Vida eterna silenciada

Cansada del reloj - Adela León Besonias

Cansada del reloj – Adela León Besonias

Una de las características del mundo postmoderno en el que vivimos es ese individualismo ahistórico, ausente de pasado y de futuro, desligado de sus raíces y sin posibilidades de plantearse el porvenir, enfrascado en una constante afirmación del autoestima entre vanidades y apariencias y cuándo no, más y mejor, en esta sociedad de la dictadura de la imagen.

Los individuos, paradójicamente eslabones de las redes virtuales, viven aislados e indiferentes a los acontecimientos que aunque importantes pasan raudamente.

De lo anterior lo más lamentable es esa pérdida de confianza en el futuro en todos los sentidos. La incertidumbre frente al porvenir  conduce a la búsqueda de satisfacciones inmediatas y concretas: al hedonismo y al relativismo. Éste último el mal más preocupante de estos tiempos violentos. Un mandato tácito a tomar la realidad por donde mejor  parezca y agarrarnos ciegamente de ella para hacer frente a los avatares de la existencia sin mayores complicaciones.

Sin embargo, lo que no se ve es que si de verdad todo es relativo la comunicación  también se convierte en una utopía. Porque toda comunicación entraña una persuasión y si todo es relativo resultará imposible una auténtica puesta en común.

Todo ello visto también desde una perspectiva espiritual conlleva al secularismo, es decir, a pretender encontrar toda realización y satisfacción humanas sólo en el tiempo presente y sólo en la vida presente.

De ahí que hablar de vida eterna resulte antipopular y hasta sarcástico. Incluso a mucha gente creyente le resulta tan incómodo como tener un huesito en el gollete.

Hace unas semanas atrás me atracó una gitana. Me jaló del brazo, me volví dispuesta a darle un combazo en la cabeza porque el tirón había su último recurso tras tanto insistirme; por suerte me soltó y todo quedó allí y de inmediato me subí a un taxi.

_ Oiga, yo nunca he visto gitanas por aquí – Dije al conductor contándole lo que me acaba de suceder pues era verdad que por esa zona nunca las había visto.

El hombre contestó inseguro que no sabía; pronto me di cuenta que no conocía muy bien la ciudad. Seguimos conversando, me dijo que no creía en los adivinos y en un dos por tres llegó al tema de Dios. Dijo que no creía y que en sus cincuenta y tantos años nunca se había tocado con alguien de la Iglesia Católica que ayudara en algo. Dijo que lo mismo le iba con los protestantes. Que curas y protestantes se odian.

Lo cierto es que en un abrir y cerrar de ojos el hombre me contaba que no tenía fe. Por todos los lados salvé la reputación de mi familia, La Iglesia, le dije que si él tuviera nueve hijos y dos le resultaran malos sin duda el resto de su familia quedaría lastimada, etc. En fin, tras haber dado tantas vueltas y dejarme no sin esfuerzo en mi destino me despedí con un: Que Dios lo bendiga.

Me sorprendí de todo, de la humildad del señor, de mi explicación pacífica, de su nulo conocimiento de la ciudad, de mi despedida cordial; mas, de todo aquello me quedé con esa insatisfacción imprecisa tan frecuente, la de no saber cómo sacar a los no creyentes o desconocedores de la fe del error de asociar a la Iglesia con la injusticia social que supuestamente Ella no termina de resolver.

Es que si se ve a la Iglesia únicamente como una institución secular benéfica  se la está viendo desde una sola dimensión olvidándose de que Ella es portadora de la realidad redentora de Cristo. Si amo a la Iglesia es por Jesús no porque la vea como una impecable institución universal benéfica solucionadora de los inagotables problemas sociales. De hecho de ser así, también yo vería en ella defectos e insuficiencias porque a fin de cuentas no está más que constituida por seres humanos.

En el libro “Teologías deicidas” del padre Horacio Bojorge encuentro algo dicho por Julián Marías que explicaría muy bien mi inquietud: “Pocos temas apasionan al hombre de nuestros tiempos como el de la injusticia social; muchos cristianos –especialmente eclesiásticos- lo han descubierto recientemente; los ha fascinado de tal manera, que tienen la propensión marcadísima a identificar religión con justicia social. Esto me parece perfectamente sin sentido porque si es un error reducir a Dios a su condición de garantizador de la inmortalidad del hombre, más absurdo sería confinarlo a la función de custodio de la justicia social. Dios interesa por sí mismo y de Él se derivan para el hombre innumerables cosas. Que una de ellas sea la justicia social, no lo dudo; pero no se olvide que la justicia social es sólo una forma particular de la justicia, y que más allá de la justicia hay legión de cosas que importan(…) La más atroz injusticia que se puede cometer con un hombre es despojarlo de su esperanza (…) Cuando alguien no espera la otra vida ¿cuál es su situación si esta no le ofrece más que infelicidad? Hoy vemos innumerables hombres y mujeres empujados a la desesperanza, despojados de la expectación de la vida perdurable mediante el ataque frontal, el desprecio, el sarcasmo, o simplemente la mención en hueco, insincera e ineficaz, o más sencillamente aún el silencio. Para mí esto, es la máxima injusticia social, un despojo difícilmente perdonable”.

De tal modo que la civilización construida sobre los cimientos del materialismo, del hoy y ahora, desespera en hacer eternos los fragmentos de vida presente concretizándolos en objetos, sin permitirse ninguna otra escapatoria o mejor aún, sin permitirse ir al encuentro de la verdad de Dios, encuentro que le reclama su propia alma.

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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