Quehaceres

Escenario con pared roja - Alejandro Arrepol

Escenario con pared roja – Alejandro Arrepol

A veces ronda la idea de que el tiempo ajusta como una liga tensa alrededor  o como una soga tirante y serpentina que de hombros a tobillos impide hacer más cosas, miles de cosas.

Tengo un interesante trabajo al que dedico horas, alrededor de cinco libros apetecibles en lectura activa – de esto apenas me había dado cuenta -, el blog para escribir, mi trabajo de investigación y otro proyecto muy personal que llevar adelante y no puedo estirar el tiempo. Además que no puedo con mi genio lúdico y curioso que cada día me lleva a encontrar algo nuevo en qué profundizar. A esto se suman los preparativos de planes futuros a mediano, largo y cortísimo plazo. La vida avanza porque el soplo del tiempo se la lleva de prisa.

Tener quehaceres es la mejor manera de invertir la existencia y sentir la estrechez crispante del tiempo es buen síntoma, es síntoma de buena vida.

Una vez, hace muchísimo tiempo alguien inteligente me dio una pauta: “Número uno, me dijo, la sensación de que el tiempo no alcanza”. Nunca lo olvidé. Lo que él quería era que ocupara mis horas lo mejor posible para no dar lugar a la vagancia ni al devaneo. Las sorpresas e improvisaciones son buenas, pero no tanto en tiempo de formación, es decir, durante la adolescencia o cuando se es todavía estudiante. Son tiempos de siembra y no debe haber lugar para bajar los brazos.

Estar ocupados en resolver algo, en inventar, en crear, en analizar, ocupados en descubrir algo es una bella e imperdible manera de gozar la vida. Por supuesto todos esos ‘algo’ deben ser asuntos inteligentes, saludables y constructivos porque nada más miserable que pasar horas planeando el secuestro de alguien o el robo de una casa.

A propósito de maldades, ayer vi en televisión la forma degradante y pavorosa en que aquel sujeto latino secuestró durante diez años a tres niñas en Estados Unidos, las violó y tubo hijos con ellas, incluso las obligó a abortar varias veces. Lo primero que pensé fue en que pronto moriría e iría al Infierno y al instante me di cuenta de que mi corazón no alcanzaba, salvo con mucho esfuerzo y meditación, a desear lo que santa Teresita deseó por otro gran criminal, Enrique Pranzini, quien sería ejecutado por sus maldades en ese momento.

Ella fue mucho más allá de la indignación y rogó a Dios porque aquél infeliz se arrepintiera antes de ser ejecutado y se salvara, recibiera el perdón de Dios. Teresita, al final, estuvo segura de eso y aquél malhechor se convirtió en su primer hijo espiritual.

 Este sujeto también será ejecutado en poco tiempo… y sí, quizá haya que desear como santa Teresita, que Dios lo perdone aunque lo que más inspire sea desear la Justicia divina sobre sus hombros.

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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