Milagros de una luminosidad casi insostenible

El nacimiento de un milagro - Itzlarte Ramírez

El nacimiento de un milagro – Itzlarte Ramírez

Encontré, y otra vez de forma inesperada, un interesantísimo libro: Milagros vivientes del padre Ángel Peña; y en sus páginas las insólitas historias de conversión de dos hombres cuyo paralelismo es también sorprendente, tal es así que no he podido evitar contar aquí.

 El primero de ellos es Alfonso de Ratisbona, un joven de Estrasburgo, rico, que estaba por casar. Judío descreído, tenía un amigo católico fervoroso, el barón de Brussières, quien a su vez, le había regalado a Ratisbona una medalla de la Virgen que él aceptó por gentileza pero que llevaba con total indiferencia.

Un buen día su amigo lo invita a dar un paseo en coche y es en esas circunstancias en que tiene lugar lo prodigioso. Lo que sigue es un extracto del libro ¿Hay otro mundo? De André Frossard -que el padre Peña cita textualmente- en la que el autor hace un paralelo entre su experiencia y la de Ratisbona:

“Alfonso de Ratisbona era un joven judío de Estrasburgo, rico, cultivado, mundano, hijo de un banquero… En 1842 vivía en Roma… En 1935 yo arrastraba en París con menor elegancia y menos relaciones, una vaciedad interior, igualmente despojada de hambre religiosa. (…)

Estamos a 20 de enero de 1842, escribe Ratisbona: Si alguien me hubiera dicho aquella mañana te has levantado judío y te acostarás cristiano, si alguien me hubiera dicho eso, lo hubiera mirado como al loco de los hombres. Después  de  haber  almorzado  en  el  hotel  y  llevado  yo  mismo  mis cartas al correo, me dirigí a casa de mi amigo Gustavo, hablamos de caza, placeres, de diversiones del carnaval. No podían olvidarse los festejos de mi matrimonio…

Si en ese momento, era medio día, un tercer interlocutor se hubiera acercado y me hubiera dicho: Alfonso, dentro de un cuarto de hora adorarás a Jesucristo, tu Dios y Salvador y estarás prosternado en una iglesia y te golpearás el pecho a los pies de un sacerdote en un convento de jesuitas, donde pasarás el carnaval preparándote al bautismo dispuesto a inmolarte por la fe católica y renunciarás al mundo, a sus pompas, a sus placeres, a tu fortuna, a tus esperanzas, a tu porvenir; y si es preciso renunciarás también a tu novia, al afecto de tu familia, a la estima de tus amigos, al apego de los judíos, ¡y sólo aspirarás a servir a Jesucristo y a llevar tu cruz hasta la muerte! Si algún profeta me hubiera hecho una predicción semejante sólo abría juzgado a un hombre más insensato que ese: ¡al hombre que hubiera creído en la posibilidad de tamaña locura! Y sin embargo, esta es hoy la locura causa de mi sabiduría y de mi dicha.

Alfonso de Ratisbona

Alfonso de Ratisbona

Al salir del café encuentro el coche de Bussières; el coche se detiene, se me invita a subir para dar un paseo. El tiempo es magnífico y acepté gustoso, pero Bussières me pidió permiso para detenerse unos minutos en la iglesia de San Andrés  delle Fratte que se encontraba casi junto a nosotros, para una comisión que debía desempeñar; me propuso esperar dentro del coche, yo preferí salir para ver la iglesia…

La iglesia de san Andrés es pobre, pequeña y desierta, creo haber estado allí casi solo. Ningún objeto artístico atraía en ella mi atención. Paseé maquinalmente la mirada entorno a mí sin detenerme en ningún pensamiento; recuerdo tan solo a un perro negro que saltaba y brincaba ante mis pasos. Enseguida el perro desapareció, la iglesia entera desapareció, ya no vi, o más bien ¡Oh Dios mío, vi una sola cosa! ¿Cómo sería posible explicar lo inexplicable? Cualquier descripción por sublime que fuera no sería más que una profanación de la inefable verdad. Yo estaba allí prosternado, en lágrimas, con el corazón fuera de mí mismo, cuando Bussières me devolvió a la vida.

No podía responder a sus preguntas precipitadas; mas, al fin tomé la medalla que había colgado sobre mi pecho; besé efusivamente la imagen de la virgen radiante de Gracia. ¡Oh, era sin duda Ella! No sabía dónde estaba. Sentí un cambio total que me creía otro. Buscaba cómo reencontrarme y no daba conmigo. La más ardiente alegría estalló al fondo de mi alma. No pude hablar, no quise revelar nada; sentí en mí algo solemne y sagrado que me hizo pedir un sacerdote. Se me condujo ante él y sólo después de recibir su positiva orden hablé como pude, de rodillas y estremecido”

Esta fue la conversión tumbativa, inesperada, radical e instantánea de Alfonso de Ratisbona, quien dejó a su novia –habiendo pasado ya las invitaciones – para hacerse sacerdote; Ratisbona llegó a santo. Hoy se lo conoce como San Alfonso de Ratisbona.

