CUPIDO VIRTUAL. Amor de lejos ¿amor de tontos?

Declaración en internet - Patricia Martínez

Declaración en internet – Patricia Martínez

Hace cinco años que lo ama y apenas hace cuatro meses que lo ha visto en persona. Lleva en sus ojillos achinados el brillo de ese amor que confiesa y en las mejillas el color de la vergüenza de tener que decirlo porque un amor que no se grita no es amor, según las máximas de la sabiduría popular.

Aunque tiene la engañosa apariencia de una inocente cachimba apenas egresada de secundaria, en diciembre del año 2010 terminó de estudiar Historia en la universidad de san Marcos y desde agosto del año pasado estudia para ser guía de turistas en un instituto de Lince.

_ ¿Cómo lo conociste? – Pregunto intentando adaptarme a la realidad de que no estoy ante una tímida colegiala sino ante toda una profesional.

_ En internet, como jugando – Responde ella estirando la sonrisa para esconder el rubor pero sin temor a equivocarse porque parece ser que esa es la respuesta correcta, todo empieza como jugando.

Cintia es una más de los miles de peruanos y peruanas que se conocen por internet. Las estadísticas  no son contundentes pero las experiencias cercanas que  son cada vez más frecuentes son un indicio de la importancia que las redes sociales tienen en la vida sentimental de cada vez más personas.

_ El amor es el punto en el que convergen  dos líneas que parecen eternamente paralelas, la vida real y la vida virtual – Comenta Marcela en un intento de autoanálisis porque ella también es parte de ese novedoso grupo de avezados sentimentales.

La conversación nace improvisada entre cinco mujeres en una acogedora sala de recepción en un centro cultural. Marita comenta que la flexibilidad que da a su vida la soltería le permite vivir tranquila y hacer muchas cosas, como quien insinúa que la tranquilidad y el amor no son compatibles. Pero el tema que gana terreno a la vitoreada soltería de las mujeres modernas es el del amor por Internet a propósito de las interesantes historias de Cintia y Marcela.

Marcela cuenta que el suyo es extranjero, un francesito buena gente al que de cariño llama Pepe Le Phew. Que en el tiempo que llevan de conocerse se han visto un par de veces, una aquí y la otra allá; y que pronto vendrá para llevarla.

Las relaciones afectivas del siglo XXI se presentan así; y cada vez hay más padres y abuelos acostumbrados a escuchar y ser testigos de esta nueva orneada de donjuanes, Romeos y Julietas que han vuelto al romanticismo ‘epistolar’ aún cuando para muchos, por rasgos evidentes, los correos electrónicos están muy lejos de la calidad de las cartas escritas sobre papel, ese auténtico y primigenio género epistolar de otros tiempos pero que conserva la esencia de la alegría que produce el contacto con el otro tras haber burlado la distancia.

Numerosas almas  dan fe de ello y los respalda la historia. El escritor austríaco Daniel Glattauer publicó hace un par de años su novela “Contra el viento del norte” en la que dos seres se enamoran  a través de  ‘cartas electrónicas’.  La trama única y atrapante es el hilo que conduce a través de las complejidades de esa forma de amar que es anterior a internet.  El escritor libanés Kahlil Gibran tuvo una prolongada comunicación epistolar con su mecenas Mary Haskell y su amada May Ziada con la que nunca se encontraron. Dos momentos en los que el célebre poeta ama a  distancia y experimenta que en la realidad los espíritus pueden desbordar los espacios físicos gracias al amor, como él mismo lo explica a través de El Profeta cuando resta sentido a El adiós.

El avance de la civilización consiguió que el espíritu vuele más allá del cuerpo, antes de que a éste le llegue la muerte, gracias al papel y el correo postal; y hoy gracias a internet,  también puede quebrar las otrora rígidas barreras del tiempo. Es lo que intenta demostrar Cintia con su experiencia. Sentadas en esa sala de alfombra beige y sofás floreados nos ponemos cómodas para escuchar su historia.  Cuenta que vive en san Juan de Miraflores, que él se llama Ismael, que tiene 24 años y que está por terminar Contabilidad en la universidad de san Marcos.

_ Estudiamos en la misma ciudad universitaria y nunca acordamos un encuentro hasta ahora.- Revela riéndose de nuestra perplejidad.

_ ¿Por qué? – Pregunto sorprendida.

