La siembra

Cosecha - Sonia Koch

Cosecha – Sonia Koch

Había una vez una mujer que vivía en el interior de un chocolate y hubo dos veces en que un hombre se cansó. Me explico mejor, hace dos meses dos días y doce horas con treinta minutos que mamá salió del chocolate. El hombre cansado era papá aunque ahora ya no lo está porque consiguió deshacerse de la chiruza Raquel como la llamaba la abuela.

Mamá salió del chocolate y se fue a Nueva York. Antes, se dispuso a aprender a conducir, se tiñó el pelo y se compró unos tacones altos de charol. Fue a esa ciudad con su amiga Virginia y volvió con los ‘aires nuevos’ según no se cansó de repetir a todos los vecinos de la cuadra, a don Ramiro de la verdulería y a san Bernardo, el paseador de perros. ‘Aires nuevos’ quería decir que salió para siempre del chocolate donde vivía.

Sin embargo, el otro día encontré dentro de su cajón veinticinco poemas dedicados a papá, una carta y once caramelos de esos que le gustan a él envueltos en una caja con moño.  Me parecieron tan deliciosos que me comí unos cuantos mientras leía el poema titulado La siembra que decía así:

 

 

Sólo en el amor la guerra es dicha,

Sólo en el amor las granadas son pasiones

Cuando apenas hiere la flecha del ángel Cupido

Donde el llanto es dulce y se marchita el olvido, pues

Como ave blanca surca el enemigo

Sin de municiones abastecido.

Porque el odio en el amor es agradecido,

Porque la venganza en el amor

No encuentra razones.

Porque en la guerra y en la paz bien sabe la dulce daga

Que en cuestiones del amor,

Sólo amor con amor se paga.

Lo que mamá no sabe es que desde hace un año leo su cuaderno de poemas, desde hace un año cuando olvidó esconderlo al fondo de su closet una tarde en que salió despavorida detrás de Aurora, nuestra perra caniche, que se disparó por la ventana a la calle.

Mamá dejó su cuaderno de poemas sobre la cama y yo lo abrí cuando salí de la ducha mientras la vigilaba por la ventana viéndola conversar con doña Cata vecina de la otra cuadra. Estuvieron media hora charlando junto al árbol de la esquina sobre el cuidado de sus mascotas y el peligro en las calles, mientras yo me pasé leyendo las líneas  de su poemario ‘mundo chocolate’ y ahí vi cuánto quería mamá a papá. Vi que el mundo de mamá giraba entorno a papá y encontré que mamá llamaba chocolate a su boda con papá y todo el mundo que crearon los dos, yo y Gaviota, incluidos, claro. Mamá decía en sus versos que en el mundo chocolate cultivaba el amor que daba a papa y cuidaba de los frutos que éramos mi hermana y yo.

Una vez papá se cansó de llevar a mamá a todos lados con el auto, del color de su cabello y de sus zapatos de taquito y decidió no hacerle más caso. Entonces mamá lloró y lloró hasta casi derretir el chocolate pero continuó con su vida, llevándome al colegio en microbús o en taxi y haciendo las compras del mercado a pie. Un buen día papá apareció con la chiruza Raquel. Tenía los cabellos rojos, zapatos con cuña y un auto color mostaza. Papá se veía feliz y mamá se fue a Nueva York.

Ahora que volvió mamá, encontró a papá otra vez cansado, pero esta vez del auto color mostaza de Raquel, de sus zapatos con cuña y de su pelo rojo. Mamá levantando los hombros dio un suspiro tan largo y profundo que sopló las páginas de su cuaderno de poemas que llevaba abierto entre las manos para sentarse a escribir en el comedor.

Días después, papá apareció de nuevo por casa, haciéndose el tonto como decía él del vecino Meléndez cuando coqueteaba con la vendedora de flores de enfrente. Vino con un ramo de rosas, gomina en el pelo y lentes de sol. “!Qué feo!”, dijo mamá para sí misma aunque no se dio cuenta de que yo la estaba escuchando. Abrió su cajón tomó los veinte poemas, la carta, la caja de caramelos que había traído de Nueva York y con una mueca en la cara salió a recibir a papá.

Papá la miró de pies a cabeza y por sus ojos supe que quedó encantado con los tacones de charol de mamá, su nuevo color de pelo y la camioneta chevrlot estacionada en la puerta de casa. Mamá puso la caja con moño en las manos de papá y sin decir nada ni darse un beso él entró al chocolate para no volver a salir más.

Mamá ahora tiene una docena de zapatos diferentes en el armario y se tiñe el pelo todos los meses, conduce sola su chervlot al que no deja subir para nada a papá quien la mire triste como haciéndose al tonto, como el vecino Meléndez cuando coqueteaba con la florista de enfrente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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