Diálogo junto a la luna

Café - Aldo Varese

Café – Aldo Varese

_ No te puedo creer, es que no puedo creer…

_ A lo mejor Dios es todo lo bueno sobre lo que no se puede tener control. ¿Te parece?

_ Creo en la sonrisa de un niño, en la luna, en la voz de mi hermano que saluda al llegar a casa. Pero no en Dios…

_  Bonitas creencias, me gustan… yo también creo en eso pero ¿No crees en Él en el sentido de que no confías en Él, o no crees en su existencia?

_ No creo que exista.

_ Entonces ¿para qué todo?

_ ¿todo qué?, ¿qué todo?

_ Todo, el sentido de las cosas ¿para qué estudiar, buscar?…

_ ¡Azar!

_ ¿No te parece demasiadas cosas sólo para el azar?

_ La verdad es que no me importa.

_ ¿Crees que algo sea absoluto?

_ No creo…

_ ¿Estás seguro de la inexistencia de Dios?

_ Sí

_ ¿lo puedes demostrar?

_ De algún modo sí…

_ ¿Científicamente?

_ Tal vez

_ Dudas

_ No es eso…

_ No creer en Dios es una forma de tener fe. ¿Crees en las estrellas?

_ Sí…

_ Algunas de ellas aunque las veas brillar ya han muerto hace mucho…

_ Lo sé, me parece increíble…

_ Del mismo modo existe Dios, de modo increíble…

Risas.

_ Está bien, tengo fe en que Dios no existe ¿te parece? ¿Qué hace la diferencia? Al menos vivo sin remordimientos.

Risas.

_ Sabía que no creías por conveniencia.

_ No es eso…

_ ¿Crees que el amor eterno?

_ Mis padres se amaron toda su vida… suele pasar; pero de ahí murieron y ahora no existen.

_ ¿De veras crees que no están más?

_ Quisiera pensar que no, que están en algún lado; pero eso es puro sentimentalismo y autoengaño.

_ ¿Crees en el amor incondicional?

Risas arrítmicas, carcajadas.

_ Mi madre me amó así…

_ Entonces crees.

_ Sí, lo creí sólo en ella.

_ ¿Qué cosas te saben eternas además del amor de tu madre?

_ El placer… el placer tiene gusto a eternidad pero es de las cosas más efímeras de la vida.

_ Cierto.

_ ¿Te das cuenta?, la eternidad y todas esas cosas son sombras, puro engaño. Lo único que siempre persiste y vence es el tiempo y la caducidad.

_ No creo. El tiempo también acabará.

_ Ahora eres tú el que no cree.

Silencios.

_ ¿Por qué crees que todo lo grato, lo bueno y lo bello sabe a eterno?

_ Por eso mismo ¿no?, porque es grato, es bueno y es bello; pero no son eternos.

_ ¿Quién inventó esa palabra: eternidad?

_ ¿Me vas a decir que Dios?

Risas helicoidales y de colores.

_ No.

_ ¡Nosotros, la inventamos nosotros!…

_ ¿Te das cuenta?

_ ¿De qué?

_ Que si hay algo a lo que llamamos eternidad, es porque existe…

_ Bueno, es que existe la sensación, pienso que es como hablar de los sueños; hay cosas a las que llamamos sueños, pero los sueños no existen.

_ Bueno…

_ Dios, los sueños y la eternidad son maneras de llamar a lo innombrable, a lo indefinible, a nuestros vacíos…

_ Qué dices… los sueños existen.

_ En tanto que define algo que no es real, por lo tanto no existen.

_ Pero tienen un tipo de existencia.

_ ¿Te digo una cosa?, mientras haya cosas que no podemos explicar existirá Dios.

_ ¿Qué sentido tiene que la humanidad lo explique un día todo, si yo ya me habré extinguido?

Silencios. La misma voz volvió a insistir:

_ ¿De qué me sirve que un día la humanidad tenga todas las respuestas si yo ya habré muerto?

