Adviento

velasLevanté hoy el teléfono y ya había colgado; era ella y al cabo le envié un sms: Estaba yo envuelta y enmarañada en las entrañas del más profundo sueño, respondí; entonces me regaló esta palabra: “Sí, claro… como siempre”.

¡Siempre!… qué bella palabra, le dije, y más en estos tiempos; y comencé a conjugarla. Siempre te amaré, siempre la luna sola sonríe a la noche con un as de luz, siempre cantaré, siempre el llanto quebranta y amaina la esperanza. ¡Siempre, como siempre… ¿cuándo no?… tú, durmiendo, soñando, amando, como siempre!

Siempre es socia de compromiso, de fidelidad y de eternidad. ¡Ah! Qué palabras, viejas y tontas, para los diálogos de hoy. ¿Siempre?, ja!… cuestionan los incrédulos.

Nada dura para siempre, ni la refrigeradora que compré hace tres años. Nada.

¡Sólo Dios!, digo yo; también el amor para quien cree en él, los recuerdos y el pasado que es eterno porque no hay olvido que lo borre.

Se aproxima Navidad como siempre; o mientras nos queden calendarios y mientras alguien se acuerde de Dios. Se aproxima Navidad como siempre, generosa, dulce roja, verde y dorada, entre guirnaldas y papanoeles, entre villancicos y y sacos de esperanza. A los niños trae juegues, a los grandes promesas, esperanzas, consuelos, chocolates y panetones para quitar amargura a los pesares. Como dice san Agustín todo esto y más se contiene en Dios. Se aproxima Navidad y en estos días de Adviento transcribo las bellísimas palabras del santo, tan eternas y verdaderas como el Amor de Dios:

“!Tarde te amé hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y Tú estabas dentro de mí y yo fuera. Y así por fuera te buscaba. Y deforme como era, me lanzaba sobre esas cosas hermosas que Tú creaste. Tú estabas conmigo más yo no estaba contigo. Me retenían lejos de Ti aquellas cosas que, si no estuviesen en Ti, no existirían. Llamaste y clamaste, y quebrantaste mi soberbia:

Brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera. Exhalaste tu perfume y lo aspiré. Y ahora te anhelo; gusté de Ti y ahora siento hambre y sed de Ti; me tocaste y deseé con ansia la paz que procede de Ti. Danos lo que mandas y mándanos lo que quieras. Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”.

“Danos lo que quieras y mándanos lo que quieras”, es una de las frases de este bello fragmento de sus Confesiones que ahora retumba en mí.

“¡Tarde te amé!… Tú estabas dentro de mí y yo fuera. Y así por fuera te buscaba”. ¡Cuánto nos pasa eso de buscarlo fuera… en los renos y el trineo de Santa Claus, en las cajas de regalos, en el banquete familiar, en la música.

Cuánto nos pasa eso de buscarlo fuera; cuando todo lo de afuera es suyo pero Él está adentro.

El Padre Horacio me regaló también esta copla poderosa:

Esposo mío /en Ti confío

A Ti te ruego / Nada te niego / A Ti me entrego /

Contigo hablo / no con mis Diablos

Viva tu Amor / que amo y contemplo

en mi interior / como en Tu templo.

 

El adviento también es tiempo de agradecer por todo lo que somos, tenemos y también por lo que no tenemos y nos hace falta. Pienso que no hay persona que agradecida a Dios pueda decir que no es feliz. Todo agradecido es feliz.

Si no estuviéramos en Dios, no existiríamos, como dice san Agustín; tampoco existirían nuestras cosas, nuestros afectos, ni el tiempo ni el espacio. Todo lo contiene Dios como siempre; porque Él es siempre tal como se vislumbra en el verde círculo de la corona de adviento. Eterno, sempiterno.

 

 

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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2 respuestas a Adviento

  1. Liliana dijo:

    Que belleza Merceditas…que belleza.
    Un abrazote y mil bendiciones.

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