Todas las veces que fui ensueño: Gorda, flaca y canosa

El principe rana - Laura (taratela) Boj Pérez

El principe rana – Laura (taratela) Boj Pérez

Volé de un salto a este rincón despertada por el deber e hincada en los ojos por la luz corriente de un nuevo jueves. Busqué en mis fuentes e inventé una exposición, esta vez sobre los huesos de la Publicidad –tres horas me gastó la bendita – y luego volví a mis otras fuentes, unas secretas amistades que me desconocen pero que me hablan; hoy, por ejemplo, me contaron sobre sus muertos a cuestas y los fantasmas de su embarcación. ¡Qué bello, cómo viajé a esa remota dimensión de la intimidad de los otros, escondida y mostrada a medias en códigos subrepticios!

Entonces cogí el hilo, me embarqué en la dulce pesadumbre de todas las veces que fui sobre la pista de mis tres décadas y media. Una vez fui gorda, tan redonda como la palabra amapola. En ese entonces mi espíritu andaba perdido entre los muros estrechos de un laberinto de estreno, esas callejuelas oscuras de todo mundo interior desconocido. Sentía mi cuerpo un hipopótamo y por dentro mi alma,  como un abedul, quizá de ahí provenga mi loco amor por los árboles.

Entre los once y veintidós años fui hipopótamo y amapola, mi piel de abedul había conseguido la insensibilidad de la creatura, no me importaba devorar tres o cuatro panes en el desayuno o dos segundos en el almuerzo. Era la termita de los dulces, vivir era comer. Mis 163 centímetros llegaron a cargar 74 kilos y medio de espanto. Hoy para mí todo eso que fui es ensueño, un recuerdo borroso y casi inexistente.

Una mañana mi hermana puso entre mis manos a través de una encomienda llegada de lejos unas mágicas pastillitas para deshacerme de mi condición de amapola. Estaba cursando el último año de facultad, practicando en el periódico, y de aquello sólo recuerdo sed y mucha agua, agua que corría en ciernes por mi garganta. El resultado fue apoteósico, había bajado a 63 kilogramos con la única voluntad de haberme tomado esas pastillas. Abordé mis veintidós años con una regia figura, “gordita pero ya no tanto”.

Tres años más tarde fui a donde estaba mi hermana, Buenos Aires – Argentina; y ahí al ir sumergiéndome lentamente en la abundancia de sus pastas, en la exuberancia de sus dulces, en el desborde de sus carnes; caí otra vez en la trampa del ascenso. Me anoté al gimnasio y mucho recuerdo que el instructor al pesarme dijo: “66.500 kilos”

¿Qué?, ¿cómo?, eso no podía estar pasándome yo ya era la regia amapolita de 63, ¡¿cómo diablos subí a 66?! Mi hermana cual juez de paz dijo: ¡Basta! Y sacó la mejor carta que guardaba bajo su manga hasta ese momento:

_ Merce, iremos a ALCO.

ALCO salvó de morir a mi autoestima y me salvó del precipicio de enfermedades al que conduce la gordura. ALCO era un grupo que se reunía en la parroquia de Virgen del Carmen, en Capital Federal, muy cerca de mi facultad y de donde tomaba clases de danza árabe (porque las clases las tomamos casi en simultáneo). Se reunía un grupo animoso de gente adulta para renovar de manera radical y definitiva su forma de alimentación. Este grupo era parte de Dietas Cormillot, creado por el doctor Cormillot, quien dice que también sufrió de sobrepeso y gracias a un saludable sistema de alimentación consiguió bajar los kilos demás y de ahí en adelante los de muchas personas.

Obra de Fernando Botero

Obra de Fernando Botero

Había llegado al lugar ideal.

Mes a mes, mi hermana y yo íbamos cada miércoles a reunirnos con esa simpática gente que aunque más grades que yo –era la más joven- era divertida y compartía de un modo sincero sus experiencias, frustraciones y dolores. ¡Cuidado que quien bajó de peso sigue siendo gordo, porque el gordo está adentro; y el gordo se come todo, el gordo se come sus tristezas, sus alegrías!, decían.

Entretenida en esas charlas, recibiendo cada semana nueva información, asumí las estrategias, seguí todo a pie juntillas, sin embargo no bajaba de peso. Las siguientes vacaciones de verano las pasé en Lima y fue ahí que comencé a bajar , sin haber abandonado, por supuesto, mi nuevo hábito alimenticio: abundante en ensaladas, sin prescindir de sopas ni postres y con el agua como principal fuente para calmar la sed. Cada semana que me subía a una balanza me encontraba con una sorpresa, había bajado 200 gramos, 180 gramos, 200 gramos más. No había semana de esos tres primeros meses del año que no había bajado algo.

De regreso a Buenos Aires un día alguien me dijo: “Tú has tenido suerte, porque tomaste las pastillas pero esas tienen un desolador e irremisible ‘efecto rebote’, es decir, no sólo recuperas tu peso anterior sino hasta lo llegas a duplicar. Tú bajaste de peso y no volviste a tomarlas más; más bien viniste a ALCO. Viniste en el momento justo. Es como si hubieras ganado el premio mayor en un tragamonedas y en lugar de seguir apostando te fuiste y ¡ganaste!” Nunca olvidaré esas palabras.

