La soledad tiene sentido

Mujer saliendo del mar - Benito Rebolledo

Mujer saliendo del mar – Benito Rebolledo

Hoy leí en una revista un episodio gracioso de Maitena. Una mujer dice a su amiga que está preocupada porque su hija no sale, no ve a sus amigas, no habla, etcétera. La otra le pregunta qué tiene y la preocupada responde: Novio.

El enamoramiento es así de poderoso. Arrasa con todo. Desorbita al más equilibrado y en la adolescencia peor aún. Allí cuando el hambre de amor y de vivir la vida es tan voraz. La pregunta es ¿qué pasa luego?

Es más, pienso que el enamoramiento nos devuelve a todos a la adolescencia. Meses me la pasé consolando a una de mis mejores amigas porque su novio la había dejado. Hace menos de un mes, de pronto sentí su ausencia. Cero llamadas, cero sms, cero salidas. Me di cuenta que no daba señales de vida. Le envié un sms echándola de menos. Ella respondió que estaba bien sólo que muy llena de trabajo, que las grabaciones, que los programas, que las entrevistas. Ajá, pensé muy suspicaz, al menos sé que está bien. Que no me busque era ya una buena señal.

Hete aquí que ayer de casualidad descubrí que la muy bonita había vuelto con el señor de sus tormentos y no tuvo la gentileza de comunicármelo, de llamar para decirme, contarme su alegría con la misma urgencia con que me comunicó su pena, no, no. La señorita había guardado su regocijo para ella sola. ¿Será posible? Claro, de pronto en su desolador universo se hizo la luz y ya no existía nada más que esa luz.

Aunque me sorprendió no me enojé, sólo me reí. Así somos pensé y más cuando nos enamoramos. (Luego, no es casualidad que justo hoy encuentre ese episodio gracioso de Maitena).

Lo temible es lo que hay a la vuelta de ese enamoramiento que nos arranca del mundo. Si luego de él persiste el equilibro será fantástico, pero ¿si no? Si persiste el equilibro el enamoramiento habrá pasado a otra etapa más madura y eso será muy bueno. Si no, se habrá convertido en un pelibro y ni qué decir si el objeto de amor desaparece, muere o se marcha.

Hoy en el mundo hay mucho hambre de afecto y más aún empujados por una imperiosa necesidad de huir de la soledad. La gente se siente muy sola. Por evitar esa soledad se arroja a los brazos de cualquiera y si esos brazos no la sostienen sólo desea la muerte.

La experiencia de la soledad resulta negativa para quienes han crecido abandonados a su suerte. En esa situación, los padres se perdieron de enseñar a sus hijos a afrontar la soledad, a vivirla y a aprovechar sus riquezas. Ellos crecen convencidos de que la soledad es algo de lo que hay que huir y con razón, pues en su niñez no tuvieron el cálido brazo que sostuviera sus cuerpecitos. No tuvieron a su lado a alguien que les enseñe a estar solos.

Pienso que hay que aprehender la soledad para aprender a amar. Esa independencia – que no es autosuficiencia- enseñará al niño a no perder el equilibrio interior frente a cosas, personas y situaciones que un día despierten su amor. Creo que siempre será aconsejable amar algo por encima de quien más amamos. Ese alguien para mí es Dios; para otros puede ser la propia vida.

Sola frente al mar - Raúl Tamarit Martinez

Sola frente al mar – Raúl Tamarit Martinez

Resulta difícil aceptar que en la vida la soledad es una experiencia irrenunciable; pero la soledad no es el problema, sino la falta de amor. El amor es el que nos enseña a vivir esta vida y a atravesar la soledad.

La soledad es ineludible porque todo pasa; al extremo que un día nuestra alma quedará sola frente a su Dios. En la cama de un hospital podremos estar rodeados de nuestros seres queridos… pero en esa cama estamos solos, nadie más cabe en ella. La experiencia es solitaria e intransferible. ¿Quién nos prepara para eso si toda la vida nos la pasamos huyendo de la soledad?

Por otra parte el amor humano es frágil e ingrato por naturaleza, vivimos como en una ciudad de ciegos muy parecida a esa que inventó Saramago en su estupenda novela, en los que unos y otros se agarran y tocan no por amor al prójimo sino por no resbalarse y caer. Hasta cierto punto nos usamos. Así comienza el niño, gateando, apoyándose en las cosas que tiene alrededor y luego ya más grande, entra en ese periodo de buscar todo para él y de pensar que todo es suyo. Mucha gente adulta se queda en ese estado en sus relaciones afectivas. Busca ‘tiernamente’ sólo para él. La mayoría caemos en esto. Mi  amiga se acurrucó más en nuestra amistad porque su enamorado la había dejado; después, desaparece silenciosamente porque resultó que había vuelto con él. Las personas somos ingratas, nos dejamos, nos cansamos, olvidamos y todo por seguir el rastro de nuestra felicidad, lo que a fin de cuentas es muy humano. Cuántas personas me tendrán por una ingrata. Yo recuerdo a una de ellas por la que no he podido regresar nunca.

La mayoría de las personas nos quedamos en este estado por comodidad y miedo. El reto es salir de ese estado infantil, lo que sólo será posible aceptando que estamos solos, irremisiblemente solos. Que ni el esposo ni los hijos, ni los amigos, ni los padres nos asegurarán su compañía por siempre y que por tal ellos, por mucho que queramos, no pueden ser nuestro centro. Es preciso, aprender la soledad para después, amar de la mejor forma posible.

 

 

 

 

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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