Huerto cerrado

Jardín - Amparo Gonzalez

Jardín – Amparo Gonzalez

Ayer volví del paraíso; fui a una noble casa de jardín sin puertas, de noches iluminadas y un rosedal infinito pero al anochecer, anegada de silencio, adornado de rumores de grillos y ramas al viento sentí vértigo en el alma, que contemplaba desde tan alto el abismo del universo. Tanto verde, silencio, desbordante cielo me iban a provocar  un infarto, la sensación de desintegración o un desmayo.

Me vino lo segundo y entonces extrañé ansiosa el ruido, el esmog, las cercanías… porque ahí tienen peso y volumen las distancias no como aquí, en donde tanto nos amontonamos a pesar de ser grande la ciudad. Allá, el bello pueblo pequeño contiene el firmamento entero y sus temibles agujeros negros. El pueblo en sí es un agujero negro, demasiado bello de insostenible sosiego.

¡Estoy tan feliz! ¡porque ahí fui tan feliz!… ¿qué decir aquí? Oh Dios mío, pensé sentada junto a él escuchando el silencio por la ventana, esto es mucho para mí, demasiado cielo; y en un segundo recordé el lugar donde crecí. Era el mismo silencio, el mismo frio de noche y solcito de día; el mismo espacio grande, amplio interminable de soledades y vacíos insufribles.

Este mes me devoró el silencio en complicidad con el trabajo, el cuidado de mis ojos y la afortunada visita a aquel lugar.

Hoy el doctor me dio el alta. “Estás muy bien” dijo. Qué gozada sentirán los médicos cuando dicen a un paciente algo así luego de un proceso de recuperación, les gustaría decirlo a muchos, a todos. Qué gozada. De vez en cuando uno cae en la cuenta de que se es feliz, realmente feliz. No digo ya por las alas de mis ojos sino por aquel jardín sin puertas de aquella casa noble.

En la mañana, sentada en uno de sus bancos donde respiraba bajo la fresca neblina y miraba los primeros rayos de sol entre las ramas de los árboles recordé de golpe aquel verso del cantar: Huerto cerrado eres amada mía, huerto cerrado y es que en realidad el jardín tenía un cerco, un cerco sutil que no sofocaba el paisaje interior de la casa sino que más bien le regalaba la engañosa vista y sensación de que era libre, ilimitable, extenso, desbordante. A lado, había un campo verdísimo y del otro, una casita a dos aguas. Era ese lugar, un diminuto espacio sobre la tierra donde no había ladrón que se atreva a saltar el cerco.

Ha comenzado apenas la semana y ya estoy aquí otra vez pero he traído conmigo el huerto cerrado y sus delicias. Siempre lo llevo conmigo.

 

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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