Generosidad desbordante

Compartir con Generosidad - Carlos Mario Rivera Ferrer

Compartir con Generosidad – Carlos Mario Rivera Ferrer

La generosidad da a luz, es dinámica como un remolino de fuego, es impetuosa, inconmensurable, huracanada, apoteósica. La generosidad es invencible. Es como la luz, transmuta las tinieblas. He conocido personas de ese calibre en mi familia. No teme a la pobreza porque es incompatible con ella. La generosidad es muestra de poder.

También duele pero es mucho más gozosa. Es el motor de la abundancia que no se agota. Pero cuidado: No confundir generosidad con afán de lucimiento ni derroche. Además que hay cosas que cuestan dar más que el dinero.

Dos veces me crucé en la vida con un tipo de generosidad poco usual. Una mañana gris de 1997, una chica que apenas conocía, con unos auriculares puestos en las orejas, aguardaba la clase a  las 7: 30 de la mañana en la facultad. Entré al salón y nos saludamos.

_ ¿Qué escuchas? – pregunté por curiosidad. Casi pensé adivinar la respuesta: Rock pesado, heavy metal.

_ A Laura Pausini – respondió. Me dejó confundida. Tenía toda la pinta de una chica afecta a cualquier otro género musical menos a ese.

No recuerdo bien si días antes o días después, volvimos a tener el mismo diálogo y  esta vez me dice que escucha a Raul Di Blassio.

Otro día más de mañana fría en el aula de clase me dice:

_ Te traje esto.

Me entrega un cassette (en ese tiempo los cassettes todavía no caían en desuso, quizá ahora tampoco, claro). Era una grabación de Laura Pausini.

_ Gracias – dije – Mañana te lo devuelvo, ¿eh?

_ No, es tuyo. – Me dijo mirándome fijamente.

No era un diamante, era algo sencillo en verdad, pero me sorprendió mucho recibir a esa hora de la mañana un regalo inesperado; aún  ahora, me sorprendo al recordarlo; no se lo había pedido ni era una urgencia. Tampoco me esperaba un regalo de una casi desconocida de aspecto tan diferente y de personalidad tan… distinta a la mía; y encima apenas podía aceptar que ella y yo teníamos gustos parecidos.

Un tiempo después, cerca de fin de año, el grupo de amigas, diez chicas y dos chicos, decidimos jugar al ‘amigo secreto’ y en el sorteo: ¡Oh Casualidad!, cae en mis manos su nombre escrito en un papel. Recuerdo que pese a todo trataba de evitarla y quise devolver el papel para hacer otra vez el sorteo; es que la sentía… ¡diferente a mí! Ni mejor ni peor, sino abismalmente diferente, pero algo habló en mi interior: No lo devuelvas, por algo será. No lo devolví y a regañadientes acepté mi suerte. Ella sería la persona a la que por un mes llenaría de detalles, cartitas, dulces y uno que otro regalo.

Un buen día, durante el transcurso normal del juego vuelve a sorprenderme rompiendo las reglas:

_ ¡Hay un obsequio para Océano (mi pseudónimo en ese juego), de la amiga a quien ella escribe! – Anunció una de nosotras encargada de revisar cada día la bolsa donde cada quién ponía sus obsequios.

Todos nos quedamos sorprendidos, por supuesto nadie sabía  Océano era yo. Pero se supone que a quien yo adornaba de detalles no tenía que responderme, sino a su vez llenar de detalles a otra persona y así, como una cadena. Pero ella rompió las reglas enviándome un Garfield muy amarillo con un letrero que decía: De todos mis amigos, tú eres el mejor. Y una carta, una larga carta con su caligrafía pequeña e irregular en la que me decía que más le gustaba escribirme a mí que a quien le había tocado. Me enviaba las fotos de toda su familia, incluidas sus mascotas. Yo a esas alturas estaba maravillada pero la veía como una pequeña, una pequeña más pequeña que yo.

Quién diría que con el tiempo ella y yo llegaríamos a ser grandes amigas y se convertiría en mi pequeña Torbellino. Esta es la historia del comienzo de nuestra amistad, en la que ella entró por la puerta grande, con el demoledor poder de su generosidad y su particular grandeza interior. Se recuerda muy a menudo cómo fue el primer encuentro con nuestro primer amor o el amor de nuestras vidas, pero no cómo se conoció a un amigo, será porque la amistad siendo más fuerte y sencilla prescinde de las trompetas del romanticismo.

La segunda experiencia de generosidad la tuve hace once años. Me dijeron que una profesora joven me daría todas las directrices para debutar en mi primera cátedra, que no me preocupara. Tímidamente la cité para conocerla, por cosas de la vida, vivíamos una muy cerca de la otra. Elegimos un punto común. Todavía recuerdo esa esquina en la que por primera vez veía a Zoila venir hacia mí. A partir de ese día me apoyó de todas las formas más sorprendentes posibles, me dio libros, separatas, clases hechas, me documentó, me explicó, me enseñó, me dijo incluso cómo debía comportarme ante los alumnos, qué imagen dar, etc. Yo en ese instante por segunda vez en la vida pude verle a los ojos a la generosidad. Era una desbordante catarata que caía sobre mí. A partir de entonces tejimos una bellísima amistad que se ha fortalecido con el tiempo.

Ayer me embromé pensando en la generosidad entre mil cosas con las que uno se cruza en el día y no por gusto las he recordado a ellas, hasta ahora mis mejores ejemplos.

Definitivamente, no son los únicos casos en los que tuve experiencia de generosidad, por supuesto, he crecido en una familia grande y generosa y mis demás amistades comparten esa misma cualidad superior, sin embargo, esas fueron escenas que se me quedaron como la mejor muestra en el corazón y en la memoria. Un día, a una hora determinada: se me presentó la generosidad.

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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