El uso incesante del llanto

Fin de lectura - Leticia Morente

Fin de lectura – Leticia Morente

Vivo tiempos de maltraer, excesiva sensibilidad, tal vez sensiblería. Hace no mucho me reía de ciertas ocurrencias cotidianas, de esas que pasan a cualquier rato y a deshora cual si fueran las bromas más graciosas de la vida y del mundo; me vino una risa profunda, tan honda que reventaba en mí como canchita blanca en la olla.

Mi abuela decía que tanta risa era preludio de mucho llanto y creo que así me fue hace unos meses atrás. Sin embargo, he vuelto a los llantos. Leyendo las Memorias de Lucía, me eché el llanto encima después del miedo y la culpa. Me enteré que alguien más en la familia está mal y me vino el llanto como manantial de la entraña. Que murió alguien querido,  que una amiga terminó con el novio, que otra tiene problemas de dinero, es que el llanto no para de salir sin faltarle buenas excusas para verter ríos de lágrimas. También las cosas buenas y emocionantes me han hecho llorar en los últimos tiempos, como aquello de San Miguel que no era para menos; pero es que no soy así, no suelo llorar ni reír con tanta facilidad. Incluso me han hecho una pregunta y lloré dando la respuesta, una pregunta sencilla y buena aunque profunda. Apenas escuché de alguien querido me surcaron el cutis otra vez las lágrimas.

A veces me ha dado por preguntar a quien tengo a lado ¿cuánto hace de la última vez que lloraste? Es de esas preguntas que me caracterizan, que hago infrecuentemente pero que suelo hacer tarde o temprano, una pregunta rara, algo indiscreta, fisgona pero que se  presenta como la puerta falsa para intimar más con el prójimo. La respuesta más evasiva siempre ha sido: “No sé, no me acuerdo”. Acaso porque el llanto es síntoma de estar vivo, de que se siente todavía con inocencia el jolgorio y con intensidad el sufrimiento. Al llanto la risa lo secunda o a la inversa y uno es el preludio del otro, más aún el llanto de la risa, me gusta creerlo así.

Llorar es bueno, aunque sea por gusto y por cualquier cosa, como cuando se está sensible por algo de lo que apenas se es consciente. Llorar hace bien porque purifica, relaja, es un impulso irrefrenable de nuestro organismo sano o que quiere sanar. Llorar alivia, se llora para encontrar una vez más la puerta de la Esperanza; más vale llorar para eso. No llores, nos dicen por no decir No estés más triste, porque el llanto debe seguir su curso. Hasta ahora mi llanto ha sido de emoción y compasión no así de pena y ni de honda tristeza por mí misma.

En las páginas de la Summa del P. Fortea que dije que estaba leyendo, encontré algo más conmovedor, que Judas Iscariote, condenado, más que abrigar un odio negro e infinito a Dios, abriga una eterna tristeza, intensa, obscura y ajena a toda esperanza. Entonces caí en la cuenta de que la tristeza inconmensurable, más honda e inacabable es posible; antes no lo había pensado.

Pero el llanto está mal asociado a la pena, también se llora de alegría, de esperanza, de emoción; y aquí vine a hablar del llanto cotidiano, del llanto que busca la esperanza, del uso que hacemos de las lágrimas que es síntoma de que estamos vivos.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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