de edición me dijo que a lo mejor por su extensión pareciera ser más un cuento juvenil. Una joya, salí de ahí serena y contenta con las copias bajo el brazo.

Así es la vida, unas tiene de cal y otras de arena y es que hay un tiempo para todo: Para sembrar y para desperdigar, para reír y para llorar y todo pasa, como dice santa Teresa, todo pasa. Nada te turbe, nada te espante, todo se acaba, Dios no se muda. La Paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene nada le falta. Sólo Dios basta.

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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