Amores corrientes

El portero del hostal - Lourdes Albacete

El portero del hostal – Lourdes Albacete

Con los años he aprendido que de las personas podemos obtener todo con mucho amor, me decía el otro día una amiga al teléfono como consejo para ayudarme a convencer a alguien de algo; para qué ponerse prepotente con el odioso vigilante o portero si  su función es precisamente la de colador y entrometido o con la fatigada señorita de la ventanilla, de cualquier ventanilla del mundo, para qué seguir la amargura de la vendedora de frutas.

Si de dar amor se trata a gente agria, vaya desafío que es el amor, pero es así y no de otra manera; y esto no es sólo con la gente que atiende en las recepciones o puertas de ingresos, sino con la que está a nuestro lado: el hermano, el papá, el marido, ¡el odioso vecino! Etcétera, etcétera.

 Armarse de paciencia y pedir con sutileza, con la difícil postura del “!oh por favor, se lo ruego!”, es la clave; esa actitud contrita de quien se ha propuesto conmover el corazón más duro, de quien apela in misericordiam para conseguir lo que quiere del otro, pero por supuesto tan lejos de la ‘auto humillación’ como de la hipocresía que aquí no hablamos de esas extremas bajezas ni de las argucias para hacer del otro nuestra víctima. Bien pues, hecha la aclaración, sí, con esa actitud se consigue todo o casi todo.

El amor nos hace humanos. El buenas tardes o buenos días, no se inventaron sólo para iniciar una plática con el prójimo sino para comenzar el amor.

Bueno, a estas alturas amor puede sonar exagerado, llamémosle tan sólo cariño, tratar con cariño a ese que se apunta echarnos veneno con su delgaducha lengua de reptil, Oh qué difícil, pero de eso se trata y más aún para una libra de cuya personalidad se dice ‘amante de la justicia’. ¿Acaso podríamos llamarle la técnica del torero?

Debo decir que de tres veces que soy humilde en el trato con gente prepotente y arisca, dos consigo mi propósito ya para entrar a ver a la mamá enferma de una amiga, que estaba en cuidados intensivos o para entrar una noche más a acompañar en la clínica a mi hermana enferma, allá, hace dos años.

Es una forma corriente de dar cariño a quien en ese momento sentimos que merece cualquier cosa menos amor y mucho menos ¡nuestro! amor. Un día escuché esa frase que ruega “ámame ahí cuando menos me lo merezca”.

Los amores corrientes son esos, los de la vida cotidiana, el amor corriente es lo que sigue al primer beso de los novios en el último capítulo de cualquier comedia romántica o telenovela. La parte tediosa de la historia, ahí cuando la cenicienta se baja de sus tacones para ponerse pantuflas y el príncipe se tiende destripado en su sillón. El amor corriente es el que da la paciencia eterna con los chicos que dejan inhabitable el baño luego de usarlo o con quien nunca aprenderá a ponerle la tapita a la crema dental luego de usarla, pequeñas cosas domésticas, malas costumbres, manías y hábitos que con el paso de los días y los años quizá terminen con llevarse abajo las primeras sensaciones del enamoramiento pero no así con el amor.

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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