Mis santos amigos

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Una de las cosas maravillosas que tiene la vida al parecerse a un camino es que a nuestro paso encontramos las huellas de quienes nos precedieron y dejaron no solo las pisadas de andares,  sino  los signos de sus caídas, las huellas de sus fatigas y, sobre todo, el lastre de unos corazones fatigados pero al mismo tiempo llenos de energía, que luchaban con la extrema fortaleza que solo otorga el Amor, con tal de alcanzar una meta.

Mucho se ha discutido sobre los santos y su inalcanzable perfección, que en lugar de animar, a tantos desanima; sin embargo, no se ha de tener sino ojos para mirar en ellos el gran amor con el que amaron pese a sus imperfecciones y flaquezas.

No hay nada nuevo bajo el sol, los hombres nos parecemos todos en todos los tiempos, ellos eran comunes y corrientes como cualquiera de nosotros; sin embargo, supieron doblegarse no sin luchar hasta el derramamiento de lágrimas y sangre, para que la Cruz de Cristo triunfe en sus corazones a pesar y por encima de sus miserias.

Es esto lo que debemos amar e imitar en ellos: Jamás se desanimaron por sus pobrezas y que, más bien, con rendida humildad se abandonaron en los Brazos de un Amor que todo lo que quería era confianza y correspondencia y lo quiere también hoy y siempre.

Entre los que siempre pienso, entre los que siempre acudo y cuyas vidas me inspiran al meditar sus biografías están san Francisco de Asís, quien iba por los caminos llorando y diciendo: “!El Amor no es amado, el Amor no es amado!”, un hombre cuyo amor por la pobreza me recuerda lo mucho que se tiene que morir para, en esa pobreza, nos halle Cristo, desnudos y libres de todo, convertidos en Su exclusiva ofrenda.

Santa Teresita del Divino Niño Jesús, Tersita de Liseux, es la maestra de la infancia espiritual, hablar de ella me deja sin aliento. Ha conseguido penetrar en mi corazón y ayudarme a entender el valor de lo pequeño y del ser niño. !Qué difícil!, me he dicho tantas veces y al mismo tiempo, qué sublime. La llamo mi amiguita, la pequeña que descubrió que los brazos de Cristo serían el ascensor que nos acercaría a Él.

San Agustín de Hipona, impresiona mi alma por el cambio radical que supuso su conversión… si hay algo envidiable en los conversos es el fulgor con el que luego aman a Dios. Agustín y su sapiencia conmueven mi alma y la despiertan. “Tarde te amé hermosura tan antigua y tan nueva…”

San Pio de Pietrecina me sume en la contemplación de las grandeza de Dios por lo sobrenatural. Era un hombre de dones extraordinarios que cual signo vivió para que los seres humanos creyéramos y valoremos los sacramentos, como el de la confesión. El padre Pío tenía la facultad de mirar el interior de los corazones y ayudarlos para que se arrepientan.

El padre Josemaría es mi padre espiritual, nuevamente con él se me presenta como todo camino la infancia espiritual, el valor de las cosas pequeñas y la importancia de la vida contemplativa en el mundo. Gracias a su generosidad, tiene mi alma un lugar, un cómo llegar y corresponder al Amor cada día.

Santa Teresa de Ávila, la grande, como la llamo y san Juan de la Cruz, por su sapiencia y contemplación, son faroles en mi pequeño camino. La intensidad de sus versos, la fuerza de su sabiduría no solo empujan sino arrastran al alma más empedernida.

Entre aquellos que vivieron en los tiempos de Jesús, contemplo con especial dedicación a san Pablo y su impetuosa  impulsividad para alzarse entre las gentes y gritar que “!todo lo estima basura con tal de alcanzar a Cristo!” pues ahí cuando era débil era fuerte, pues es Cristo el que lo fortalece. El Apóstol de las gentes.

María Magdalena (que suelo poner a lado de mi Teresita) es de aquellas que me inspira especialmente y  me encantaría tomar su lugar y ser como ella. La mujer conversa que amó a Cristo con todas las fuerzas de su corazón y tomó la mejor parte, quedarse a  Su Lado, sencillamente, estarle cerca y hacerle compañía; fuente que luego será, de todas las obras más prodigiosas.

Y san Juan Apóstol, el más pequeño de los Apóstoles, el Apóstol que Jesús más ama… el que reconoció al Amor, el que entre todos, permaneció junto a la Cruz. Contemplarlo solo me consterna y sume en profundo silencio.

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Acerca de Mercedes M. Sarapura S.

Nací en Tarma/Perú en 1977, soy comunicadora social con estudios de maestría en Comunicación y Cultura. Me dedico a la docencia universitaria y últimamente al periodismo radial. La Literatura es uno de los grandes amores de mi vida, he escrito alguna novela inédita, cuentos infantiles y artículos de opinión que intento canalizar en este espacio que alterna entre la ficción y la no ficción.
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