Muerto en vida

Destino - Vicente Jimenez García

Destino – Vicente Jimenez García

Desde que se lo dijeron vivía atormentado. Nunca más vuelvo a prestar oídos a semejantes cosas, se decía. Nunca más; pero lo cierto es que ya lo sabía y si hay algo imposible en esta vida es dejar de saber lo que ya se ha aprendido. Ricardito, querido, mis pronósticos nunca se equivocan. Si es como te digo es porque así será, le había dicho muy tranquila desde su asiento en el café Quote, en la alameda, ahí donde cada tarde se sentaba ocupando una mesa con sombrilla para disfrutar de las tardes de primavera mientras leía su revista Vanidades.

¡Por Dios, qué tormento!, se dijo y odió a su veleidosa amiga. Porqué no se tragó la lengua, qué ganas de hablar, refunfuñaba en su corazón sufriente.

_ Yo no creo en esas cosas – le dijo ataviado en su aspecto pero hecho presa de un apocalíptico corto circuito a sus adentros.

_ Tú tranquilo… pero creo que será así. – Insistió ella sorbiendo su milk shake de fresa.

Desde entonces había pasado seis meses recordando todos los días el vaticinio de su aciago destino. Comenzó a salir media hora antes del trabajo para realizar una investigación sobre el destino. Se compró media doce de libros de autoayuda, de esos que hablan del poder la mente, de que todo es posible y de que sólo el cielo es el límite. Encontró que el ser humano es libre para conseguir lo que quería porque tiene el Universo a sus pies esperando a que dé la primera orden para que sea obedecido.

Un día le dijo al teléfono harto de escuchar su voz:

_ Verás que yo puedo cambiar mi destino, ¡ya lo verás!

El problema era que a esas alturas ella no sabía de qué le hablaba; hace mucho que había olvidado aquella tarde soleada en el Quote en donde muy suelta de huesos le había informado que no llegaría a los cuarenta años. Uno de los defectos de Alcira y que la favorecían mucho, era que cada vez que abría la boca para comunicar algún presentimiento poco después no se acordaba de nada, ni del presentimiento ni de que lo había dicho y para colmo, todos sus augurios eran sobre asuntos fatídicos y tétricos que dejaba malparados a quienes esa mañana, esa tarde o esa noche habían tenido la mala suerte de escucharla.

Lo que más atormentaba al pobre Ricardo era que aquel final de la sentencia “… Ricardito, querido, mis pronósticos nunca se equivocan”.

Ricardo era un feliz abogado de treinta y ocho años que trabajaba en una de las oficinas del centro hasta de que se enteró de su próxima muerte. Como algunos provincianos vivía en un departamento alquilado muy cerca de su trabajo. Tenía una novia con la que planeaba casarse hasta cuando se le cruzó esa gata negra, que era como la llamaban sus más cercanos conocidos a Alcira y sus vaticinios. No sabía qué hacer, qué decidir, se sentía como una rata atrapada en un estanque, el estanque para él era su destino y la vida que se le escurría entre los dedos según un oscuro presagio.

¡Pensar que sólo me quedan menos de veinticuatro meses!, se lamentaba por las noches azorado. Luego: No, debo de estar loco. Alcira es una bruja enloquecida, ¡cómo voy a hacerle caso!

Un domingo se le ocurrió ir a buscar al sacerdote de su colegio. Cada año toda la promoción iba a saludarlo, o por lo menos la mayoría de ellos, desde que habían terminado la secundaria en 1991.

Don Julián, el cura, le dijo que olvidara ese tonto presagio pues que nadie sabe la hora de su propia muerte sino sólo Dios.

Pero es que si sólo Dios lo sabe ¿cómo se enteró Alcira?, salió de ahí con nuevos pesares a cuestas. No puedo casarme si sé que pronto voy a morir, se decía, cómo voy a engañar a Leti, no, si la quiero debo decirle la verdad, se atormentaba. Pero ¿cómo dejarla si la amo?, Oh Dios qué voy a hacer.

Leti, querida, no podemos casarnos, le dijo un sábado por la noche. ¿Por qué?, dijo ella pálida de desconcierto. Porque sé que pronto moriré.

A Leti, por supuesto, la llenó de alivio saber que sólo se trataba de una tonta superstición y no de cosas peores como la amenaza de una enfermedad grave, el desamor o la presencia de otra mujer.

Bueno, cariño, le dijo ella, de todas maneras yo me quiero casar. Sí, pero no conmigo. Sí, sí contigo, insistió ella. ¿No te importa saber que quedarás viuda en dos años?. No me importa, dijo ella.

Leti le preguntó si Alcira le había dicho de qué forma moriría. Él le dijo que no lo sabía, que tampoco tuvo valor para pedirle detalles sobre el presagio de su propia muerte.

Se casaron en poco tiempo y como quien lucha por cambiar el destino si es que éste existe, Leti cambió la alimentación de su marido y la suya; en poco tiempo se hicieron vegetarianos y salían a correr todas las mañanas con tal de llevar una vida sana comiendo vegetales y haciendo deportes, tal como lo recomienda la Liga Peruana de lucha contra el Cáncer entre otros grupos que luchan contra todo tipo de muerte prematura.

