Amor, alto riesgo

Tucusito - José Antonio Atria Vargas

Tucusito – José Antonio Atria Vargas

El egoísta es la persona más segura y asegurada del mundo. No da un paso en falso y nunca “pierde”, el mundo está plagado de egoístas y el mundo, hoy, es territorio inseguro. (Amanecí y el titular en el diario fue: “Alerta en el mundo por las amenazas de Corea del Norte” El comercio).

Será porque la seguridad auténtica sólo la da el amor y el único desafío que pide el amor y que el egoísta rechaza tajantemente es el de arriesgarlo todo por algo tan inseguro como el propio amor. Qué lío.

Porque el eje del amor es la fe. El amor propone dar sin garantías de ganar nada a cambio, y más bien con el alto riesgo de perderlo todo. El amor propone frontalmente creer ciegamente en él y quebrar con esta confianza de plomo el egoísmo más duro.

En las primeras páginas de  su encíclica “Dios es amor” el Papa Benedicto XVI explica esto de forma asombrosa partiendo del hecho que el amor engloba a la persona entera y no sólo se limita al cuerpo o al alma como ocurre en la sociedad actual que circunscribe al amor sólo al ámbito biológico y sexual desentendiéndose del alma.

Se ha criticado, dice el Papa, al Cristianismo por su aparente oposición a la corporeidad pero sin embargo, la supuesta apreciación que tiene la sociedad de ésta es engañosa porque se reduce el cuerpo a un instrumento de placer momentáneo, un arrobamiento extasíate que los griegos consideraban ‘una locura divina’, pero que en realidad desvirtuaba y envilecía el auténtico concepto del amor.

El eros necesita purificación y ser saneado para conocer su verdadera grandeza que está más allá de un placer momentáneo, que está en encontrar una respuesta a lo más alto de su existencia.

El Santo Padre propone la pregunta ¿cómo conseguir esa purificación? Y señala como una primera respuesta el libro el Cantar de los cantares del antiguo testamento, que trata de una boda israelita en cuyos versos de amor se exalta el amor conyugal y por cuyas páginas se mencionan dos términos diferentes para señalar el amor. El primero es el “dodim” que expresa el amor inseguro; y el “ahabá” que la traducción griega del antiguo testamento denomina “agapé” y que “en oposición al amor indeterminado y aún en búsqueda, este vocablo expresa el amor que ahora ha llegado a ser verdaderamente descubrimiento del otro, superando el carácter egoísta que predominaba claramente en la fase anterior. Ahora el amor es ocuparse del otro y preocuparse por el otro. Ya no se busca a sí mismo, sumirse en la embriaguez de la felicidad, sino que ansía más bien el bien del amado: se convierte en renuncia, está dispuesto al sacrificio, más aún, lo busca”. (Pág. 04). A partir de esto no cabe duda que hoy cuando decimos amor nos referimos al “dodim” y no al “agapé”.

El amor es exigente, si se aspira a él exige que se lo tome por entero y si no, nada. No es posible un amor mediocre aún cuando pareciera estar de moda, aún cuando las mayorías parecieran ofrecer un amor mediocre. Imagino el mundo como un salón de clase en el que ya nadie aspira a sacar un veinte de nota (en Perú la nota máxima), sino un catorce, como mucho; y quien expresara abiertamente su sana aspiración de sacar un veinte pasa por cursi, tonto, chancón, nerd, etcétera y le hacen “bowling”. Comienza la mofa, la risita aguantada y despreciativa de los que ya no esperan nada o temen esperar más de sí mismos. “Que sea eterno mientras dure”, se dicen echándose palmaditas de lástima y resignación en el hombro. No creen, no esperan, no aman.

El santo Padre dice más: “El desarrollo del amor hacia sus más altas cotas y su más íntima pureza conlleva el que ahora aspire a lo definitivo, y esto en su doble sentido: en cuanto implica exclusividad – solo esta persona-, y en el sentido del “para siempre”. El amor engloba la existencia entera y en todas sus dimensiones, incluido también el tiempo. No podría ser de otra manera puesto que su promesa apunta a lo definitivo: el amor tiende a la eternidad. Ciertamente el amor es “éxtasis”, pero no en el sentido de arrebato momentáneo sino como camino permanente, como un salir del yo cerrado en sí mismo hacia su liberación en la entrega de sí y precisamente de este modo, hacia el reencuentro consigo mismo, más aún, hacia el descubrimiento de Dios. “El que pretende guardase su vida la perderá; y el que la pierda la recobrará” (Lucas, 17,33)” (Pág.4).

Como leía en el diario de hoy, la seguridad en las calles comienza por la seguridad en el hogar pero sólo habrá seguridad si antes no se arriesga todo, sin temores ni egoísmos, por amor, por los seres queridos que se tienen cerca porque no hay seguridad sin amor.

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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