Lo imperdonable

De alto vuelo - Ida Pironi

De alto vuelo – Ida Pironi

Tarde o temprano surge la pregunta ¿qué es lo que tú nunca perdonarías?, ¿qué defecto o qué actitud te resultaría imperdonable? Y no falta quien, luego de un minuto de silencio, asevere con aires de indignación: La infidelidad. Y otra: La pereza, “un hombre o mujer vagos no sirve para nada”. Y así, como gotas de aguacero van sucediéndose en la listilla los defectos intolerables, que uno a uno van saliendo de aquella caja de Pandora de la que nunca debieron salir.

Hoy ya nadie elevaba sus amores, que apenas aletean a ras del suelo como gallinas en el gallinero. “Que sea eterno mientras dure”, dicen. El vuelo bajo dura poco.

El neblí, veía san Juan de la Cruz, era de vuelo decidido y alto; más aún aves como el quetzal, el águila o el cóndor. Qué inspiradores amos de las alturas. Todo corazón debe aspirar a volar en las alturas, allá donde la soledad y la libertad se funden en un mismo latido.

La soledad de las alturas puede ser temida pero es solo el telón que cubre el gozo más grande, el de ser sentirse desnudos y libres de toda atadura. Son poquísimas las creaturas que se elevan a tan significativas alturas, arriba, arriba… muy arriba, allá cerca del sol. Donde el oro y la plata son polvo molido.

Un corazón puede decidir una buena mañana subir hasta allá y no detenerse nunca. Nunca, nunca. Aunque caiga una y mil veces.

Los amores para serlo de verdad tienen que subir hasta allá, elevarse de amor a Caridad. Sólo así es posible soportarlo todo, perdonarlo todo.

Quizá el tema no sea el perdón… sino la confianza.

Muy cerca de casa hay un centro de rehabilitación para personas con minusvalía. Ahí van a ejercitar los músculos, a recuperar el movimiento de las extremidades. Esto, se sabe, es cuestión de tiempo; es como tener que volver a aprender a caminar, a mover el cuello, a levantar los brazos. Imagino que la recuperación de la confianza sigue el mismo camino. El corazón queda tan lastimado que precisa de rehabilitación en la confianza. Sólo los decididos pueden recuperar la saludable confianza, muchos no, quedan en el camino.

El perdón es paz en el corazón, es no desear el mal, es seguir amando deseando el bien. Con el perdón asumido, ya se puede luego rehabilitar la confianza; y aún si nunca llegara a restaurarla, no importaría… ¿quién podría atreverse a exigir ya no sólo el perdón sino también la confianza? Hay que ver que si en algo la vida es justa es que si se perdió una cosa invaluable, a veces,  jamás se lo podrá recuperar  todo entero.

La recuperación de la confianza dependerá de la sentencia que dictamine el tiempo. El tiempo que cura y borra todo.

Pero para llegar a la nobleza del perdón es preciso volar el alma alto, muy alto y elevar los afectos a la Caridad. Amar lo feo, lo miserable, lo pobre, lo bajo y oscuro de los que decimos amar y esto tiene mala prensa hoy. Nadie lo quiere.

La gente está harta de compromisos, de sacrificios, de humillaciones, de ser buena a cambio de nada. Será porque también  se ha olvidado de lo que es el verdadero y profundo arrepentimiento, porque si el bálsamo del arrepentimiento realmente existe es mucho más probable que se pueda recuperar el perdón y también la confianza, pues  un corazón arrepentido vuelve a ser como el alma de un recién nacido, porque le sucede eso, ha vuelto a nacer.

Las personas hoy pocas veces lo sienten de verdad. Antes se excusan, se escudan y se auto convencen de que todo lo han hecho bien.

Estoy convencida de que el perdón, es una decisión que se debe tomar de inmediato, lo más pronto posible, aún antes de sentir nada. El perdón es una decisión de primeros auxilios como el aseptil rojo para las heridas.

Sólo se es capaz de perdonar todo si los amores los elevamos a caridad. La caridad es la madre de todos los amores, es un amor maduro, libre como el quetzal, desnudo de condicionamientos; la caridad es el amor incondicional, el que deja libre, perdona.

¡Señor, ¿quiere que mandemos bajar fuego del cielo? !, esta actitud divertida de Santiago y Juan siempre me pareció muy jocosa, propia de los hijos del Trueno, graciosa de verdad. Pero Él los reprendió por semejante sugerencia… y siguió su camino.

Digamos que los perdonó aún sin que aquellos jamás se disculparan por no haberlos recibido. A lo mejor si salían a disculparse – arrepentimiento – entonces ellos no hubiesen seguido su camino y hubiesen permanecido.

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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