El sueño de una familia grande y numerosa

La familia - Maricel

La familia – Maricel

Crecí rodeada de primos, hermanos, todos chicos aunque yo más pequeña que ellos. Muchas veces fui yo el centro de atención por lo chiquita aunque mejor diría, el final y cola menuda que los seguía.

Porque los seguía a trepar los cerros a correr entre los árboles, en las caminatas hasta las lagunas y las cuevas; ¡qué recuerdos tan bellos!, era la plenitud de la vida; para luego volver a casa cerca de la noche totalmente cansados y sucios y oír los reclamos de mamá y su coro: ¡adónde se han ido!, ¡mira qué fue tan limpia y ahora…! Igual daba pues lo bailado ya nadie nos lo quitaba. Ahí con ellos aprendí la música, la pasión por la vida y comencé a creer en que los sueños eran posibles.

Es cosa de probar si el gozo de los primeros años es propio reflejo del Paraíso o son nuestros recuerdos que vistos por un prisma con ansias de paraíso los torne gozosos. Pero lo cierto es que fui feliz, muy feliz.

Gran cosa es haber crecido en una familia numerosa, llena de voces que se entrecruzan como en un circo universal; no sé porqué hoy la gente se lo piensa tanto. Es el sistema, dicen algunos por tratar de explicarse algo a ellos mismos. ¿Qué sistema?, me pregunto yo, qué sistema es capaz de detener los sueños. Mas, posiblemente se deba a eso, a que los sueños han cambiado.

Hoy los seres humanos sueñan con ser exitosos dentro de un cuadrante más práctico y ‘economicista’; antes las aspiraciones eran más humanas, hoy se ha perdido la mirada humanista de las cosas. Los jóvenes han dejado de soñar con formar una familia,  ser padres, tener niños y sólo quieren a la ‘pareja’ – un anfibio: mitad novio y mitad marido – que los acompañe en sus aventuras.

Sí, los sueños ahora son diferentes, más estilizados y de colores fríos que difícilmente invitan a una auténtica experiencia religiosa de la vida. Vuelvo a las páginas de los esposos Hann y apuro las líneas en las que Kimberly descubre que la planificación familiar no debe – no puede- quedar fuera de la vida de un cristiano por la sencilla razón de que Dios quiere que seamos  a su imagen y ¿cuál es la naturaleza de Dios?, Trinitaria.

Dios en sí mismo es ya una familia porque integra a tres Personas Diferentes que se entregan unas a otras en total auto donación. Del mismo modo ocurre entre el hombre y la mujer en la alianza matrimonial. Se hizo el siguiente planteamiento: Por el poder de dar vida que tiene el amor, Dios hacía a los esposos capaces de reflejar la imagen de Dios en el sentido de que la unidad de los dos se convirtiera en tres. Lo que yo me preguntaba era: Nuestro uso de anticonceptivos -que intencionadamente restringe el poder dador de vida del amor mientras uno disfruta la unidad y el placer que da el acto conyugal-, ¿permite que mi esposo y yo reflejemos la imagen de Dios en una mutua y plena auto donación de amor?”

Luego Kimberly fue más allá, encontró que en ninguna parte de la Biblia se hablaba mal de los niños o que tenerlos estaba lejos de una bendición; más bien todo lo contrario. “No había ni un solo proverbio que advirtiera que no valía la pena afrontar los gastos que supone un hijo. No había ninguna bendición para los esposos que espaciaran lo más posible la llegada de los niños, ni para la pareja que estuviera el número correcto de años sin hijos antes de asumir la carga que suponen; ni para el matrimonio al que planificara cada nacimiento. Ésas eran ideas que yo había ¡había aprendido de los medios de comunicación social, de mi escuela pública o de mi vecindario, pero no tenían ningún fundamento en la Palabra de Dios!”

En otro punto, señala que en la Escritura la fertilidad se presenta como algo que se debe apreciar y celebrar, lejos de ser como una enfermedad que se debe de evitar a toda costa. “Los niños eran descritos como «flechas en las manos de un guerrero…, bendito el hombre cuya aljaba está llena» ¿Quién iría a la batalla con sólo dos o tres flechas cuando podría ir con una aljaba llena? La pregunta que yo me hacía era: nuestro uso del control de la natalidad, ¿reflejaba el modo en que Dios veía a los niños o el modo en que los veía el mundo?”

Familia - Fernando Botero

Familia – Fernando Botero

Del mismo modo, ellos como  protestantes evangélicos aspiraban al señorío de Cristo en sus vidas, es decir, cuidaban que no hubiera nada en sus existencias que esté reservado sólo para ellos, lejos de la mirada de su Señor. En los aspectos del dinero era cautelosos con el cumplimiento del diezmo aunque les hubiere supuesto alguna vez algún sacrificio, del mismo modo en cuanto a la generosidad de su tiempo; sin embargo, ¿qué podían decir con respecto a sus cuerpos? Kimberly descubrió que el señorío de Cristo no abarcaba sus cuerpos ni su fertilidad.

Leí entonces en I Cor. 6, 19- 20: «¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? Habéis sido comprados a alto precio. Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo».

Finalmente, se planteó el tema de la voluntad de Dios, era claro que ambos querían que la voluntad de Dios se cumpliera en su matrimonio y para ayudarla esta cita bíblica fue crucial en su discernimiento: Romanos 12, 1-2:  Os ruego, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios, como obediencia racional y no os acomodéis a este mundo, sino transformáos por la renovación de la mente, de modo que podáis discernir cuál es la voluntad de Dios; esto es, lo bueno, lo agradable, lo perfecto”. Con esto descubrió que hay una dimensión corporal en la espiritualidad de su vida matrimonial.

Me pregunto agotada cuántos pocos católicos entenderán y vivirán sus sueños según la propia fe con ese total abandono en la Voluntad de Dios como los esposos Hann. Cuantos claudicarán agobiados ante la grotesca y temible imagen del Goliat, llamado “sistema”.

Muchas veces he escuchado las razones por las que los matrimonios no quieren tener más niños. Una de ellas es que el dinero no alcanza, que hay otras necesidades básicas que cubrir; y este argumento sigue siendo el mismo en todas las situaciones socioeconómicas y antes que planificar naturalmente optan por lo ‘más seguro’, la planificación artificial. Pocos reconocen que también es porque “está mal visto” tener muchos hijos.

Lo más seguro, lo más sensato, lo previsible, lo más práctico, lo mejor visto. Todas estas actitudes sólo señalan la falta de una auténtica vida de fe y de creer en los sueños, tanto en lo concerniente a formar una familia como en todo lo demás.

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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