 Si antes no daban importancia a las cosas espirituales, Leti ahora se hizo más creyente y comenzó a ir a Misa todos los domingos y Ricardo que no le llamaba la atención la Iglesia, volvió a leer hasta el hartazgo todos los libros de autoayuda que había comprado intentando encontrar alguna respuesta trascendental a su extraña situación. ¿Existe el destino?, se preguntaba una y otra vez. ¿Será posible cambiarlo?, ¿en qué se basó Alcira para decirme eso? Simplemente veo cosas que van a suceder, se explicaba ella cuando le hacían ese tipo de preguntas.

Cuando llegó su cumpleaños número treinta y nueve Leti anunció a su marido como el mejor regalo de cumpleaños, de un último cumpleaños, que estaba encinta. Ricardo lloró de alegría y pena, de sólo imaginar que jamás vería crecer a su hijo y quizá, ni lo vería nacer.

Un día mientras veían tele dijo Leti a su marido que por lo menos si iba a morir no sería porque hubiera descuidado su salud.

Una vez que Ricardo asumió su ineludible destino, su preocupación pasó a ser otra: ¿cómo iba a morir? Si no iba a ser por una enfermedad, pues se sentía muy asistido por su mujer, lo más probable es  que sería por un accidente. Pero ¿Qué tipo de accidente?, se preguntaba cada noche al acostarse y cada mañana al levantarse. Lo bueno de todo esto era que por lo menos sabía, o creía saber, que mientras tenía treinta y nueve, no le sucedería nada aunque estuviera dentro de un barco en naufragio o en un incendio en la torre de su trabajo. Pero llegó a pensarlo mejor, Alcira dijo que no llegaría a los cuarenta años. Eso quería decir que moriría antes entonces su rictus se tornó aún más dramático y comenzó a preguntarse cada amanecer si ése sería el día de su muerte.

Una tarde cuando Leti volvía de hacer las compras de la semana en el supermercado encontró a Ricardo en casa.  ¿Sabes qué día es hoy?, le dijo él desde el sofá donde veía televisión desparramado. Leti sólo atinó a mover la cabeza de izquierda a derecha. Hoy cumplo treinta y nueve años y once meses.  Y no te has muerto, aún, dijo ella acuciosa.

A esas alturas el tema de la muerte había sido parte de la vida de la joven pareja. En realidad desde hace mucho eran cuatro: ellos dos, el bebé de dos meses y la muerte que como una sombra armada los tenía atenazados por la nuca desde el mismo día de su boda.

Ricardo sufría como un enfermo terminal, de hecho durante ese tiempo se había convertido en la mano derecha del capellán del hospital Central con el fin de asomarse a la realidad de la muerte asistiendo a quienes compartían, según él, su mismo sino. Conoció a decenas de enfermos terminales, muchos de ellos en estado de completa paz a espera de la parca y otros, un tanto sofocados y angustiados a quienes él y el capellán intentaban alentar. Yo estoy como usted, ¿sabe?, solía comenzar Ricardo, su diálogo con los moribundos.

Lo bueno que había traído el malévolo presagio de Alcira era que Ricardo había abandonado su vida práctica y distraída. Ahora era un joven padre de familia responsable y muy dado a los demás. Ayudar a dar los últimos auxilios espirituales a esos pacientes que como él aguardaban la muerte, lo había reconfortado y transformado en un hombre generoso.

La mañana de su cumpleaños número cuarenta Ricardo amaneció con los ojos hundidos, sudores y entre espasmos. El médico se fue diciendo que “no tenía nada”, sólo una desorden nervioso que se le quitaría con dormir y unas pastillas.

Lamentablemente hoy ha nacido un hipocondríaco, dijo el doctor a Leti. Ricardo estaba convencido de que su amiga Alcira nunca se equivocaba, ella misma se había encargado de asegurárselo cual eslogan publicitario. Alcira nunca se equivoca.

Seguramente en cualquier momento me dará un paro cardiaco se venía repitiendo desde hace semanas, días, horas, minutos; pero el paro no llegaba. Todo esto sin contar los rigurosos chequeos mensuales que se hacía desde hace dos años. Los médicos lo desalentaban diciéndole que no tenía nada, pues paradójicamente, a Ricardo la noticia de alguna enfermedad por simple que fuera lo hubiera llenado de alivio.

Lo peor de saber que  voy a morir es que no sé cómo, ¡cómo! Gritaba descontrolado en  casa. Su mujer no hacía más que mirarlo y escucharlo. ¿Qué le podía decir?

Al medio día Leti y el pequeño Maximín le cantaron el “feliz cumpleaños”. El día entero Ricardo pasó en vilo, aguardando la muerte. Qué gracia tiene morir el día en que naciste, comentaba irónico.

Al día siguiente, de súbito, amaneció relajado y de buen ánimo; sin problemas se fue al trabajo.

Mientras Leti arreglaba la casa sonó el teléfono.  Hola Soy Gonzalo, dijo la voz del otro lado. ¿Con quién quiere hablar?, preguntó Leti. Soy hermano de Alcira, llamo para cumplir con unos saludos. Mi hermana Alcira falleció hace unos días y uno de sus últimos deseos fue que no olvidara llamar a Ricardo para saludarlo por el día de su cumpleaños.

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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