No resulta fácil perdonar y pedir perdón

Jacob luchando con el Ángel - Rembrandt

Jacob luchando con el Ángel – Rembrandt

En uno de sus testimonios  María Vallejo Nágera cuenta que en esos tres segundos que tuvo la Experiencia de Dios sintió claramente cómo el dolor que causamos en las personas que nos rodean queda en esos corazones y contempló con inusitado arrepentimiento el sufrimiento que produjo a las personas que en determinados momentos de su vida había tenido cerca… una compañerita de colegio, ex novios, etcétera, etcétera.

Por mucho tiempo quedé pensando en esas palabras porque todos los días ofendemos y recibimos ofensas y encontré que el mandato de vivir la caridad es una ardua tarea que nos lleva todas las horas de nuestras vidas.

Al cabo de las discusiones se da una gran lucha entre el perdón y el orgullo. Si ya ofendí qué debo hacer si pedir perdón o resistirme con orgullo, si me ofendieron qué debo hacer perdonar o resistirme con orgullo. Es entonces un buen momento para preguntarse ¿qué espera  la vida de mí?, por supuesto todos esperamos de la vida lo mejor, que todos nos quieran, que todo sea paz y amor. Sin embargo, más allá de esto, está como más importante aquella primera cuestión: En los casos de ofensa ¿qué espera la vida de mí? No al revés.

Siguiendo la línea de la experiencia de Victor Frankl, la respuesta a esa pregunta sería que la vida esperará siempre de nosotros que optemos por el Bien, aunque nos estemos jugando lo más valioso, en muchos casos, el propio orgullo porque “perdiendo” es como se gana, pero no se gana sobre el otro mancillándolo, sino que lo que se gana es paz y más amor.

Frente a una enfermedad mortal ¿qué espera la vida de mí?, frente al desprecio de alguien que se ama ¿qué espera la vida de mí?, frente al rotundo fracaso de un proyecto en el que nos jugábamos la existencia ¿qué espera la vida de mí? ¿Amargura y odio?, ¿perdón y amor?, ¿suicidio y maldición?. ¿Qué espera la vida de mí?

Los que queremos estar siempre más cerca de Dios podemos estar seguros que tras cada tribulación, tras cada desfalco, tras cada humillación detrás de cada premio o éxito, está la Voluntad de Dios, entonces en lugar de porfiarla, nos corresponde de inmediato asumir una postura y dar una respuesta.

La cuestión del perdón es un transe muy largo y penoso porque no resulta fácil, la herida queda ahí y demora en sanar; esto es natural, una herida en el cuerpo no cicatriza al instante, toma su tiempo, del mismo modo en el alma. Sin embargo, si soy negligente y la herida del cuerpo me la dejo estar sin colocarle los ungüentos y remedios necesarios puede empeorar. Del mismo modo, si el primer giro de mi corazón frente a una herida en el alma es el rencor, la ira, la venganza y la amargura, la cosa empeora. Por lo tanto, siempre será mejor optar por el perdón aunque todavía no se sienta, aunque suponga todavía un esfuerzo. De ahí en adelante, la sanación sólo es cuestión de tiempo.

A veces ofendemos a las personas sin darnos cuenta y a veces nos ofenden sin querer. A mí me ayuda mucho pensar en Jesús crucificado cuando me ofenden, porque entonces me aúno a Él, me siento su íntima amiga y para perdonar las ofensas pienso en mi condición, quién soy yo para responder con rencor si no soy del todo inocente, cuando el Único Inocente nunca se quejó ni dijo una sola palabra de ira o rencor entre los miles de latigazos que recibió.

Cuando ofendo inmediatamente me da por pedir perdón pensando también en Él, porque cada persona por mala e injusta que sea tiene a Dios adentro, aunque lo tenga atado de pies y manos, claro. Pero todo esto lleva su tiempo y su esfuerzo. No resulta fácil.

No resulta fácil perdonar, dejar el orgullo, no resulta fácil incluso ceder a la misericordia antes que a la justicia. Yo soy muy partidaria de la justicia, me gustan las cosas justas y las personas justas, sin embargo, mucho mejor es la misericordia, el perdón, la paciencia, la tolerancia, en una palabra: el Amor.

