Dar a Dios lo que nos pide

De Valeria Docampo

El amor es más fuerte que la muerte, pero cuánto cuesta morir. Dar es morir un poco por lo que más complaciente resulta sentirse creatura limitada para sentirse con derecho a pedir y establecerse en apenas una relación transaccional con Dios. Por eso será que a muchos conviene no enterarse que Dios es Persona, que el trato con Él debe ser personal, etc. porque de ser así se sospecha que Él también pedirá tanto como la creatura solicita.

Pero ¿Qué nos pide Dios? Una de las cosas que siempre he reflexionado mucho es sobre esa fe devota que se atreve a pedir milagros al Señor y verdaderamente, los obtiene. La pregunta es porqué unos obtienen y otros no. Las respuestas deben ser muchas pero quizá entre ellas se encuentre el agrado que el Señor siente por aquellas almas que antes de pedir fueron capaces de darse, de ahí que, en consecuencia, nada les niega. Santa Teresita del Niño Jesús decía: “!Cuántos motivos tengo para agradecer a Jesús que supo colmar todos mis deseos!” (Historia de un alma, cap. VIII p. 226). Mientras que Jesús confiaba a santa Gertrudis  que su amor a las almas era tan fuerte que lo forzaba a secundar los deseos de los justos, siempre que estén inspirados en un celo puro y humanamente desinteresado. Es decir, siempre y cuando ese corazón humano se haya entregado antes. “¿Hay enfermos que de verdad desean la salud para servirme mejor?, que me la pidan con toda confianza. Más aún: si la desean para merecer mayor galardón, me dejaré doblegar, pues les amo hasta el extremo de asemejar sus intereses a los míos” (El santo abandono, p. 65).

Había una vez un rico que antes de dar una limosna a un pobre, pidió a este una moneda. El pobre perplejo buscó en sus bolsillos la moneda más pequeña de las pocas que tenía y se la dio. Se dice que el rico la recibió y se marchó sin darle nada. El pobre quedando confundido y malhumorado se marchó, pero qué sorpresa se dio cuando al mirar entre lo que tenía encontró una moneda tan pequeña como la que había dado convertida en oro. ¡Ojalá le hubiera dado todo! se lamentó.

Cuántas veces sucederá que queriendo Dios darnos más, lo obligamos a darnos lo poco que pedimos porque al estar llenos de nosotros mismos, nos es imposible recibir más.

Él lo que busca es nuestro corazón, lo quiere todo… se hace mendigo de nuestro pobre amor. ¡Qué grandeza!… y qué poco conscientes somos de que el tiempo es ¡ahora! Ahora mientras haya juventud, salud… ahora antes de morir. Luego de la muerte, será como quien sale de haber rendido un examen y se entera de las respuestas del examen, ya nada puede hacer.

Una vez leí esa frase que decía que el límite del ser humano es la orilla donde lo espera Dios. Ahí donde no se puede, se acude a Él para pedir, y así es como afortunadamente se da el primer paso en el trato con Dios; sin embargo, no debe quedar ahí. Es preciso atreverse a preguntarle qué quiere Él de nosotros. Esa ya sería la segunda etapa de la fe.

A lo mejor quiere que desnudemos nuestra alma de deseos humanamente nobles… pero nada más que humanamente nobles. ¡Cuántos de nuestros afanes y discusiones giran en torno a lo difícil que resulta alcanzar la felicidad según nuestras propias elucubraciones! El trabajo seguro, la familia feliz, el prestigio ganado, el aprecio de todos, la salud estable, la juventud por años. Tanto se pide y afana a Dios sólo por esas cosas y nada más que por esas, que siento buenas no son lo suficiente.

Es preciso dar el paso que el joven rico del Evangelio no dio. El ya era bueno, cumplía con todo… pero aún estaba muy lleno de sí mismo; ese mismo amor propio que nos impide dar el gran salto al santo abandono. Será que aún somos muy cobardes para amar más. Si hay algo que hay que pedir insistentemente es que nos conceda la gracia de corresponder a su amor y gritar: ¡Sí, Señor, eso que Tú quieres, yo también lo quiero!, como una fuerte exclamación de amor.

Detrás de esa entrega absoluta, no hay libertad ni felicidad que se le comparte. Toda la historia de nuestra vida no ha de ser otra cosa que una historia de persistente correspondencia Al que nos amo primero. Hemos de corresponder cada día, y tras cada debilidad corresponder otra vez y otra vez, seguros de que el amor con el que El nos ama jamás acabará, jamás nos fallará.

“Cuando poseas a Cristo serás rico y eso te bastará. El será tu proveedor y te conseguirá fielmente cuanto necesites para que no debas esperarlo de los hombres, porque estos cambian fácilmente y pronto desaparecen, mientras Cristo permanece eternamente (Jn. 12, 34) y está firme hasta el fin” ( Imitación de Cristo, marzo, Libro II, Cap. 1  p. 98).

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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