Cuando las hijas se convierten en madres

Abuela nieta - Patricia Stella Valenzuela Schulz

Abuela nieta – Patricia Stella Valenzuela Schulz

La otra noche sentada en las sala de Ángela, mi ahijada, que celebraba haber completado los catorce años de vida, tío Alberto me relataba minuciosamente los cuidados que ella y tía Maruja hacían de mi madrina.

Mi madrina es una graciosa viejecita a punto de cumplir 92 años el 24 de mayo; pero ya desde hace mucho tiempo ha dejado la autonomía y la lucidez. Su salud es envidiable, según el doctor que la atiende, pero no cuenta más con la conciencia y las fuerzas para vivir el día a día. Esta situación ha hecho que tía Maruja, su única hija, se convierta en su ángel cuidador.

Es verdad que hay un tiempo para todo, incluso para volver a ser niños en la ancianidad y para convertirnos en padres de nuestros padres. Vaya que también había sido cierto que el mundo da vueltas, muchas vueltas.

Dedicar gran parte de las horas del presente en la atención de un padre anciano y enfermo es una función que, aunque para muchos cuestionable, entraña la difícil misión de amar no precisamente escribiendo poemas o dedicando canciones sino procurando limpieza y alimento al desvalido. Esta tarea que algunos hijos están llamados a realizar en muchos casos es rechazada.

Al menos en nuestra cultura, en la que aún no está fuertemente arraigada la costumbre de ingresar a los abuelos en un asilo, los hijos se hacen cargo de sus padres y por eso quizá, sea más frecuente ser testigos de esa abnegada dedicación. En mi entorno más cercano he encontrado seis casos.

Cecilia, que lleva años al pie y cuidado de su anciano padre, don Enrique, de 98 años. Vive sola con él.

Eva, que ayer enterró a su madre de 107 años luego de haberla atendido décadas a su lado (ahora le queda su esposo enfermo desde hace mucho).

Clotilde, que vivió al cuidado de su mamá desde los 29 hasta los 41 años. Su mamá, anciana y más de una década enferma, finalmente murió en 2004. Vivía sola con ella.

Teresa, que desde hace mucho tiempo vive al cuidado de su mamá, doña María Teresa de 83 años, que sufre de alzheimer y pervive postrada en una cama en su casa de Surco junto a su hija y su nieto.

Doña Delia, que ha cumplido en enero 99 años y que por mucho tiempo vivió al cuidado de su nieta y ahora vive con una de sus hijas, Gladys. Doña Delia es ejemplo de inmortalidad, camina, conversa, opina aún cuando tiene lapsus de inconsciencia. No está enferma (hace poco salió muy bien de una operación a los intestinos) pero igualmente necesita de muchos cuidados.

Maruja, que con la incondicional ayuda de su esposo Alberto, cuida de su mamá Susana de 91 años. Vive con ellos.

Estos son mis seis ejemplos cercanos. En todos los casos, salvo en el de doña Delia, solo ha habido una persona al cuidado de ellos y que generalmente son sus hijas. (Una vez más aquí se pone de manifiesto la fuerza insustituible del amor de mujer, en este caso en su rol de hijas).

Algunas de ellas solteras, otras casadas, algunas incluso a quienes el destino delegó la misión a pesar de no ser hijas únicas ya porque quedaron solteras o estaban solteras en esos años o ya por circunstancias imprecisas debieron asumir el rol de madres de sus padres.

Muchos podrán decir que están así porque quieren, que una casa de reposo sería lo más recomendable. Se podrán argüir todas las razones justificables pero también es cierto que en casos como los descritos los hijos decidieron ir por el camino más estrecho aunque  a más de uno le hubiere significado grandes renuncias.

Una de las razones más fuertes para asumir el cuidado de los padres enfermos y ancianos es porque el vínculo con el anciano es tan poderoso que difícilmente se resistiría una separación. Se contempla, muy a menudo, el hecho de que si bien es verdad que el anciano tendrá muchos cuidados en un lugar preparado, también es verdad que será arrancado de su lugar, de su entorno familiar, de todo eso que a fin de cuentas es irremplazable y es lo más importante.

Elizabeth Kluber Ross, decía que en los últimos momentos de vida de una persona en muchos casos es mejor complacer al enfermo y llevarlo a casa porque lo frecuente siempre es que muchos quieren “volver a casa”. Por tal motivo, si es preciso, se debe procurarle ya no tanto la comodidad médica sino emocional, de hallarse en su casa, con los suyos.

Los cuadros descritos que a menudo contemplo me recuerdan que siempre habrán cosas y actitudes buenas pero por encima de ellas muchas otras mejores. Es bueno ser justo pero mucho más noble, será ser santo; es buena la opción de ingresar a un padre querido a un asilo donde le procurarán todos los cuidados que necesite, pero siempre será mucho más noble cuidar de ellos en casa hasta el último día de sus vidas.

Las razones por las que cada hijo tome una decisión sólo las conocen ellos y Dios. Pero siempre será mejor profundizar hondamente en las razones por las que se toma una decisión para estar seguros de que no es por egoísmo o por frivolidad dejándonos en muchos casos llevar por la prisa de la vida, sino porque realmente no se puede. Quizá sea el mismo planteamiento a la hora de decidir a qué edad llevar a un hijo al jardín de infancia; porque siempre estarán mejor al cuidado de sus madres.

Cuando pienso en Cecilia, en doña Eva, en Teresa, en Clotilde… imagino la ingente parcela de sus cielos en el Paraíso que las aguarda en el horizonte; porque además sé las cosas que cada una renuncia día a día por cuidar a sus padres. Pienso en la retadora y heroica oportunidad de amar que les ha dado el destino y las admiro constantemente preguntándome si lo haría yo.

 

 

 

 

 

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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