Hijas del furor

Frida Tributo - Norma Beatriz Pagliaro

Frida Tributo – Norma Beatriz Pagliaro

Terminé de leer Historias de mujeres de Rosa Montero y quedé perpleja con las vidas de cada una de ellas, todas artistas célebres, intelectuales y víctimas de su tiempo aunque poco conocidas por estos lares del mundo.

Me conmovió de modo especial las vidas de las hermanas escritoras Brontë. Charlotte, autora de la maravillosa Jane Eyre, una de mis favoritas; su hermana Emily, la genial creadora de la inmortal Cumbres Borrascosas; y Anne, autora de La Dama de Wildfell Hall. Quedé presa de la intriga cuestionándome al igual que Rosa en las primeras líneas de su relato de estas vidas  “¿De dónde saca el escritor lo que escribe?, ¿nacen sus novelas de lo que sabe o de lo que teme?, ¿de lo que ha vivido o de lo que ha soñado?” porque estas sorprendentes hermanitas, hijas de un pastor evangelista, nacieron, crecieron y murieron en un solo rincón del mundo, un remoto pueblo inglés que les bastó para crear sus complejos e insondables mundos imaginarios que con el tiempo darían lugar al surgimiento de una poderosa narrativa que deslumbraría al mundo, “unas insignificantes solteronas a las que nadie escuchaba, rompieron su silencio, súbitamente, con el tronar de una voz literaria maravillosa”, dice Rosa. Porque ellas, las Brontë, vivieron en un mundo pequeño, opaco, estoico, nunca se enamoraron y sufrieron la soledad. Con esa materia prima fueron capaces de crear entre sus juegos los universos de Gondal y Angria y siendo pobres, mujeres y solas, tuvieron el atrevimiento de hacerse inmortales.

El Sufrimiento de Frida Kahlo me resulta inimaginable, ¡pobre mujer!, que debido a un accidente sufrió en sus carnes la severidad del dolor en sus formas más horrendas. La pintura, especialmente el autorretrato, fue su bálsamo, así como la compañía aunque imperfecta de Diego Rivera. La desventura de Camille Claudel, me arrancaron lágrimas; una dignísima escultora reducida por la historia a simple amante del famoso Auguste Rodin. Camille fue más que una amante, fue una genial artista que víctima del desamor de su madre y hermana fue internada en un psiquiátrico durante treinta años, siendo liberada sólo por la muerte.

Las vidas que me parecieron de las más espeluznantes y lóbregas fueron las de Simone de Beauvoir, Isabelle Eberhardt y la malvada Laura Riding.

Alma Mahler era hija del pintor Schindler, guapa hechicera, compositora de música,  estimuladora de cada uno de los artistas de los que fue su amante; Lady Ottoline Morrel era de afanes filantrópicos, mecenas de grandes artistas pero que también terminó quebrada por la decadencia.

Hermanas Brontë

Hermanas Brontë

Todas ellas, incluso las que no menciono, tienen por denominador común el sufrimiento, la búsqueda incesante del ser y la fuerza guerrera que las impulsaba a encontrar la dicha. Incluso, también su propio talento, aquello que en un principio a los ojos de ellas mismas y su entorno, parecía una bendición, resultó siendo la maldición que las rompía irremediablemente.

En estas vidas, asoma la furia, la fuerza interior, la pasión, el dolor, las tinieblas del extravío más profundo, la miseria del propio abandono, la indignación, la felicidad más efímera y la amargura.

Sin embargo, lo que más he lamentado en todas ellas, sobre todo en las que han sufrido mucho, es que no creían en Dios. ¿En qué creen los que no creen?, ¿cómo es posible estar convencidos de que este mundo estrecho y caótico es todo lo que hay?, ¿cómo es posible creer que toda esta sensibilidad que nos tapiza por dentro y toda esa inteligencia que nos permite inventar y descubrir quede reducido a nada después de la muerte?, sin contar la innegable cantidad de cosas que están fuera de nuestro control como todas las incógnitas aún sin responder. He intentado muchas veces no creer y me ha resultado imposible.

En sus líneas finales Rosa Montero dice bien que la realidad es como un vestido mal hecho que nos ajusta en las axilas, y ciertamente es así, el cuadro de nuestra realidad es opaco y triste, solemos tener más carencias que compensaciones y todo parece indicar que al final, sólo nos espera la desintegración, la nada, el triunfo del caos y que mientras tanto el arte parece ser todo el ancla salvavidas al que aferrarnos.

Sin embargo, para mí, esa misma tierra de sombras es un signo de que hay algo más después del dolor y la muerte, algo más completo: la Plenitud. Aquellas mujeres buscaban el sentido de sus vidas, fueron apasionadas, conocieron la felicidad pasajera por la que

Camille Claudel - Marco Donner

Camille Claudel – Marco Donner

pagaron el más alto precio del padecimiento indecible,  porque, además, en sus épocas, las mujeres éramos consideradas menos que personas.

Entiendo a mis congéneres feministas cuando culpan a la Iglesia y les chirría los dientes cuando escuchan decir que “el Hombre es la cabeza de la mujer”, pero es que la sociedad machista se las ha ingeniado para borrar la segunda parte de ese mandato bíblico en el que Cristo pide a los hombres que amen a sus mujeres, como Él amó a su Iglesia, hasta dar la vida por ellas. Nada se ha cumplido, las mujeres entendimos sumisión desintegradora por sana obediencia y los hombres hicieron oídos sordos del amor que nos deben. En fin, tema para otro acápite.

Lo cierto es que en cada uno de los capítulos de esas vidas destacaron el fulgor femenino, su espíritu indomable, su capacidad desbordante de amar y de sacrificarse. Considero que no hay mujer pusilánime, aunque sí, posiblemente cruel. Somos, como siempre, la clave de la Historia.

 

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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