Pamela

Habitación con vistas - Leticia Morente

Habitación con vistas – Leticia Morente

Dejó una libreta chiquita junto a la lumbre. El botón caído de su blusa el día anterior sobre la mesa de la cocina y ropa tendida en el cordel. Dejó las huellas de sus manos húmedas en la puerta del refrigerador y el aliento de su vida en los umbrales de la habitación.

Pensó que volvería, tenía anotadas en la agenda una reunión de trabajo para el miércoles y el cumpleaños de su sobrino el sábado 15. ¿Cuál habría sido su último pensamiento cuando salió?, ¿cuál su última preocupación?

No tuvo una mejor amiga ni confidente alguno. Lo que le pasaba lo contaba a todos y de lo que sentía algunas cosas las decía y las otras  las echaba al abismo de un silencio infinito escondido en su corazón.

Silbaba cuando se peinaba y hacía indicaciones a los gritos desde la ducha. Su hijo ya la conocía. ¡Aníbal barre tu cuarto y anda a comprar la lista de cosas que te dejé sobre la mesa!, ¡Aníbal, saca a pasear al perro!, ¡Aníbal…!

Le gustaban las ensaladas y el pollo al durazno y en su último cumpleaños Aníbal le regaló un disco de vinílico de ABBA. Se pasó los dedos por la frente y le dijo que cómo se le ocurría recibiendo el regalo nerviosa y con una sonrisa.

En la sala sus compañeros de trabajaron la festejaron entre picapica y cervezas y una torta de vainilla hecha por Queta la secretaria de la agencia. Recibió un solo obsequio de parte de todos, se lo entregó Daniel, uno de los fotógrafos que recién había entrado a trabajar al equipo. ¡Gracias! Dijo ella recibiendo la caja cuadrada forrada con papel violeta y moño blanco. ¡Que lo abra!, gritaron todos y ella se esmeró en abrirlo diligentemente hasta que Aníbal le instó: ¡Mamá, rompe el papel! Y rasgó el papel de regalo hasta descubrir una misteriosa caja blanca, ¿qué sería? Abrió la caja y salió Pamela.

Una  curiosa muñeca muy parecida a ella confeccionada por Marita la creativa de la agencia. ¡Pamela!, gritaron todos su nombre, era ella misma convertida en muñeca. Una muñeca con lentes y pelo corto castaño, con los mismos aretes redondos y pegados y vestida como ella, con un jean y una blusa manga cero.

Así fue como Pamela recibió a Pamela, entre risas, aplausos y fotos para el facebook. Lucero, su hermana, le llevó bocaditos salados y dulces y la cena para todos. Lo que Lucero y Pamela se habían empeñado en ocultar toda la vida era su gran parecido. Eran gemelas y aunque de niñas su madre las vestía igual una vez que llegaron a  adolescentes las dos decidieron ser lo más diferentes posible una de la otra. Esa fue su consigna, ser diferentes hasta el extremo de hacer olvidar a todos los que lo sabían, que eran gemelas. Lo consiguieron. Pamela se cortó el pelo hasta la nuca y se lo tiñó de castaño claro, Lucero por el contrario se dejó el pelo largo añadiéndose unos mechones rubios. Pamela adoraba los jeans mientras que Lucero optó por las faldas de todos los estilos y colores. A los veinte las dos se volvieron algo miopes y necesitaron usar lentes. Pamela se decidió por los anteojos y Lucero por las lentes de contacto que en ocasiones cambiaba de color. Los compañeros de trabajo apenas les habían notado el parecido normal que hay entre hermanos mas ninguno advirtió que era iguales tan iguales como dos gotas de agua.

El día del cumpleaños lo sortearon. Pamela quedó con el día en que ambas nacieron y Lucero se inventó otro procurando que nadie se diera cuenta. Establecieron que Pamela sería un año mayor que Lucero y así todos tranquilos y felices. Sin embargo, el destino parecía empeñarse en hacerlas parecidas y en delatar su semejanza. Ambas eran madres solas. El marido de Lucero había muerto a los tres años de casarse y Pamela nunca se casó con el novio que tanto amó.

Ambas tuvieron un hijo varón y de la misma edad. Aníbal tenía dieciocho años y Ramiro cumpliría dieciocho ese mismo año en un par de meses. Las dos vivían solas con sus hijos y tenía un perro, aunque éstos sí muy diferentes. El de Pamela era un pequinés y el de Lucero un siberiano.

Lo que ni las gemelas ni nadie sabían, era que ése sería el último cumpleaños de Pamela que en dos meses no volvería más a casa, que moriría al fondo de una piscina cristalina en la casa de playa de su jefe, entre sus compañeros de trabajo, que moriría un domingo al medio día de verano, que no volvería para pegar el botón de su blusa, recoger la ropa del cordel ni para seguir preocupada por el futuro de Aníbal ni llevar a cabo lo último que había pensado al cerrar la puerta de su casa ese sábado por la mañana en que se salió, que buscaría al padre de Aníbal para que se haga cargo de la educación superior del chico, que ya era hora de que sea responsable. En su libreta chiquita lo último que había anotado y que leyó Aníbal con desconcierto fue: Llamar a Carlos el domingo por la tarde, decirle ‘eso’. ¿Qué sería eso?, ¿quién sería Carlos?, se preguntó Aníbal mientras su tía Lucero fue la única que entendió el mensaje y por cumplir la última voluntad de su hermana llamó al tal Carlos esa tarde de domingo para avisarle que Pamela había muerto y que había llegado la hora de que se presentara como el padre de Aníbal.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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Una respuesta a Pamela

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