La Gran Prueba

!Volaré oh, oh, cantaré ooooh!- Rossana Spalazzi

!Volaré oh, oh, cantaré ooooh!- Rossana Spalazzi

Cantar de los Cantares capítulo 5, 7: “Me encontraron los centinelas, los que hacen la ronda en la ciudad. Me golpearon, me hirieron, me quitaron el velo de encima, los guardias de la ciudad”.

Resulta que llevo dos días escuchando los audios del padre Jesús Villarroel sobre los siguientes capítulos del Cantar y vaya que es especialmente desbordante, tal es así que un día de estos los pondré todos aquí porque sí que vale la pena escucharlos mientras se hacen cosas en casa como me ha pasado a mí desde cuando el padre Horacio tuvo la bendita idea de pasármelos. Apenas puedo tomar un puñado de todo lo que dice porque todo es una lluvia de luces sobre el corazón.

Hoy tocó turno al punto de las pruebas: dificultades, debilidades, adversidades, las caídas pero que nada debe alejarnos de las ganas de vivir de Él y para esto no hay que olvidar que no necesitamos ser buenos para que Dios nos quiera, es una frase que el padre Villarroel considera tumbativa, lo que además llama el ‘kerigma’ , es decir el anuncio de la Gratuidad del Amor de Dios. Luego, al sentirse amada el alma ya no quiere vivir más del pecado (de la envidia, la codicia, el recuerdo rencoroso, por ejemplo de pecados muy comunes), quiere cambiar. En carta a los Romanos san Pablo señala que ahí donde abunda el pecado, abunda la gracia, entonces ¿se debe concluir que hay que pecar más para recibir la gracia? No, no es así, porque el reconocimiento del intenso amor de Dios  inquieta el corazón a no vivir más del pecado, a entregarlo y rechazarlo. Morir a él.

El dilema es que existen tres clases de conciencia, nos dice; la primera conciencia es la conciencia del don, aquella que viene del Espíritu Santo, la que pasa por encima de la norma moral corriente. Aquella que hace que los consagrados no falten al cuarto mandamiento porque más bien obedecen a un mandato mayor. Lo dejaron todo por Amor a Dios, incluso a sus propios padres.

La segunda conciencia es la conciencia psicológica, ‘culposa’, aquella que nos hace desconfiar de Dios viendo la enormidad de nuestras debilidades; por ésta hay quien se desanima de ir con Él porque no se siente digno. “Dios no me va a amar porque soy malo”, “nadie me va a querer porque no soy culto, divertido” etcétera. Una conciencia escrupulosa que viene de heridas recibidas muchas veces desde pequeños. Esa voz interior que suele decir “tú no vales para nada”, “tú no tienes remedio”, “eres un desastre” etcétera. La culpa es anterior a la religión aunque se piense lo contrario, aun cuando en ésta puede florecer porque al ser la religión interior puede ser que el rigor lleve a una culpa humana y viciosa. La culpa es buena en tanto conduzca al arrepentimiento pero una vez de vuelva a Dios, aquella debe de desaparecer y por ende, dejarse de lado los remordimientos o recuerdos cansadores sobre lo que no se hizo bien o el bien que se dejó de hacer.

En muchos casos, esa culpa viciosa en uno mismo lleva a culpar con ese mismo rigor a los demás, lo que lleva a no perdonar a los que nos hicieron daño conduciendo la voluntad  al endurecimiento del corazón, un pecado muy común, según dice el padre. “Yo nunca le perdonaré a mi padre…”, “yo recuerdo cuando me golpeaba…” etcétera. Y el endurecimiento de corazón es una falta contra el Espíritu Santo porque no le permite actuar.

A partir de esto puedo entender con asombro porqué pues Jesús tanto insistió a santa María Faustina la misión de mostrar al mundo su Bondad, su Misericordia, su Gratuidad aún más que su Justicia. Claro, es por eso, porque muy a menudo entendemos con más facilidad que “Dios nos va a castigar si nos portamos mal” y no entendemos y dejamos de lado su inmenso Amor.

La tercera conciencia es la que sigue la norma moral corriente y nos permite distinguir entre el bien y el mal.

En esta dirección resume que la teología más honda del cristianismo está en Romanos 6: El pecado se elimina bautizándote con Cristo, que en la vida espiritual lleva consigo la prueba y la gran prueba es que cada persona sea bautizada con Cristo, es decir, entregue su voluntad, su vida y sus pecados a Jesús, no querer más vivir del pecado. (No vivir para la riqueza, no vivir para la vanagloria, no vivir para el poder).

El misterio de la entrega de nuestro pecado a Jesús conlleva muchas pruebas interiores – Cantar: Me quitaron el velo, me destrozaron –  pero habrá sido transformada la personalidad de pecador si se entregó a Jesús la propia debilidad porque habrá una firme determinación de no querer más vivir de esa miseria aunque luego, por debilidad muchas veces se caiga. Quítame éste ángel de Satanás, pidió san Pablo pero Dios le dijo que no, porque en su debilidad se asienta Su Grandeza. Entonces esa sombra ya no tiene poder sobre cada alma, sencillamente se lo sufre como una prueba interior y como muestra de nuestra pobreza.

 

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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