Reza por mí

La oración - Marcelo Eduardo Méndez Endara

La oración – Marcelo Eduardo Méndez Endara

Un buen día de clases en primer año de facultad hace ya más diez años, entré al baño y encontré tirado en el piso el carnet universitario de mi compañera Periquita. Como recién habíamos comenzado a estudiar apenas nos conocíamos unos a otros, pero el nombre del carnet se me hacía conocido.

Lo llevé a mi aula y ahí estaba ella, le pregunté:

_ ¿Tú eres Periquita Espíritu?

_ Sí – dijo ella muy emocionada volviéndole el alma al cuerpo – ¡gracias!… no me di cuenta cuando se cayó… voy a rezar por ti.

Me pareció simpático su ofrecimiento. Ja, pensé, qué graciosa, va a rezar por mí. No está mal, suena bien, qué bonita gratitud.

Tiempo después me enteré que Periquita era atea, que no creía en Dios o al menos que su propósito era ese. (Hasta ahora pienso que es más por comodidad que por verdadera convicción) Sin embargo, lo que me quedó claro es que la alegría por haber encontrado lo perdido le devolvió la fe por unos instantes.

Hoy Periquita es periodista de un gran diario y nos comunicamos esporádicamente y nunca he podido olvidar su lindo ofrecimiento, que lo haya cumplido es lo de menos porque a decir verdad poca gente dice: Voy a rezar por ti, sino todo lo contrario: Reza por mí.

Estoy segura que muchos tienen al menos una docena de personas que les hayan hecho esa tierna petición. Cada vez que me encuentro por este medio con una amiga que vive en Madrid termina diciéndome: ¡Reza por mí, Mercedes, por favor! Y no hace mucho una amiga se despedía del teléfono diciéndome: ¡Y no te olvides de rezar por mí eh?! Ni qué decir de otra amiga más que me perseguía por mensajes de textos, chats y teléfono llamándome para contarme el drama existencial que vivía suplicándome por intervalos: ¡Reza por mí, Meche, reza por mí!, por favor!

En la mayoría de los casos no pasa de ser un decir ya que al ser tan grande la zozobra e incertidumbre lo primero que se piensa, o lo primero a lo que impulsa el instinto de sobrevivencia es a la negociación con ese “algo” que debe haber y puede hacer que las cosas cambien a favor. Dicen que la negociación es una de las etapas en el proceso del duelo; primero se niega, luego se busca negociar, después la ira o la rebeldía, al final la aceptación. Esto en todo tipo de duelo, incluso a la hora de tener que asumir que se tiene una terrible enfermedad mortal.

Por lo tanto es habitual que entre todos nos digamos unos a otros reza por mí, creyentes y no creyentes.

También yo lo he pedido y en muchos casos sin ser consciente de que lo pedía ni a quien se lo pedía; pues hay personas que ni creen y ni rezan pero es tal la necesidad de ayudar y de dar ayuda que se puede llegar a rezar aun sin creer, a ver qué pasa.

Pero la mayoría de las veces me he olvidado. Una vez que había rezado por mí, por mí y por todo lo mío y de ir a la camita contenta. Un negro sentimiento de culpa nublaba la quietud de mi mente que iba entregándose a los brazos del sueño: ¡Ey, no has reza por Fulanita ¿ves?!, ¡te olvidaste, ay qué mal!

Bien pues la solución a esto me la trajo santa Teresita del divino Niño Jesús. A partir de aquí escribe la santita:

“!Oh Jesús, ni siquiera es necesario decir: Atrayéndome a Ti, atrae a las almas que amo! Esta palabra ‘atráeme’ es suficiente.

Comprendo Señor que cuando un alma se ha dejado cautivar por el olor embriagante de tus Perfumes ya no podría correr sola; todas las almas que ama son atraídas en pos de ella. Esto se hace sin violencia, sin esfuerzo, es una consecuencia natural de su atracción hacia ti. Lo mismo que un torrente que se arroja impetuosamente en el océano, arrastra tras de sí todo lo que encontró a su paso, así también ¡Oh Jesús mío!, el alma que se arroja al océano sin límites de tu amor, arrastra consigo todos los tesoros que posee…”

Y aquí viene la frase más grande de todas: “Tú sabes, Señor, que no poseo otros tesoros que las almas que has querido unir a la mía. Tú mismo me has confiado estos tesoros, por eso me atrevo a hacer mías las palabras que dirigiste al Padre Celestial la última noche que te vio todavía como viador y mortal sobre nuestra tierra(…)” Y aquí Teresita hace suyas las palabras de Jesús en Juan 17, 4ss.:

“(..) querría decirte Dios mío: Yo te he glorificado en la Tierra llevando a cabo la obra que me encomendaste. Manifesté tu nombre a los que me diste. Ellos han reconocido verdaderamente que yo salí de ti(…) Ruego por ellos, por los que me diste porque son tuyos…”

Luego se pregunta: “¿Será acaso temeridad? De ningún modo, desde hace mucho me has permitido ser audaz contigo. Me dijiste como el padre del hijo pródigo a su hijo mayor: “TODO lo mío es tuyo”. De modo que tus palabras Jesús son mías y puedo emplearlas para atraer las gracias del Padre sobre las almas que me están unidas”. (Historia de un alma pág. 329).

La osadía de Teresita es magistral. Con un corazón como el de ella y un ferviente deseo como el suyo, bastan para subir al Cielo arrastrando a todas las personas que se aman y nos piden un: Reza por mí.

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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