En paralelo está la historia de André Frossard, curiosamente ocurrida cien años después de la Alfonso, a mil quinientos kilómetros de distancia y con características similares.

André no era un judío descreído como Ratisbona, pero era ateo y así como Alfonso tenía un amigo creyente aunque quizá menos fervoroso que Brussières, pero al que consideraba como un hermano, su nombre era André Willemin. Ratisbona tenía novia y aunque André no la tenía había una chica que pudo llegar a serlo.

 Su amigo Willemin, tenía el serio propósito de arrancar a André del socialismo ateo que él defendía, pero hasta entonces sin éxito; le presta un libro de Berdiaeff para que lo lea e igualmente sin resultados.

 El 08 de julio de 1935, Willemin invita a André a cenar y ahí éste le devuelve el libro sin el mayor interés; luego de la cena se detienen en la calle Ulm. Willemin baja del coche y le ofrece ir con él o que le espere unos minutos. André decide esperarlo y ve cómo su amigo se introduce por una puerta sobre la que emergía la “techumbre de una capilla”. Alfonso esperó a que su amigo cumpliera con sus menesteres religiosos “una u otra de esas actividades que ocupan tanto tiempo a los cristianos”; lo que no sabía era que en poco tiempo él sería cristiano. Dice él mismo en su libro ¿Hay otro mundo? :

André Frossard

André Frossard

“Ateo, tranquilo, nada sé evidentemente, cuando cansado de esperar el final de las incomprensibles devociones que detienen a mi compañero algo más de lo previsto, empujo a mi vez la puertecita de hierro para examinar más de cerca el edificio en el que estoy tentado de decir que se eterniza (de hecho lo habría esperado todo lo más tres o cuatro minutos)… De pie en la puerta busco con la vista a mi amigo y no consigo reconocerlo entre las formas arrodilladas que me preceden. Mi mirada pasa de la sombra a la luz, va de los fieles a las religiosas inmóviles, de las religiosas al altar… Entonces se desencadena bruscamente la serie de prodigios, cuya inexorable violencia va a desmantelar, en un instante, el ser absurdo que yo soy y va a traer al mundo, deslumbrad, el niño que jamás he sido… Entonces no digo que el Cielo se abre; no se abre, se eleva, se alza de pronto… es un cristal indestructible, de una transparencia infinita, de una luminosidad casi insostenible, (un grado más me aniquilaría); un mundo, un mundo distinto de un resplandor y de una intensidad que relegan al nuestro a las sombras frágiles de los sueños incompletos. Él es la realidad, Él es la verdad… Hay un orden en el universo, y en su vértice la evidencia de Dios; evidencia hecha presencia y la evidencia hecha persona de aquel mismo a quien habría negado un momento antes, a quien los cristianos llaman Padre nuestro, y del que me doy cuenta que es dulce, con una dulzura en nada parecida a cualquier otra, una dulzura activa que quiebra, que excede a toda violencia, capaz de hacer que estalle la piedra más dura, el corazón humano.

Su irrupción desplegada se acompaña de una alegría que no es sino la exaltación del salvado, la alegría del náufrago recogido a tiempo(…) El milagro duró un mes. Cada mañana encontraba con éxtasis esa luz que hacía palidecer el día (…) ¿Cómo es posible que un muchacho como yo haya sido cambiado hasta el punto de no reconocerse así mismo, y de encontrar un católico en lugar del incrédulo burlón que él había dejado en la puerta?

Luego de esta prodigiosa conversión instantánea André Frossard quiso ser monje cartujo o trapense; pero vio que no era la voluntad de Dios y se casó. Fue prisionero de la Gestapo en la II Guerra Mundial, salvó de morir y con el tiempo llegó a ser considerado por todos como el mejor escritor católico francés del siglo XX.

Dos historias increíbles con considerables rasgos comunes, ocurridas una y otra a cien años de distancia. En fin, dos experiencias sobrecogedoras que encontré hace tres o cuatro días en un libro que apareció justo cuando yo estaba buscando otras cosas. Aquí están puestas a la luz de esta pequeña lámpara, para que el mundo incrédulo se emocione y crea. Como dije antes, toda esta joya ocurrida en la realidad por la gracia de Dios la encontré en el libro Milagros vivientes, del padre Ángel Peña.

Anuncios

Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
Esta entrada fue publicada en Espiritualidad, Literatura/Libros y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s