_No sé… porque tenía miedo.- Confiesa tímida, pasándose la mano por la nariz como en un intento involuntario de taparse el rostro.

Mientras detalla las hazañas de su amor cibernético, me sorprende el recuerdo de mi propia hermana que subía las escaleras en busca de su laptop con la promesa de enseñar a mis primos las fotos de quien en poco tiempo llegaría a ser su marido y padre de su único hijo. Lo había conocido por  Internet hace ocho años.

Aún estimulada mi memoria por el relato de Cintia,  me veo ahora de pie atrapada entre una mesa de centro y un sofá en mi empeño por observar de cerca la foto encuadra de una mujer robusta de  cabellos cortos ondulados junto a un señor de frente ancha y bigotes en el centro mismo de una pared rodeada de otras fotografías más pequeñas también enmarcadas, quizá para que no escapen los momentos al olvido.

_ ¿Quiénes son ellos? – Pregunté señalando la fotografía grande de la pareja.

_ ¡Mis papás! – Contestó mi amiga Sonia en aquellos tiempos de colegio en los que la frecuentaba casi todas las tardes. Me contó la historia de amor de sus padres y a cambio le conté la de Rosalita, la señora que venía a casa a ayudarnos, a la que habían casado por ‘concierto’. Rosalita, una adorable anciana de largas trenzas encanecidas, siempre que podía se lamentaba de que sus padres la hicieron casar con su marido a la fuerza, en común acuerdo con los padres de éste. Qué lejos estaba Cintia de estas historias mientras relataba su primer encuentro con él.

_ Lo vi… y entonces me dije, sí, está bien. Es que ya nos conocíamos. El vínculo intangible que había entre ellos había quebrado todas las barreras materiales posibles. Su amor había pasado la prueba cinco años más tarde.

Les relaté  de una experiencia cercana a lo posible que viví en mis años de estudio de postgrado en otro país, donde Martín nutría para mis deleites una carpetita en mi buzón de ‘correos deseados’ con kilométricas cartas de amor en comic sans y time new roman decoradas con los artificiales emoticones y plantillas con fondos cursis de colores pastel. Durante más de un año acumulé con cierto recelo y refrenado entusiasmo tarjetas electrónicas, poemas en power point y cándidas promesas de amor virtual que correspondí con esmerada prosa e inspiración.

Aún conservo una carta por ahí que me envió en Word porque me gustó la plantilla de un oso gigante abrazado a un corazón; pero lo cierto es que esa azucarada ensoñación se terminó pocos días antes de mi regreso a Perú. Hablamos por teléfono un par de veces, contó que salía de una operación de tiroides y las horas que ya no nos marcaban las mismas y que se sumaban a una distancia traducida en kilómetros físicos, terminaron por dar muerte natural a ese encendido amor virtual.

_ ¿Nunca te envió nada a domicilio?

_ No, no sabía mi dirección.

El famoso escritor de Crónicas de Narnia, C.S. Lewis, fue ‘sorprendido por la alegría’ (Surprised by joy nombre original de uno de sus libros) cuando conoció a su esposa la poetisa norteamericana Joy Gresham, primero a través de las cartas que intercambiaban a raíz del interés que despertó en ésta los escritos del autor. Era su admiradora, lo que en estos tiempos vendría a ser su ‘fan’; e impulsada por esa atracción que ejercía en ella la personalidad y pensamiento de C.S. Lewis,  Joy voló a Inglaterra a encontrárselo en persona. El emocionante episodio de su primer encuentro se puede revivir en la película Tierras de sombras (1993), sobre la vida del autor, protagonizada por Debra Winner y Anthony Hopkins.

Todo parece indicar que el amor epistolar necesita de la distancia y en muchos casos, auto impuesta; más aún si los enamorados se conocieron por correo postal como en otros tiempos o por Internet; será porque  la magia del romanticismo se sostiene en la idealización del otro y cuanto más sublime es, tanto más se teme perderla en contacto con la realidad.

A fin de cuentas, los componentes del amor siempre serán los mismos, ya sea en este mundo o en el virtual, el suspenso que genera expectativa, el vértigo de saberse al límite entre lo real y lo imaginario, el miedo a la pérdida, la distancia impostergable, la inalcanzable eternidad, el misterio envolvente, la espera, la duda y en todo la fe en cuyo eje gira el amor.

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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