Mis otras vidas: In memoriam

Entorno a a la abuela

Entorno a la abuela

Desde que nacemos, como no puede ser de otra manera, las personas rodean nuestra vida; pero, de modo inexorable, muchas de ellas se van convirtiendo en parte del tejido mismo de nuestra existencia y curiosamente, con el paso del tiempo, en la medida en que vamos creciendo, algunas de ellas van dejando sus puestos, se van retirando silenciosamente como personajes al final de una escena.

A un paso de la mediana edad –pues pienso que los 35 es haber llegado a la mitad de la vida en promedio, salvo que viva hasta los ochenta o noventa- no puedo evitar caer en la cuenta de que un buen número de esas personas que llenaron mi vida, han ido pasando a través de los años al otro lado del cerco.

Y me remonto a mis cinco años de edad, a una tarde sepia de sombras y rostros imprecisos cuando fui a visitar al hospital al tío Maqui como todos le decían, Máximo, cuñado de mi abuela, marido de su hermana Rosa. Entonces descubrí dos cosas: el cáncer y la muerte. Recuerdo como en un sueño voces que decían que estaba mal, que estaba en el ‘quinto piso’ del hospital, en la zona de desahuciados, que iba a morir.

No sé cómo pudieron dejarme entrar, pues los niños pequeños no podían estar en esos lugares tenebrosos y sombríos donde la gente aguarda la muerte y donde sólo ella es la enfermera, pero el caso es que entré. Luego, viene a mí una imagen borrosa de un señor grande sobre una cama, creo que le tendí la mano y la voz de alguien que me dictaba palabritas de cariño para decírcelas. Poco tiempo después el tío murió y de ahí en adelante, mi recuerdo más firme es la lápida de su tumba que he visitado muchas veces. Fue él la primera persona en mi cortísima vida que partía al Más Allá.

No obstante, la muerte que más me impresionó por ver a mi madre y abuela vestidas de negro y llorando y porque había compartido momentos con ella desde siempre, es la de tía Carmen. Cada vez que ella venía de visita me traía palitos para tejer y yaces. Me traía palitos de todos los tamaños junto a ovillos de lana y yaces con pelotitas de todos los colores. Gracias a ella aprendí a jugar yaz aunque nunca aprendí a tejer.

Tres años más tarde, mi abuelita María partió al Cielo. Este fue el duelo histórico de la familia pues el tronco había marchado.  Para entonces, ya tenía diez años.

En abril de 1989 tocó el llamado a tío César, el de las risas largas y profundas, mi temible doctor ‘muelas’. Tío César se encargó de sacarme los primeros dientes de leche y de curármelas otras. Para ayudarme a mitigar el terror a su taladro me permitía cosechar fresitas de su jardín para luego hacerme un buen licuado. Primo y compañero de juventud de mamá, tiene un sitial especial en el mausoleo imaginario de mis afectos. Unos meses más tarde voló al País de los Justos mi padrino de bautizo, el tío Germán, así lo llamábamos todos. Todavía lo veo leyendo su periódico bajo el sol del patio de casa, explicándome la ‘maquina’ hacedora de billetes.

Los Gómez Sarapura

Los Gómez Sarapura

En 1991, mi prima Soledad partió a la temprana edad de 38 años. Sholy, como la llamábamos, tenía un corazón sin puertas, alegre, coqueta, generosa y muy grata con todos. Nos heredó su simpatía y calidez sin competencia.

Luego, se fueron yendo también amistades y gente querida y cercana como mis vecinos, un par de dulces ancianitos, don Pablo y la señora Jacapa quien cada vez que iba a comprar algo a su tienda me decía: ¡Qué grande estás Meche!… Un día estarás tan grande que aunque te llamemos no nos podrás ver !Entonces gritaremos: Mecheee, Mechee… y no nos escucharás” Era eterna su caricia de broma e imperecederos esos momentos. Yo sólo les sonreía empinándome para alcanzar su mostrador.

Amalita era una ancianita adorable, me temo que conoció a mis bisabuelos porque trabajó con ellos y crecí escuchando que yo de bebé lloraba al verla con el sombrero puesto. En cuanto la vi con uso de razón, la quise y no la olvido. Voló al Cielo poco tiempo después que mi abuela.