_ Bueno… ¿qué más da?

_ Es más fácil creer en Dios que no creer en Él.

_ Yo creo que debe haber algo ¿no?, pero… no sé; me da lo mismo, me agobia tanto ahondar en el asunto.

_ ¿Así estás bien?

_ Sí, así estoy bien…

Silencios. La misma voz dijo esta vez:

_ Me gusta esa idea del amor incondicional…

_ A mí también.

_ Tanto como la idea de no volver a trabajar nunca más.

Risas y sonrisas.

_ Eso puede ser…

_ No, ¿cómo crees?

_ Claro… cuando haces lo que te gusta.

_ Sí, pero el cansancio y la tensión siempre te alcanzan.

_ Cierto…

Silencios y bostezos.

_ Lo que molesta es tener que hacerlo porque si no, no comes, ¡no vives!

_ Ah claro, sí, en ese sentido el trabajo es irrenunciable.

_ El trabajo es necesario.

_ El amor incondicional también.

_ Me conformo con un amor económico. No pido más.

_ ¿Cómo sería?

_ El condicional, ¿qué más da?

_ No, no me conformo por más que lo intento; es lo mismo que trabajar sólo por dinero y necesidad pero no porque me complazca el oficio.

_ La vida está dura ¿qué más quieres?

_ La vida es dura.

_ Sí, la vida es dura.

_ Me pasaría la vida buscando el trabajo ideal…

Risas.

_ Ya sé… y el amor incondicional también.

_ Qué dices, amaría incondicionalmente.

_ Bueno…

_ Si tengo que esperar al amor, prefiero comenzar amando.

_ Eso me recuerda otra cosa… dicen que no se puede perdonar si no te piden perdón, ¿qué me dices?

_ Es cierto; pero hasta que te lo pidan, lo mejor es no guardar rencor que ya es una forma de perdonar.

Nuevos bostezos.

_ ¿Amas a alguien incondicionalmente? _ Pregunta la otra voz.

_ …

_ Yo creo que no…

_ Lo intento cada día…

_ No es una respuesta, yo pregunté a alguien.

_ ¿Has querido perdonar sin que te pidan perdón?

_ Sí.

_ A lo mejor eso ya es amar sin condiciones.

_ No sé ni me importa.

_ A veces lo mejor es no saber.

_ Sí.

_ Quizá por eso no quieres creer en Dios, para no enterarte…

Giro en busca de la puerta de los baños y noto que se miran.

_ No puedo explicarte, no puedo hacer ciencia de mi incredulidad.

_ Entonces confías en que no existe.

_ Tómalo como quieras. Estoy bien así.

_ Sí… ya vamos.

Se levantaron de sus asientos y pasaron junto a mí, subieron por las escaleras y se perdieron para siempre en la masa anónima de esa gente que se cruza a diario por el camino.

Se fueron hablando, mascullando cosas; a unos metros yo ya apenas alcanzaba a ver el movimiento de sus labios.

Nunca sabré si el pelirrojo llegó a creer en Dios esa noche. Esa noche en que los vi, como dos amigos universitarios en el café la cigüeña de junto a la facultad. ¿Serían estudiantes de Sociología?, ¿Filosofía? De comunicaciones no eran, de esas cosas no hablan los de comunicaciones.

El moreno me miró mientras subía las escaleras. Su piel era un manto azul de noche oscura y su amigo tan pálido como la luna misma en la que creía. Ambos llevaban entrecruzado al dorso un bolso de lana con cuadernos y algunos libros. El chico pálido de barba roja miró su reloj de pulsera y en instantes sólo vi cuatro piernas que llegaban al primer piso del café rumbo a la salida.

Miré yo también la hora en el reloj de pared del establecimiento. Eran las nueve de la noche de un lunes cualquiera, un lunes de luna y de luna llena que curiosa y callada, como yo, atisbó por la ventana del café la Cigüeña la plática aguda del moreno y el pelirrojo.

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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