La vida en llamas

Chimenea - Enrique Muñoz Cárdenas

Chimenea – Enrique Muñoz Cárdenas

Me gusta el fuego, adoro ver arder la  leña en una hoguera, jamás sería bombera porque me quedaría embelesada contemplando las llamas. Me han dicho que es un gusto raro, sí, lo es; sin embargo, siempre me pareció adorable; por lo demás, me gusta su color amarillo encendido como el oro, su furia y su forma sinuosa, el calor que destila, el humo. Recuerdo a Lucy en Narnia contemplando la fogata de la casa de Dominus y quedándose dormida mientras veía formarse unas extrañas figuras ahí adentro.

El fuego tiene dos componentes necesarios para vivir: Luz y calor, es energía. Llena los espacios vacíos y los calienta, alimenta los ojos, reconforta. Me gusta la palabra lumbre, y no es casualidad que hogar provenga de hoguera. Calor, cuán importante es el calor para el ser humano. Hay seres vivos que necesitan del frío para existir, pequeños organismos, tal vez; y otros, a los que les tocó vivir en combate con el viento de las alturas como las llamas o las alpacas pero cuyos cuerpos tienen una buena cubierta que los protege e igualmente guardan complicidad con el calor.

Siempre será mejor el calor a la frialdad, la calidez es vida en los corazones. El fuego está asociado a dos ideas divergentes, se lo asocia con lo macabro y lo peligroso, con el odio, la ira, el infierno pero también con el amor, con esas ganas de hacer y ser que llamamos energía y también con la pasión, palabra que al mismo tiempo es asociada a un profundo gusto por algo, al placer y al padecimiento. Me fascinan estos términos con significación doble y al mismo tiempo, opuesta.

De chiquita me gustaba mucho pasear la mirada por un cuadro religioso de mamá. Era de la Virgen del Carmen con personas adobándose entre las llamas. De todas ellas siempre me llamó la atención un hombre que estaba hundido entre las llamas hasta el dorso. Me había ocupado de encontrar cuál de todas esas personas era la más hundida y era ese hombre. Nunca me dio miedo, ni asombro, sólo curiosidad. ¿Cómo sería eso de vivir en llamas?

Mucho tiempo después entendí que esa era la representación del Purgatorio y ni qué decir del Infierno, probablemente un lugar mucho más fogoso. Creo en el fuego previo al Paraíso, en esa dimensión en la que se purga; pero es un fuego que va por dentro, es ese ardor del que siente remordimiento y arrepentimiento y al mismo tiempo la intensidad del amor que perdona Ese es un fuego bueno.

En cambio, no creo en el fuego del Infierno, más bien lo imagino tétrico y desesperadamente frío y amargo. Lo que punza y quema allí no es el fuego sino el frío, las púas duras de la nada. Hay remordimiento pero sin esperanza y con rebeldía, a lo sumo su única llama es el fuego del odio.

Ese infierno y ese paraíso están en nuestros corazones. El fuego está ahí; sin embargo, uno de los más atroces sufrimientos es el del fuego en la piel. Ese es el infierno.

 

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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