Entre las páginas de la vida y la muerte

Retrato tres hermanas - Vania Yunusic Puelma

Retrato tres hermanas – Vania Yunusic Puelma

Arrodillada sobre la silla y apoyada con los codos en la mesa, miraba detenidamente cómo dibujaba mi nombre sobre esas etiquetas que luego pegaba en mis libros nuevos; después, con especial prestancia cortaba el vinifán (éste es el nombre de marca de esa transparencia que se usa para cubrir los libros) para revestirlos y queden así, protegidos. Es lo que hacíamos cada Semana Santa, yo mirar y ella preparar mis libros.

La última vez vino con su novio, recuerdo a Jaime sentado en la banca de junto al huerto en el primer patio de la casa. De ahí no recuerdo más, pero supe que algo había cambiado. Al año siguiente nos mudamos a Lima y cortamos para siempre con las cartas que desde que aprendí a escribir nos habíamos enviado, no sé qué nos decíamos, pero cada cosa era emocionante. Una vez  me envió unos chistes que me hicieron morir de risa, aquel poema mal dicho del que todavía sé algo: “tus ojos son dos luceros y tu boca un coral” y que la paisanita entendió mal: “tus ojos son dos becerros y tu boca un corral”. Risas, qué ratos de risa pasé.

Conservo entre mis cosas una tarjeta que me mandó para felicitarme por el día de mi Primera Comunión, escribió atrás con plumones de colores la importancia y alegría de ese día.

Su letra para mí fue siempre el camino a seguir. Tenía una  caligrafía agradable y me gustaba verla hacer anotaciones. Una noche, una de las últimas noches de su agonía, la soñé escribiéndome en un trozo de papel, aún puedo ver con nitidez cómo dibujaba las letras con tinta azul, será porque en el mundo real tantas veces la había disfrutado. Veía en el sueño su familiar cursiva, las palabras escritas pero no las palabras en sí mismas. Cuando desperté en vano luché por saber lo que en aquel papel me decía. Era una petición, a lo mejor una recomendación ya que en mi sueño tampoco podía hablar igual que en la realidad.

Escritorio - Zoraida García

Escritorio – Zoraida García

En la distancia nos unieron las cartas y después, las conversaciones. Largas conversaciones en las que nos decíamos de todo y ¿cómo llamar a eso que nos unía?, ¿afinidad?, ¿empatía?, el caso es que compartíamos la misma visión de las cosas y de la vida. Ahora que miro atrás, estoy convencida de que ella me enseñó a reflexionar, ese oficio de volver a detenerse sobre las realidades. Después encontré que esa era una invitación a la contemplación.

Con mucha gracia recordábamos un comentario de mi papá cuando la veía llamarme por teléfono a Buenos Aires para platicar horas de horas:

_ ¡Delia y Merce hablan como si nunca se hubieran visto!

Es que nosotras sabíamos como la tía Elisa de Ángeles Mastretta que no hay mejor cura que un rato de conversación.

Las últimas tardes de noviembre de 2010, permanecí a su lado, pero ya no hablábamos. Ella echada en la cama dormía, o rezaba con los ojos cerrados mientras escuchaba las meditaciones de Ignacio Larrañaga en un caset, “los imposibles dejarlos….” Iba diciendo el sacerdote en la grabación.

Éramos un par de existencialistas, nos gustaba hablar de cuestiones divinas y el porvenir e íbamos hilando con fe nuestros planes a futuro, cómo nos entusiasmaban los proyectos, queríamos alcanzar los sueños, surcar el mar y descubrir nuevas costas. Hasta el final tuvo planes.

_ Cuando salga de aquí – me dijo en el hospital – me compraré un departamento en San Borja.

Muchas veces hizo como si la muerte no la rondara, pasaba de ella, la ignoraba, pero sé que en el fondo se preparaba. No temía, la aguardaba muy segura, aunque mil veces hubiera preferido cambiar ese momento por ver a su hija crecer. Hoy me pregunto si acaso no la estará viendo y desde un lugar mejor.

Sin título - Delia Sorribes Lengua

Sin título – Delia Sorribes Lengua

Hace un puñado de noches encontré unas marcas suyas entre las páginas de un libro espiritual. Había separado dos hojas del subtítulo los males de la vida presente, el capítulo trataba sobre la vida y la muerte.

Cuando las cosas no salían me decía con un guiño y la voz bien sentida, como cuando rezaba:

_ Merce, no te preocupes mamita, ya verás que es por algo mejor.

El solo escucharla como un eco en mi memoria me compone el presente.

Ahora no la leo ni la veo escribir, sólo la escucho cantar entre recuerdos como tantas veces entre las cosas que hacía en los últimos años, Pronto llegará el día de mi suerte, sé que antes de mi muerte, seguro que mi suerte cambiará.

Tenía de hacendosa; remendaba y cosía, no tejía ni bordaba pero sí limpiaba y ordenaba. Era una maga organizadora. Tenía de Martas y Marías. No cocinaba pero sabía de precios y compras y cuando se proponía también adobaba. Preparó la cena de Nochebuena de 2009. Su última Navidad con nosotros.

_ Sé que piensas marcharte ya lo sé… – me canturreaba con Franco de Vita cuando planeaba mi viaje por estudios.

¡Qué le cantaré yo ahora! Si se marchó diciendo lo que siempre al irse decía: Me voy como todos lo verán, a la vuelta de mis espaldas, sabe Dios lo que dirán.

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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