ALCO, esa reunión a la que llamaba con cariño “Gorditos anónimos”, y Dietas Cormillot, fueron el auxilio divino que recibí en el momento en que quizá ya iba camino a mi autodestrucción. Allí no sólo me sanaron de la gordura sino de la gula, porque  me enseñaron a practicar la virtud de la templanza. Solían decir: “!Ustedes no están siguiendo una dieta, ustedes están estrenando un nuevo estilo de alimentación que les durará toda la vida; porque el que está a dieta se priva de comer cosas, ustedes, no. Ustedes son libres y pueden comer lo que quieran; señorearse entre los banquetes y decir: Yo no estoy a dieta, yo pienso –aplico inteligencia – en lo que me llevo a la boca; porque los gorditos cuando terminan de comer no saben cuánto se han comido; ahora ustedes, sí”.

El final fue feliz, no sólo alcancé mi ‘peso posible’ (el peso que se alcanza teniendo en cuenta la edad y los años de sobrepeso u obesidad), sino mi ‘peso ideal’ (el peso exacto de acuerdo a edad y contextura si nunca se ha sido gordo). Hoy mido 163 centímetros y peso 55 kilos y medio desde hace ocho años. ¡Me siento afortunada!, afortunada porque no sólo bajé de peso y mejoré mi autoestima – la delgadez me sienta mucho mejor – sino porque aprendí a alimentarme muy bien; y tal como me dijeron, es un hábito que se aprende para toda la vida. Como de todo y con la misma pasión pero nunca más con desenfreno. ¡Gorda nunca más!, era mi arenga al pie del cañón.

Noche de Margaritas - Patricia Cruzat Rojas

Noche de Margaritas – Patricia Cruzat Rojas

Mi autoestima sanó desde que dejé de ser amapola; aún cuando más de uno ha rezongado con que ¡qué flaca estás, muy flaca! Un amigo un día me dijo: ¡Qué delgadita eres, tú siempre has sido así ¿verdad?! Yo tras soltar una risotada sólo atiné a decir: ¡Oh sí!

Mil veces he preferido ser asediada con que estoy flaca, a volver a ser criticada por, gorda. A mí la gordura –aunque nunca llegué a obesa – me hizo mucho daño porque no correspondía con mi naturaleza. Ahora tengo el peso ideal, saludable y me siento bien cómoda conmigo misma, me siento bonita. Ahora si me critican por flaca sólo río y me alzo de hombros, pero antes quedaba sumida en una desolación hoy de ensueño. ¡Y descubrí que los hombres las prefieren gorditas! Tuve un novio que quería que suba un par de kilos; no es que yo estaba muy flaca es que a él le gustaban las mujeres un poco gruesas. La relación terminó ¡y por suerte no subí los dos kilos!

Es que yo por nada del mundo subiré de peso innecesariamente; ya lo dije, sólo en caso de que un día reciba la bendición de estar encinta: entonces sí; seguramente he de subir para alimentar a mi bebé pero ¡así será con gusto señores!

El pasado es ensueño para el presente y el futuro también; en el futuro seré una vez más diferente; ni gorda ni flaca, seré una mujer canosa, con la piel de dinosaurio dorado, con mis ojos chinitos y mi sonrisa de siempre. Una mujer de manos venosas y elegancia; no me veo encorvada pero sí más sabia. Una abuela ficticia con un labrador a su lado, al pie de su jacarandá y con el abedul en ese su mismo patio interior. Estas son todas las veces que fui ensueño.

 

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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2 respuestas a Todas las veces que fui ensueño: Gorda, flaca y canosa

  1. zaida vicuña dijo:

    yo era flaca y lo sabes, ahora por muchos factores no necesariamente la comida , estoy con sobrepeso, y algunas huellas que deja ser mama, pero he aprendido a quererme y sentirme comoda por como me veo,a estas alturas las criticas por el peso, es algo que debemos aprender mas bien a procesarlas, hay quienes no pueden bajar de peso por temas de salud, o por temas de corticoides,que se salen de las manos. Me gustaría que enfoques el tema desde el punto de vista de amor por nosotros mismos, no a la delgadez de emociones y de sentimientos. La delgadez del alma es la que se critica, por que la delgadez del cuerpo es algo que tarde o temprano será polvo.
    Escribe a aquellas personas que como yo están con sobrepeso , peleando las mil y una batalla, las que no consiguen verse lindas como son. Tu bajaste de peso, y te sientes bien y eso me hace feliz por ti, pero nunca fue impedimento para una gran amistad, mi cariño no se basó en tus kilos, hasta tu sonrisa quedó mas grabada en mi memoria que tus kilos de mas.
    Te quiero de aquí hasta el cielo y un poquito mas alla, jejeje pero …hay personas que necesitan aprender a quererse como están, no todo es por comida o malos hábitos, conozco muchas personas en todo este mundo del cáncer…no todo es hueso y pellejo. Un abrazo fraterno.

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