Luego se fue también Pinocha, Agripina para quienes no la conocían, la costurera de la familia, de ella disfrutaron más mis hermanos pero no olvido sus caricias estremecedoras cuando me veía.

Muchos años después partió la señora Felicia, que tenía la paciencia de contarme historias misteriosas del campo todas las mañanas que venía a casa poco después de la muerte de mi abuela. Siempre creí que ella se despidió de mí antes de morir. Una noche nos encontramos en un microbús aquí en Lima. Siempre que lo recuerdo me asombra la casualidad, pues en una ciudad tan grande era casi improbable. Me acerqué a saludarla, me saludó con su sonrisa épica, la de siempre; pero no me reconoció. Claro, yo ya había crecido, no era más la niña de diez años a la que contaba cuentos misteriosos. Pensó en seguida que yo era una de mis primas Gómez. Antes de bajar del bus, le di otro beso. No importa, pensé, muy breve el tiempo para explicarle quién soy, pero me fui contenta de verla. Meses más tarde me enteré que falleció.

Aurea, es probablemente uno de esos personajes de mi infancia tan efímeros como olvidados por la memoria colectiva familiar, sin  embargo, yo la recuerdo. Era una joven empleada doméstica que trabajó un tiempo en casa. Quizá lo que la hizo inolvidable en mi pequeño corazón impresionable, fue que murió muy joven y dejando a tres niños pequeños. Hasta ahora me pregunto qué habrá sido de ellos.

El señor Limaymanta era el albañil de casa, le gustaban las copas pero a pesar de ello, mi abuela le tenía confianza. Toda la vida sólo lo vi pasar de un patio a otro, con bolsas de cemento a la espalda, con herramientas, siempre con su boina de lana en la cabeza y sus ropas con manchas blancas. Muchos años después me contaron que había fallecido ya anciano. Podría decir de este afectuoso personaje que sí que cruzó por mi vida.

Los Sarapura Orihuela

Los Sarapura Orihuela

La señora Amaro, falleció probablemente hace menos de diez años; era la dueña de la otra bodega de la esquina de casa.  Los últimos años cada vez que pasaba por ahí, la veía dormir plácidamente sentada junto a la puerta de su tienda bajo las caricias de los rayos vespertinos de sol.

A los diez años conocí a señora Luisa, una señora chilena amiga de mamá que se casó con un señor tarmeño conocido de mi abuela. Un día que vino a visitarnos a la casa de Lima, me enseñó a hacer empanadas, yo era pequeña aún. La señora Lucha falleció el 2003. Ah!, también me enseñó a tragar valientemente una cucharada de ajo con limón cada vez que enfermara de tos y gripe. Me temo que fue el primer remedio casero que aprendí en mi vida.

En 1999 se fue tío Carlos, otra partida más, cercana y muy sentida. Hermano de mi abuelita, tío era el hombre del arte y la filosofía, el de los consejos a los más chicos, el de los análisis sobre actualidad. Enérgico y a la vez sensible, decía frases como “el ser humano es el producto de sus hechos”. Jamás olvido su espíritu contemplativo y ardoroso.

 En 2000 marchó tío Enrique, una pérdida inesperada, papá de mis primos  Gómez,  fue el ‘tío papá’ de los que andábamos cerca. Era el tío de cada día; cuando venía a casa a almorzar le gustaba enseñarme juegos ingeniosos de memoria y me revisaba los libros nuevos para ver si los había leído. En mis fiestas de cumpleaños era infaltable y recuerdo la vez en que me regaló una medallita del Espíritu Santo.

Los de casa

Los de casa

En 2003 se marchó una de las tías mías más queridas, personaje de novela. Una señora que supo ser la tía con todas las características que eso implica. La tía de los regalos, dulce, complaciente. En cada cumpleaños, hasta los quince años, tía Ofelia tuvo la sagrada misión de amasar y hornear magistralmente mis tortas dulces con pasas. Nunca más volví a probar algo parecido. Tía tenía la costumbre de regalarme cremas, perfumes y cuanto consideraba que me iba a despertar gusto, interés y expectativa.

