El misterio del bien

Aquel día no pude leer el periódico - Noelia García Pérez

Aquel día no pude leer el periódico – Noelia García Pérez

La felicidad es la paz en el corazón y las sorpresas de cada día. El viernes me sorprendió un hecho divertido y asombroso por lo inusual. Iba yo a la avenida la Marina, iba yo a hacer una entrevista y a diferencia de otras veces me quise dar el disgusto de esperar lo que sea con tal de darme el gusto de ir con un bus muy bueno y singular en medio de toda la jungla metálica limeña. Una línea de trasportes urbano que se llama “aleluya” y que desde hace tiempo se diferencia del resto porque  tiene buses de servicio urbano y no los improvisados y maltrechos combis y porque a cambio del pasaje da unos boletitos que siempre tienen la siguiente inscripción bíblica: “¿Pero puede una mujer olvidarse del niño que cría o dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues bien, aunque alguna lo olvidase ¡yo nunca me olvidaría de ti! Mira cómo te tengo grabado en la palma de mis manos”

Se trata de una empresa de transportes urbano perteneciente a alguna comunidad evangélica he ahí la explicación a sus evidentes virtudes. Bien pues, más allá de estos detalles que los diferencia mucho de los demás, en el momento en que pagué el pasaje el anciano cobrador me dio una revista; sí, una revista de política, sociedad y cultura para leerla y qué grata sorpresa me di cuando noté que otras chicas como yo iban igualmente ensartadas con unas revistas parecidas a la mía en sus manos y que a cada persona que subía el cobrador le ofrecía una. Pensé que al final tenía que devolverla pero no, era un obsequio del servicio que brindaban. Me pareció una cosa rara, ¿dónde se ha visto cosa semejante en el servicio interubano limeño?, fue increíble y encontré como una buena perlita para venir a contarla aquí y dejar constancia del hecho. Ojalá hubiera otros que imitaran la iniciativa y se animaran a hacer las cosas bien y cosas buenas como ese raro servicio interurbano.

Y ayer me encontré con un interesante artículo del profesor Gonzalo Portocarrero en el que hablaba sobre la fascinación del mal y la fuerza del bien, tal como titula su artículo en el diario El Comercio, en el que señala que la fuerza del bien es mucho más misteriosa que la del mal y que de todas las explicaciones posibles que se quiso dar a la existencia del mal se quedaba con la de la doctrina cristina la que afirma que  dada nuestra naturaleza humana caída, según lo explica santo Tomás de Aquino, estamos inclinados hacia el mal y que en realidad todo pecado tiene como trasfondo el llevar a exceso algo que en sí mismo es bueno.

Menciona a Hannah Arendt, estudiosa del mal en la ideología nazi, a partir de lo que Arendt define la banalidad del mal. Más adelante el sociólogo Portocarrero concluye a partir de un ejemplo de honestidad en pleno campo de concentración experimentado por  el escritor Imre Kertész, que si optamos por hacer el bien aún a riesgo de perder la vida misma es porque sentimos que sin esa conducta decente vivir no merecería la pena y que en términos simples, nos sentimos felices obrando bien y nos deprimimos por la tristeza y la culpa, cuando obramos mal.

Pero ¿qué hizo que un nazi no sintiera culpa ni dolor por el mal que hacía a sus hermanos judíos?, entiendo que posiblemente la explicación esté en lo dicho por la doctrina cristiana que el profesor Portocarrero señaló, la natural inclinación de nuestra naturaleza herida a buscar más para sí restándole todo a los demás. Ese hambre desmedido de poder y domino pero también el odio que es la ausencia de todo sentido y la negación del ser.

Ahora bien, si hacer lo correcto da felicidad, si hacer el bien preserva para uno mismo la imagen de ser justo, quiere decir que cuando se obra el bien se es más uno mismo, nos aceptamos a nosotros mismos y por tal vivimos el ser en plenitud; mientras que quien obra el mal vive alejado de sí mismo y llega al extremo del  no – ser porque se deshumaniza y desfigura y en consecuencia, se bestializa; ¿y quiénes viven alejados de sí mismos?, sin duda los que no piensan, los que viven en la superficie de la realidad, los superfluos diría Arendt, los que no profundizan los hechos de la vida al punto de conquistar el núcleo de su ser esencial cuando viajar al centro de uno mismo es ir al encuentro de la verdad y de la Trascendencia que nos habita, a caso la tarea más ardua e importante de esta vida.

 

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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2 respuestas a El misterio del bien

  1. Liliana dijo:

    Es siempre delicioso pasar por tu bello espacio,

    Bendiciones .

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