Cada cosa que nos pasa en la vida, por pequeña y muy humana que sea se da dentro del campo de batalla espiritual entre el bien y el mal. Así sea una simple partida de ajedrez en el que a una de las partes le cueste perder, ¡un simple juego en el que se juega el orgullo y la humildad!; una broma sórdida que a veces despiertan las feroces ganas de increpar y sin embargo, sólo queda responder con una sonrisa. Oh, claro que es una lucha poderosa espiritual y qué difícil.

Otra cosa que aprendí con asombro es que uno no puede ir por la vida dejando a las personas de mala manera, no se puede ir de la vida de nadie tirando la puerta porque resulta que si algo sale mal se querrá volver sobre los pasos y lo lamentable será encontrar esa misma puerta cerrada por haberla cerrado con las propias manos; por ello, siempre será bueno terminar amistades – si penosamente hay que terminarlas – con mucho perdón y paz.

Una lección al respecto que me gusta repasar es lo ocurrido a Lot con Abraham quien llevado por su propio orgullo e intereses dejó para éste último la peor parte de las tierras que se iban a repartir y qué amargura cuando con el tiempo Lot encontró que su elección no había sido la mejor, que ahí cuando eligió lo aparentemente mejor, se había equivocado.

Del mismo modo aprendí que siempre será mejor dejar que el Plan de Dios siga su propio curso en nuestras vidas, como en el caso de aquel pobre esclavo que un día estando con su amo vio a la muerte y desesperado pidió prestado un caballo a su amo para huir a Teherán. Al anochecer el amo ve a la muerte y le increpa pidiéndole explicaciones de por qué había espantado a su esclavo, a lo que la muerte respondió: Yo no le dije nada, sólo me asombró verlo por aquí ya que se supone que me lo encontraría mañana en Teherán”

Si se busca la conveniencia propia muchas veces no lleva a lo esperado sino exactamente a lo indeseado, es decir, a eso de lo que se rehuía desesperadamente.

Resulta difícil, muy difícil pero es verdad que quien elije lo mejor para el prójimo y después para uno, habrá elegido la mejor parte; mientras que quien elije lo mejor para sí al final, termina en amargura. “Quien cuide su vida la perderá y quien la pierda, la ganará”, Jesús ya lo había dicho; y elegir lo mejor para el prójimo es el perdón y la paz. No resulta fácil, claro; en ocasiones se saldrá vencido y en otras, se vencerá. Es parte de la lucha, pero hay que luchar y no dejarse llevar por los primeros sentimientos de odio, indignación, amargura, desamor.

La primera vez que estuve cerca de una persona en agonía yo tenía diez años, de aquello sólo recuerdo que mi abuelita tuvo una larga agonía y que repetía misteriosamente un nombre: “María… ya pues María”. Nunca sabré con quién hablaba mi abuela, si se trataba de una alucinación en plena agonía, nunca sabré. Pero ahora sé la importancia crucial que tiene la agonía en una persona, porque ahí su alma está a punto de despegar hacia el Más Allá y es importante que el despegue sea impecable porque las fuerzas del mal dan su última estocada, más aún si la persona fue muy buena durante su vida.

La segunda vez que estuve cerca de una agonía fue la de mi hermana, entonces ya tenía 33 años y nunca olvidaré la primera vez que soltó una sola palabra en medio de su agonía, sólo una y con gran fuerza. Hacía veinte días que no hablaba, que no podía articular palabra y que estaba en estado de coma por la morfina. Sin embargo, en un instante en las últimas horas de su agonía gritó un: ¡PERDÓN! entre lágrimas. Ahí quedé perpleja y me preguntaba asombrada qué estaría ocurriendo en su interior para que acuda a semejante palabra. Ella ya se iba, estaba en proceso de despegue y entiendo ese ¡perdón! Como una petición de perdón general a todo lo que no hizo bien en su vida. Qué maravilloso es Dios, cómo nos da la posibilidad hasta el último instante. Mi hermana a partir de esa tarde, repitió muchas veces la palabra perdón horas antes de su muerte: claro que se fue bien confesada y con el sacramento de la unción; no obstante, la última palabra que dijo en su vida me dejó una enorme lección. Ella en ese instante abrió su corazón a Jesús y se fue en un infinito abrazo con Él.

María Simma decía que las ánimas del Purgatorio muchas veces le pedían oraciones a ella porque lo que las detuvo ahí es el no haber pedido perdón a tiempo o no haber perdonado a tiempo mientras vivían. Es bueno tener en cuenta que en cualquier momento nos podemos morir y que por eso es mejor luchar constantemente por estar en paz con todas las personas que cruzaron nuestras vidas.

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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