Meses más tarde, en el verano de 2004, mi amiga Patricia Alcalde dejó este mundo a sus veintiocho años de edad. Su personalidad radiante, su corazón grande, su amistad sincera han hecho de ella un personaje inolvidable.

En 2007, falleció alguien que nunca conocí, pero que llegué a saber de él a través de su hijo, lo suficiente como para tomarle especial cariño. 29 de septiembre de 2007, don Eleuterio. Aún lo veo en el retrato de su salón, allá en su casa, joven y guapo con su mirada en el infinito. Aquí también, entre los que nunca conocí directamente pero sí de alguna manera, está Víctor Sueiro, el autor argentino de los libritos de la Fe que me acompañaron durante toda mi adolescencia y juventud. ¡Gracias Víctor!

Por ese tiempo me enteré de la muerte de mi profesor de Semiótica y de algunos otros cursos de la especialidad de Publicidad en la Facultad, el querido profesor Eduardo Solari. Recuerdo sus clases imperdibles llenas de conocimiento; y hace un par de años, a través de la revista electrónica Razón y Palabra me enteré del deceso de mi profesor de maestría, Aníbal Ford.

Una vez que tía Ofelia se fue, tío Zósimo quedó un tiempo viudo. Tío se transformó en un anciano dulce, imperturbable, alegre y tierno. Entró en la decadencia y muerte con la misma paz y serenidad que lo acompañaron toda su vida. Era junio de 2008. Un mes después, tía Rosa, la esposa de tío Maqui, fue convocada también a la Eternidad, se había convertido en una anciana paciente y devota. Maravillosa tía, siempre comprensiva y tierna.

Un año más tarde, el esposo de tía Carmen, tío Jesús, falleció entre otras cosas, por vejez. Murió en paz rodeado de sus hijos y nietos. En diciembre de 2010 dejó este mundo tía Hilda, tras un sorpresivo cáncer. Robusta, guapa, alegre. La tía de los ojos grandes.

El verano de 2011 ocurrió algo, comencé a morir un poco yo también. A fin de cuentas hasta entonces, las personas que fueron pasando a la eternidad unas tras otras eran del grupo de ‘los adultos’, es decir, de los más grandes,  pero ese febrero tuvo lugar lo insondable, la muerte convocó a quien tenía muy cerca, mi hermana Delia. Fue la más cercana de todas las muertes. Desde entonces, una parte mía ya habita la Eternidad.

Toda la familia

Toda la familia

Poco tiempo después, sorpresivamente, tío Pablo cayó enfermo de gravedad y su mamá, tía Manuela, enfermó de depresión al enterarse de la enfermedad de su hijo. Uno tras otro, partieron en paz al Otro Mundo entre amigos y familiares a mediados de 2011.

Hace unos días mi prima Rocío subió al Cielo en alma y juventud, desenlace repentino del que apenas nos recuperamos porque decimos de ella ¡tan joven!, ¡tan llena de vida! Es que eso era y más, pero se fue elegida a adornar el firmamento con su lozanía como una estrella del alba.

En suma, desde tío Maqui a Rocío han pasado alrededor de treinta años y me temo que aún a pesar de mis esfuerzos, alguno no he mencionado; pero sé que estando donde está no refunfuñará, porque sabe que aunque mi memoria sea imperfecta mi corazón no lo olvida, porque ahí están todos.

Sí, todos, los entrañables personajes de mi historia de vida, los que ya no estando aún permanecen. A los que quise dar tributo esta noche cualquiera pero infinita y  quienes me susurran contentos al leer este post, diciéndome desde su silencio que no tema la muerte, que ella es sólo un velo engañoso de amargura y quebranto que cubre un Sol de unidad y de gozo. Nuestros difuntos están en lo invisible y no en lo ausente. (Juan XXIII).

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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Una respuesta a Mis otras vidas: In memoriam

  1. thara dijo:

    Rocio, siempre triste y servicial, aunque te dejo sola en el momento que mas tu necesitaste de el (tu esposo) nunca te olvidaremos querida amiga. Nos haces mucha falta….

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